La Belleza de una Margarita

Capitulo 19

Barbara aún sentía las piernas un poco temblorosas cuando descendieron del carruaje. Había sido un día largo, lleno de emociones que apenas lograba procesar: el tren, la multitud, la estación, la sensación de estar realmente lejos de Londres… lejos de todo. Y ahora, mientras el chofer descargaba sus pequeños equipajes, ella observaba la posada que él mismo les había recomendado. Era un edificio discreto, casi modesto, escondido entre dos callejones laterales a unas cuantas cuadras de la estación. La fachada estaba revestida de madera oscura gastada por la humedad y el viento, y una lámpara de aceite colgaba sobre la puerta, parpadeando tenuemente. No llamaba la atención, no pretendía hacerlo. Y eso la convertía en el lugar perfecto para quienes deseaban pasar inadvertidos.

—Aquí nadie hará demasiadas preguntas, se aseguró Liam, ajustándose el abrigo con gesto satisfecho.

Barbara miró a Margery, que lucía igual de nerviosa que ella. El ambiente silencioso de la calle, el olor a pan recién horneado que escapaba por una ventana en la esquina, y el murmullo de los huéspedes dentro de la posada les recordaban que estaban realmente lejos de la vigilancia familiar. Pero no todo era tan simple. Apenas cruzaron la puerta, Liam se detuvo y se giró hacia ellas con una expresión calculada, casi práctica.

—Necesitamos una fachada —dijo en voz baja.—. Si vamos a alojarnos aquí por dos o tres días sin levantar sospechas… Barbara, tú y yo seremos matrimonio. Y Margery… tú serás mi hermana.

Margery abrió los ojos como si le hubieran pedido saltar al océano desde un acantilado.

—¿¡Matrimonio!? —exclamó a un volumen más alto del que deberían usar. Barbara le apretó el brazo para que bajara la voz.

Barbara misma sintió las mejillas encendidas. La idea era… impensable. Escandalosa. Comprometedora.

—Liam… —susurró ella, incrédula.

—Barbara, piensa —respondió él con calma—. ¿Qué otra explicación convincente podría haber para justificar que un hombre soltero viaje en compañía de dos mujeres solteras? Seríamos el escándalo del pueblo en menos de una hora.

Y tenía razón. Era precisamente el tipo de habladuría que debían evitar a toda costa. Barbara suspiró, tensa por dentro, pero tratando de ocultarlo.

—Está bien —cedió al fin—. Pero… la habitación…

Liam sonrió apenas, como si hubiera esperado ese punto.

—No temas. Cuando todos se hayan ido a dormir, puedes escabullirte a la habitación de Margery. Nadie se enterará.

A Barbara no le gustaba admitirlo, pero la idea le dio alivio inmediato. Margery asintió también, por fin resignada. Con la decisión tomada, se acercaron al mostrador. El posadero, un hombre robusto con bigote espeso, ni siquiera levantó la mirada cuando Liam solicitó una habitación para “él y su esposa” y otra contigua para la “cuñadita”. Pagaron en efectivo, firmaron con nombres falsos y subieron las escaleras crujientes hacia el segundo piso. La habitación matrimonial era pequeña, pero acogedora. Una sola cama amplia ocupaba la mayor parte del espacio, el resto dominado por un pequeño perchero, una palangana para bañarse y una ventana que daba a un callejón tranquilo. Cuando Margery entró a la habitación contigua, Barbara y Liam se quedaron unos segundos en silencio, como si la situación fuera demasiado extraña para comentarla. Finalmente, él se despeinó un poco el cabello, más por nervios que por comodidad.

—No durará mucho —dijo—. Solo hasta que oscurezca lo suficiente.

Barbara asintió. La tarde se les escurrió entre las manos sin que lo notaran. Entre acomodar sus cosas, darse un baño tibio en la pequeña tina de la posada y bajar a cenar un guiso sencillo en el comedor, la luz del día se extinguió sin aviso. Para cuando volvieron a las habitaciones, estaban exhaustos. Barbara esperó a que los pasos en el pasillo se volvieran escasos y los murmullos se apagaran por completo. Entonces, con el corazón acelerado por la adrenalina de la clandestinidad, abrió la puerta muy despacio y se deslizó hacia el cuarto de Margery. La encontró esperando, ya arropada, con una sonrisa cómplice.

—Al fin —susurró Margery—. Pensé que te quedabas dormida con tu “marido”.

Barbara rodó los ojos y dejó escapar una risa silenciosa.

—Ni en sueños —respondió mientras cerraba la puerta con cuidado.

Por primera vez desde que salieron de Chagford, ambas pudieron respirar en paz. Se recostaron en la camita estrecha de la posada y, sin darse cuenta, cayeron profundamente dormidas, rendidas por el día, rodeadas por el silencio de una ciudad desconocida.

La mañana siguiente amaneció fresca y ligeramente nublada, con un aire húmedo que anunciaba que estaban en una ciudad antigua, construida piedra sobre piedra a lo largo de siglos. Después de un desayuno sencillo en la posada —pan tibio, mantequilla, un poco de té aguado— los tres salieron a recorrer Exeter, emocionados por lo desconocido. Barbara miraba todo como si fuese la primera vez que veía un mundo real. Las calles eran estrechas y serpenteantes, flanqueadas por edificios de fachadas irregulares, algunos torcidos por la edad, otros restaurados con un encanto peculiar. Había tiendas pequeñas con letreros de madera colgando, panaderías que perfumaban el aire con aroma a masa recién horneada, y librerías… Oh, las librerías. La primera que encontraron tenía un escaparate lleno de volúmenes apilados de forma caótica. Barbara se pegó al vidrio, con los ojos brillando.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 30.03.2026

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