La Belleza de una Margarita

Capitulo 16

Barbara permanecía acostada boca arriba, mirando el techo de la habitación mientras Margery dormía a su lado, aun respirando entrecortado por el susto, y la tía Hester descansaba del otro lado, con el brazo ligeramente extendido hacia ellas, como si quisiera asegurarse de que seguían allí. Las dos habían llegado hacía apenas un par de horas, temblando y llorando, y la tía Hester las había recibido con un sobresalto que casi la paraliza. Había preguntado qué había ocurrido, quién les había asustado, Liam solo respondió con una sonrisa tranquila que “había sido una pequeña pelea”, restándole importancia, como si no acabara de partirle la cara a cuatro hombres. Antes de que pudiera dar explicaciones más detalladas, añadió que lo mejor era que descansaran, que seguramente estaban conmocionadas, que hablarían después, y anunció que estaría afuera bebiendo un rato. Se marchó sin mirar atrás, dejando a las tres solas en la penumbra cálida de la casa.

Barbara había intentado cerrar los ojos, buscando acomodarse entre los cuerpos de Margery y su tía, pero no era la estrechez de la cama lo que le impedía dormir. Era la pelea. Era la imagen de Liam, completamente transformado, avanzando sobre Joel con aquel rostro sombrío, con la tierra pegada a las manos y la mangas arremangadas, con los ojos fríos como acero recién forjado. No se parecía en nada al chico del que Davina le habló con tanta dulzura. “Liam es bastante infantil, dudo que realmente gane una pelea, solo saber hacer chistes”, recordaba que le había dicho. Nada en lo que había visto esa tarde se acercaba a esa descripción. Revivía una y otra vez el momento en que Liam tomó el cuchillo del suelo, lo limpió con calma y comenzó a caminar hacia Joel. Recordaba el sonido de los pasos sobre la hierba, el temblor desesperado del muchacho retrocediendo, la súplica quebrada pidiéndole que se detuviera. Y Liam siguió avanzando sin vacilar, sin un solo destello de duda, como si dentro de él se hubiera encendido una parte oscura, feroz, primitiva. El cuchillo voló. Rozó la oreja de Joel. Y Barbara aún podía jurar que lo había sentido pasar también junto a su propio rostro.

Tragó saliva, intentando respirar hondo. Su pecho subía y bajaba con lentitud, aunque cada cierto tiempo se tensaba, como si el recuerdo le clavara un alfiler en la mente. No era miedo lo que la desvelaba, no completamente. Era… desconcierto. Una confusión que se enroscaba en su estómago. Porque Liam no la había mirado con violencia. No la había tocado con brutalidad. De hecho, la había protegido. La había puesto a salvo. Y sin embargo, ver aquella furia dirigida hacia otro la había estremecido hasta los huesos. Se giró un poco, mirando el contorno dormido de Margery. Su amiga había llorado tanto que aún tenía los párpados hinchados. La tía Hester también respiraba con un leve ronquido, agotada por el susto y el esfuerzo de calmarlas. Barbara intentó relajarse, cerrar los ojos, obligarse a dormir… pero la escena volvía. El golpe. La amenaza. El cabezazo final. Liam no era quien ella había imaginado. No era quien Davina describió. Había algo más profundo, más oscuro, más afilado en él. Algo que no sabía si debía temer o intentar comprender. Y mientras el silencio de la noche la envolvía, con Margery encogida contra su costado y la respiración de la tía llenando la habitación, Barbara supo que no descansaría hasta entender quién era realmente Liam… y por qué su corazón, a pesar de todo, no dejaba de latir con fuerza cuando pensaba en él.

Barbara finalmente se rindió. Había cerrado los ojos cientos de veces, había cambiado de posición, había intentado ignorar el pulso acelerado que aún sentía en las sienes… pero el sueño no llegaba. Con sumo cuidado, para no despertar a Margery ni a la tía Hester, se deslizó fuera de la cama y tomó su bata, envolviéndose en ella para protegerse del frío. Abrió la puerta despacio y salió al exterior. La brisa nocturna la recibió con un soplo helado que despeinó sus cabellos negros. Aspiró hondo; el aire olía a tierra húmeda y a leña apagada. Sobre ella, el cielo se extendía despejado pero vacío, sin una sola estrella que lo acompañara. Solo la luna solitaria reinaba en aquel mar oscuro, pálida y silenciosa, como si también evitara dormir.

Al bajar la mirada, lo vio. Liam estaba sentado en una de las bancas rectangulares de madera, apoyado en la mesa vieja, con los codos sobre la superficie astillada. Bebía de una cantimplora, solo, como si toda la granja estuviera hecha de sombras y él fuera la única figura real en medio de ellas. Su postura inclinada, los hombros tensos, la expresión perdida… no parecía el muchacho que horas antes había peleado con tanta rabia. Parecía alguien desgastado por algo más profundo. Barbara se acercó despacio.

—¿Tú tampoco puedes dormir? —preguntó con suavidad.

Liam se sobresaltó ligeramente y giró la cabeza. En sus ojos verdes había un brillo apagado, casi triste, como si el alma se le hubiera quedado quieta. Aun así, forzó una sonrisa débil antes de volver a beber un trago.

—Algo así —respondió.

Le señaló el espacio a su lado en la banca, invitándola a sentarse. Barbara se acomodó junto a él, y no pudo evitar observarlo de reojo. La luz de la luna le delineaba el rostro, remarcando su expresión sombría. Se veía tan solitario como la luna que flotaba aislada en el cielo.

—¿Hay algo que no te deja dormir? —preguntó ella con cautela.

Liam mantuvo la mirada fija en la cantimplora antes de responder.

—Pienso en mis siguientes movimientos —medito—. En qué hacer ahora.

Barbara frunció ligeramente el ceño.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 15.03.2026

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