La Belleza de una Margarita

Capitulo 18

Apenas pusieron un pie fuera del carruaje, Barbara y Margery intercambiaron una mirada brillante y, sin contenerse, echaron a correr hacia la estación. Sus risas resonaban mientras avanzaban por el empedrado, moviendo sus faldas para no tropezar, como dos niñas que descubren un mundo completamente nuevo. Barbara sintió que el corazón le golpeaba el pecho. La estación era más grande de lo que imaginaba: un edificio de ladrillo rojizo con ventanales altos en forma de arco, coronado por un letrero recién pintado que anunciaba orgullosamente Moretonhampstead Station. El techo metálico, sostenido por vigas negras que reflejaban la luz del atardecer, dejaba escapar un suave eco cada vez que alguien caminaba debajo. Pero lo que realmente las dejó sin aliento fue el sonido del tren. Un estruendo metálico, seguido del silbido agudo del vapor. Ambas giraron justo cuando una locomotora negra apareció al final de los rieles, avanzando con un rugido imponente. El vapor blanco escapaba en columnas que se elevaban como nubes recién nacidas, y los vagones color verde oscuro rechinaban suavemente al frenar.

—¡Mira, Margery, mira! —exclamó Barbara, sujetándole el brazo.

—¡Está enorme! ¡Es gigantesco! —respondió Margery con la boca abierta.

De las puertas comenzaron a bajar decenas de pasajeros: hombres con maletas de cuero gastado, mujeres cubiertas con mantones, niños somnolientos, viajeros elegantemente vestidos con sombreros altos. El bullicio llenó el andén en cuestión de segundos. Liam se acercó con paso tranquilo y una sonrisa divertida al verlas casi saltando de emoción.

—Me alegra que les guste —comentó—. Esta estación es nueva, la inauguraron este año, por eso está tan concurrida. Aunque, claro, no se compara con las grandes estaciones del país. La de Paddington en Londres, por ejemplo, es enorme. Y ni hablar de Birmingham Curzon Street o de Bristol Temple Meads, que parecen catedrales de hierro y vidrio.

Barbara y Margery seguían pegadas a la barandilla del andén, ignorándolo por completo mientras miraban cómo el vapor se deslizaba entre sus pies y el tren terminaba de detenerse.

—No me están escuchando para nada… —murmuró Liam entre risas.

—¡Claro que sí! —respondió Margery sin apartar la vista del tren—. Escuchamos todo… más o menos.

Liam negó con la cabeza y se dirigió a la ventanilla de boletos. Barbara, mientras tanto, absorbía cada detalle como si temiera olvidarlo al parpadear. La estación olía a madera nueva, a carbón quemado y a metal caliente. El pavimento estaba marcado por manchas oscuras de aceite, y las señales colgaban de cadenas con letras elegantes anunciando los próximos destinos. Había bancos de hierro pintado, lámparas de gas recién encendidas que iluminaban con un tono cálido y un reloj grande en el centro que marcaba las cinco y cuarenta y siete. Nunca había visto nada igual. La mezcla de ruido, movimiento, vapor y voces la llenaba de un entusiasmo tan grande que apenas podía quedarse quieta. Cada persona que pasaba parecía tener un destino distinto, una historia propia, una razón para subirse a un tren… y ella, por primera vez, formaría parte de ese mundo. Liam regresó finalmente con los boletos en la mano.

—Muy bien —dijo al llegar a ellas—. Prepárense, damas. Nuestra aventura empieza en cuanto pongan un pie en ese tren… nuestra siguiente parada es Newton Abbot.

Barbara sintió un escalofrío de emoción recorrerle los brazos. El viaje, su viaje, estaba a punto de comenzar. Cuando anunciaron el abordaje, Barbara sintió que el estómago le daba un vuelco. Margery le tomó la mano con fuerza, como si estuvieran por cruzar el umbral de un castillo encantado, y juntas siguieron a Liam hacia la locomotora que resoplaba ardiente entre nubes de vapor blanco. El silbato sonó, largo y agudo, estremeciendo el aire. Barbara contuvo el aliento.

—Vamos —indicó Liam, asegurándose de que ambas lo siguieran de cerca mientras avanzaban entre los pasajeros que subían apresurados.

Margery subió primero, con cuidado de no pisar mal el escalón metálico. Barbara la siguió, sintiendo el hierro frío bajo la mano mientras se sostenía del pasamanos. Al alzar la vista hacia el interior del vagón, se quedó completamente inmóvil. Era como entrar en otro mundo. El suelo estaba cubierto por un pasillo alfombrado en un tono rojo profundo, algo desgastado, pero aún elegante. A ambos lados se extendían filas de asientos tapizados en terciopelo verde, con respaldos altos y curvas de madera pulida. Las lámparas de gas sobre sus cabezas emitían una luz cálida y temblorosa que daba al vagón un aire íntimo, casi acogedor. De los techos colgaban pequeñas redes de cuerda donde los pasajeros guardaban sus pertenencias, y ya había sombreros, cajas y bolsos acomodados en ellas. Margery abrió la boca con tanta sorpresa que parecía haber olvidado cerrar la mandíbula.

—Barbara… —susurró—. ¡Es precioso!

—Es más de lo que imaginaba… —respondió Barbara, sin poder apartar los ojos de los detalles: los grabados suaves en la madera, el brillo de los metales recién aceitados, la mezcla de aromas entre carbón, cuero y perfume.

El tren vibraba bajo sus pies, como un animal poderoso conteniendo su fuerza. Liam, con una sonrisa divertida por sus expresiones, señaló un par de asientos juntos.

—Tomemos estos. No queremos alejarnos mucho del pasillo —indicó mientras ayudaba a Margery a guardar su bolso sobre la red.

Margery se dejó caer en el asiento como si fuera un trono. Rebotó un poco en el terciopelo y soltó una risa sorprendida.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 15.03.2026

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