Su estancia en Exeter fue corta, más corta de lo que hubiera deseado Barbara, se sintió casi un suspiro, una parte de ella deseaba quedarse un par de días para explorar más la ciudad, sentía que apenas había logrado rascar la superficie, deseaba ver más. Pero era más fuerte el deseo de abarcar tantas ciudades como fuera posible los empujó a no detenerse demasiado, a conformarse apenas con el famoso mercado nocturno, donde las luces de los faroles se mezclaban con el murmullo de vendedores y el aroma de pan recién horneado y frutas maduras. Aquella misma noche regresaron a la estación, y una vez más el tren se convirtió en su aliado silencioso, llevándolos lejos mientras Barbara observaba cómo Exeter se desdibujaba entre la oscuridad y el vapor. Mientras descansaban no pudo evitar dejar de mirar a Liam, estaba arriesgado tanto por cumplir su capricho, que no podía evitar sentir algo por él, pero sabía que no debía permitirse ese tipo de sentimientos, su matrimonio sería decidido, después de este viaje no se volverían a cruzar. Pero el tiempo que pasarían juntos en aquel verano sería su mayor tesoro el cual atesoraría hasta el final de sus días.
Ahora estaban en Bristol. Frente a ellos se alzaba el Clifton Suspension Bridge, extendiéndose de un extremo al otro del profundo desfiladero del río Avon como si desafiara al mundo mismo. El puente parecía flotar en el aire, sostenido únicamente por enormes cadenas de hierro que se curvaban con elegancia desde las torres de piedra. Estas torres, robustas y solemnes, se elevaban como guardianes antiguos, con arcos amplios por los que pasaban los cables tensados que mantenían suspendida la pasarela. Debajo, el barranco se abría imponente, cubierto de vegetación espesa. Los árboles trepaban por las laderas rocosas y el río, muy abajo, se insinuaba como una cinta oscura y silenciosa. El contraste entre la naturaleza salvaje del desfiladero y la precisión humana del puente era abrumador. El cielo nublado acentuaba aún más la sensación de vértigo, haciendo que la estructura pareciera colgar entre la tierra y las nubes. Barbara se detuvo sin darse cuenta, conteniendo el aliento. Margery hizo lo mismo a su lado.
—No puede ser… —murmuró, con los ojos muy abiertos—. Es real.
Margery asintió, incapaz de apartar la mirada. El viento soplaba con fuerza a esa altura, haciendo vibrar levemente las cadenas y provocando un suave murmullo metálico que recorría el puente de extremo a extremo. A Barbara le parecía imposible que algo así pudiera sostenerse en el aire. Pensó que, si extendía la mano, podría tocar el cielo. Nunca había visto una obra semejante: no era un castillo ni una catedral, sino una proeza moderna, un símbolo de ese nuevo mundo que avanzaba rápido, impulsado por hierro, vapor y valentía.
—Estamos aquí de verdad… —susurró, más para sí misma que para los demás.
Y mientras contemplaba aquella maravilla arquitectónica suspendida sobre el vacío, Barbara sintió que su propio corazón también colgaba en el aire, ligero, emocionado, consciente de que ese viaje estaba cambiándola de formas que aún no lograba comprender. Barbara no pudo contenerse. Con los ojos aun brillándole por la emoción, se volvió hacia Liam casi dando un pequeño salto, señalando el puente como si temiera que desapareciera si dejaba de mirarlo.
—Liam… —dijo con urgencia—. Tú debes saber cosas de este puente, ¿verdad? Cuéntanos.
Él la miró de reojo, fingiendo fastidio, cruzándose de brazos mientras el viento agitaba ligeramente su abrigo.
—¿Ahora sí quieren escucharme? —respondió con ironía—. Porque en Exeter parecía que hablaba solo.
Margery soltó una pequeña risa y Barbara frunció el ceño, pero sin perder la sonrisa se acercó un paso más, mirándolo con esa expresión insistente que ya conocía demasiado bien.
—Vamos… —insistió—. Es imposible no preguntar.
Liam suspiró, derrotado, y finalmente volvió la vista hacia el puente. Su tono cambió, más serio, casi respetuoso.
—Está bien. El Clifton Suspension Bridge es bastante nuevo. Se inauguró hace apenas dos años, en 1864 —les explico—. Cruza la garganta del río Avon y une Clifton, aquí en Brístol, con Leigh Woods, en North Somerset. Antes de que existiera, atravesar el desfiladero era lento y peligroso.
Señaló las enormes cadenas que sostenían la estructura.
—El diseño original fue de Isambard Kingdom Brunel, uno de los ingenieros más importantes de Inglaterra —explicó—, aunque murió antes de verlo terminado. El proyecto se completó siguiendo los planes de William Henry Barlow y John Hawkshaw, quienes respetaron gran parte de la idea original.
Barbara alzó la vista, siguiendo el recorrido de las cadenas hasta las torres de piedra.
—¿Y… cómo puede sostenerse así? —preguntó, casi en un susurro.
—Por suspensión —respondió Liam—. Las cadenas distribuyen el peso hacia las torres y los anclajes en tierra firme. El puente mide más de doscientos metros de largo y cuelga a casi setenta y cinco metros sobre el río. Es una de las estructuras más altas de su tipo en el mundo.
Margery abrió los ojos con asombro.
—¿Setenta y cinco metros…? —repitió—. Es como si camináramos sobre el vacío.
Liam asintió.
—Eso pensaron muchos cuando se propuso construirlo. Hubo quienes dijeron que era una locura, que jamás resistiría. Pero aquí está. Un símbolo de lo que la ingeniería moderna puede lograr.