La Belleza de una Margarita

Capitulo 17

Barbara desayunaba en silencio, moviendo el tenedor sin realmente probar bocado. Margery masticaba distraída un panecillo y la tía Hester servía té caliente, el aroma llenando la pequeña cocina de madera. La mañana estaba tranquila, iluminada por una luz tenue que entraba por las ventanas empañadas, pero el corazón de Barbara se agitaba como si algo estuviera a punto de romperse. Cuando preguntó por Liam, la tía Hester respondió con naturalidad:

—Salió desde temprano, querida. No dijo adónde iba, solo que tenía prisa.

Barbara sintió cómo el estómago se le hundía. ¿Había ido por su padre? ¿Había cambiado de opinión durante la noche? ¿Y si todo lo que había dicho había sido fruto del alcohol y ahora, sobrio, lo lamentaba? Un nudo subió desde su pecho hasta su garganta, dejándole un sabor ácido que no la dejaba tragar. Margery la miró fijamente, arqueando una ceja.

—Babs… ¿qué te preocupa?

—No es nada —mintió Barbara, obligando una sonrisa temblorosa.

Pero la verdad era que le sudaban las manos, el corazón le latía demasiado rápido y sentía que, si intentaba comer, aunque fuera un poco más, terminaría vomitando. No soportaba la idea de que Liam hubiera regresado a Londres sin ella. No después de lo que pasó anoche. No después de cómo la miró bajo la luna. Cuando pensó que ya no podría con la espera, la puerta se abrió de golpe. Liam entró con la energía de una ráfaga de aire fresco, una sonrisa amplia y un mapa enorme en las manos.

—Bien —anunció—. Necesitamos planear el itinerario.

El alivio fue tan intenso que Barbara sintió cómo los hombros se le aflojaban. El aire volvió a sus pulmones. Sonrió sin poder evitarlo, una sonrisa brillante, sincera, casi infantil. Él no se arrepintió. Él volvió por ella. Margery frunció el ceño, confundida.

—¿El… itinerario?

—Vamos a escapar juntos —respondió Liam, como si fuera lo más evidente del mundo.

La cuchara de la tía Hester cayó dentro de la taza con un pequeño chapoteo.

—Si fue por lo de anoche, Joel no será un problema —le aseguro Margery—. No después de la paliza que le diste.

—¿Escapar? ¿Qué está diciendo este muchacho? ¿Y qué fue eso de una pelea?

Barbara se tensó. Hester abrió los ojos, alarmadísima.

—¿Paliza? ¡No dijeron nada de golpes!

Liam sonrió con esa calma peligrosa que tanto lo caracterizaba.

—Ya no importa —le restó importancia—. Y no es por Joel.

Se acercó a la mesa, desplegando el mapa cuidadosamente. Sus ojos verdes se desviaron un segundo hacia Barbara antes de responder:

—Voy a cumplir su deseo. Si realmente están decididas a no volver a Londres… yo puedo ayudarlas —dijo determinado—. Es más seguro que viajen conmigo que solas.

Margery lo observó sorprendida, casi con desconfianza.

—¿Y ese cambio de opinión?

Liam miró de reojo a Barbara, suave, casi imperceptible.

—Digamos que yo también necesito un cambio de aire.

Barbara sintió cómo el corazón le golpeaba fuerte dentro del pecho. No sabía si era por alegría, alivio o la mezcla de ambas.

—Pero escúchenme bien —continuó Liam—. No será un mes. No puedo darles tanto tiempo. Tendremos dos semanas exactas. Después de eso, regresaremos a Londres.

Margery y Barbara intercambiaron una mirada. No necesitaban pensarlo.

—Aceptamos —dijeron al unísono.

Liam asintió satisfecho, extendió el mapa sobre la mesa y señaló una ruta con el dedo.

—Perfecto. Entonces empecemos —inicio emocionado—. Tenemos que trazar el itinerario para nuestro viaje. Y debemos hacerlo ahora mismo.

Durante toda la tarde, los tres se reunieron alrededor de la gran mesa del comedor, iluminada por la luz cálida que entraba por las ventanas. El mapa se extendía ante ellos como un tesoro recién descubierto. Liam lo mantenía sujeto por las esquinas mientras Margery apoyaba la barbilla en sus manos, y Barbara apenas podía contener la emoción… y el nerviosismo.

—Primero debemos decidir cómo viajaremos —dijo Liam, repasando con el dedo las líneas marcadas en tinta sobre el papel.

—A caballo tardaríamos semanas —comentó Margery, estirándose como si ya hubiese cabalgado dos días seguidos.

—Y en carruaje sería lo mismo —añadió Barbara.

Liam alzó una ceja, como si esperara a que llegaran a la conclusión evidente.

—Así que la opción más sensata es usar lo más moderno que Inglaterra ofrece: el tren.

Margery dio un pequeño grito emocionado.

—¡Nunca me he subido a uno!

—Ni yo —dijo Barbara, casi con la misma ilusión, aunque su sonrisa se suavizó un poco al mirar el mapa, ansiosa por todo lo que vendría.

Liam sonrió, divertido por su entusiasmo.

—Entonces será una experiencia nueva para las dos. Miren, aquí están las líneas principales… —Trazó suavemente con el dedo las rutas—. Desde Exeter podremos movernos sin problema hacia casi cualquier punto del país.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 15.03.2026

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