La Belleza de una Margarita

Capitulo 22

El lugar comenzaba a llenarse poco a poco: viajeros madrugadores, algún comerciante local y el murmullo bajo de conversaciones que no buscaban llamar la atención. Liam había subido a las habitaciones para dejar sus pertenencias, así que ellas se adelantaron para pedir el desayuno para los tres. Mientras Barbara hojeaba distraídamente el menú, Margery se giró con disimulo para asegurarse de que Liam no estuviera a la vista. Solo entonces, con una sonrisa ladeada y claramente divertida, se volvió hacia ella.

—Dime una cosa —susurró, apoyando los codos en la mesa—. ¿No te interesa el teniente?

Barbara se atragantó con su propia saliva. Tosió un par de veces, llevándose la mano al pecho, y cuando por fin logró recuperar el aliento, miró a Margery con el rostro encendido.

—¡Margery! —reclamó en voz baja—. ¿Cómo se te ocurre preguntar algo así aquí? Estamos en público.

Margery la observó con detenimiento, ladeando la cabeza, como quien acaba de confirmar una sospecha largamente guardada.

—Ajá… —murmuró—. Eso no ha sido una reacción normal. Además —añadió con total naturalidad—, harían una buena pareja. Y no me digas que no lo has notado: el teniente parece tener cierto interés en ti.

Barbara negó con una risa nerviosa, sacudiendo la cabeza.

—Eso es imposible. Liam jamás estaría interesado en alguien como yo —dijo, restándole importancia—. A él le atraerían mujeres como Davina, seguras, brillantes… no alguien como yo.

Margery frunció ligeramente el ceño, pero la dejó continuar.

—Soy aburrida —prosiguió Barbara—, tengo pocos temas de conversación, no soy especialmente ingeniosa… y mi belleza es, como mucho, singular. Nada más.

—Lo que tienes es muy poca confianza en ti misma —replicó Margery sin rodeos—. Y si de verdad te interesa el teniente, deberías al menos intentarlo.

Barbara bajó la mirada por un instante y luego negó con firmeza, visiblemente avergonzada.

—No, Margery. Yo jamás estaría interesada en alguien como Liam —dijo con seriedad—. No puedo verlo como algo más que un amigo. Además… —hizo una pausa breve— mi padre nunca permitiría que me casara con alguien que no fuera noble.

Alzó la vista y sostuvo la mirada de su acompañante.

—Después de todo, soy la heredera del marquesado —dijo seria—. Tengo un deber que cumplir…

Margery la observó en silencio durante unos segundos, como si sopesara cada palabra. No dijo nada más, pero su expresión dejó claro que no estaba del todo convencida.

—Yo creo que ese deber hace mucho que lo olvidaste.

—Margery…

Pero antes de que Barbara pudiera articular una sola palabra, una voz masculina sonó a su espalda, clara y segura:

—¡Teniente Howells! ¡Vaya sorpresa!

El mundo pareció detenerse. Barbara y Margery se petrificaron al mismo tiempo, como si alguien hubiera pronunciado un hechizo. El aire se volvió denso. Por puro instinto, Barbara giró lentamente la cabeza, el corazón golpeándole con fuerza en el pecho, y se encontró con Liam justo detrás de ella. Durante un segundo absurdo, lo único que pudo pensar fue cuánto de su conversación habría escuchado. Sintió un calor incómodo subirle por el cuello, los nervios tensándole los hombros. Pero entonces la verdadera comprensión cayó sobre ella como un golpe helado. Alguien acababa de reconocer a Liam. Y si podían reconocerlo a él… también podían reconocerla a ella. Barbara se quedó completamente inmóvil, bloqueada por la ansiedad. El ruido del comedor se volvió lejano, apagado, como si estuviera bajo el agua. Por un instante aterrador, sintió que su corazón se había detenido. Margery, a su lado, había palidecido de golpe; su expresión era un espejo exacto del pánico silencioso de Barbara. Liam, en cambio, permaneció tranquilo. Se giró hacia el hombre que lo había llamado, observándolo con atención, y entonces su rostro se iluminó con una sonrisa genuina.

—¡Edward! —exclamó—. Hace años que no nos veíamos, no esperaba encontrarte en un lugar como este.

El joven que tenía enfrente era alto, delgado, con el porte inquieto de quien vive siempre atento al mundo. Vestía de manera pulcra pero práctica, y llevaba consigo una libreta doblada bajo el brazo. Sus ojos, vivaces y curiosos, brillaron con entusiasmo al ser reconocido.

—Lo mismo digo —respondió con una sonrisa amplia—. Stratford-upon-Avon es un lugar de enorme interés. Como periodista, no podía perdérmelo. Aunque debo admitir que lo que más me sorprende es verte fuera del mar.

Liam soltó una breve carcajada.

—Comenzaba a fastidiarme del color azul —dijo con ligereza—. A veces es necesario cambiar de horizonte.

Edward rio con él, pero enseguida su atención se desvió. Sus ojos se posaron en Barbara y Margery, todavía rígidas, y luego regresaron a Liam, expectantes, aguardando las presentaciones. Liam no mostró prisa ni tensión alguna. Con la misma calma con la que había respondido, dio un pequeño paso hacia ellas.

—Edward —dijo—. Permíteme presentarte, ellas…son Barbara y Margery, viejas conocidas.

—¿Solo viejas conocidas? —dijo entre risas—. ¿Es todo lo que puedes decir?

—Es complicado —dijo nervioso—. Espero que no hagas preguntas…



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 16.05.2026

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