La Belleza de una Margarita

Capitulo 23

Henley Street se desplegaba ante ellos como una arteria viva del pasado, estrecha y ligeramente irregular, flanqueada por casas de entramado de madera cuyos vigas oscuras dibujaban geometrías torcidas contra fachadas encaladas. Algunas se inclinaban hacia la calle como ancianos curiosos, proyectando sombras oblicuas sobre el empedrado húmedo por el rocío de la mañana. El aire estaba impregnado de olores superpuestos: pan recién horneado escapando de una tahona cercana, madera vieja calentándose bajo un sol tímido, cera de velas y cuero proveniente de alguna tienda de encuadernación. Cada pocos pasos, el sonido seco de los cascos de un caballo o el crujido de una carreta rompía el murmullo constante de voces, risas apagadas y saludos entre vecinos que parecían conocerse desde siempre. A un lado de la calle, pequeños comercios exhibían sus mercancías: grabados de Shakespeare, libros de tapas gastadas, plumas, tinteros, pañuelos bordados y recuerdos que combinaban devoción literaria y comercio sin pudor. Las ventanas estaban adornadas con cortinas claras que se movían apenas con la brisa, y en algunas se asomaban rostros curiosos, observando el ir y venir de visitantes.

Barbara caminaba con paso contenido, casi reverente. Sus ojos recorrían cada detalle —las inscripciones talladas sobre los dinteles, las fechas apenas legibles, las puertas bajas que obligaban a inclinar la cabeza— como si temiera perder algo importante si parpadeaba demasiado tiempo. El bullicio la envolvía, pero no la abrumaba; al contrario, la anclaba al presente, a esa calle que parecía existir fuera del tiempo. Margery, en cambio, avanzaba con ligereza, girando el rostro de un escaparate a otro, fascinada por los colores, por las historias implícitas en cada objeto. De vez en cuando se detenía para señalar alguna curiosidad —un retrato exageradamente idealizado del dramaturgo, una edición antigua protegida tras vidrio— y su entusiasmo añadía calidez al paseo. Liam caminaba unos pasos detrás de ellas, atento sin parecerlo. Su figura contrastaba con el entorno civil: demasiado erguido, demasiado consciente del espacio, como si incluso en una calle tranquila su cuerpo recordara la disciplina del mar. Aun así, había algo distinto en su expresión; el ruido de Henley Street parecía limar las aristas de su habitual severidad, permitiéndole observar sin urgencia, sin órdenes que cumplir.

Edward, por su parte, absorbía el ambiente con mirada analítica. Sus ojos iban del adoquín a los tejados, de la gente a los carteles colgantes que chirriaban suavemente al viento. Era evidente que estaba almacenando imágenes, escenas completas, como si cada rincón pudiera convertirse más tarde en una línea escrita. Sonreía a ratos, no por nostalgia, sino por reconocimiento: aquel lugar tenía historia, y la historia siempre dejaba huellas visibles para quien sabía buscarlas. Al pasar frente a la casa natal de Shakespeare, el flujo de peatones se ralentizaba de manera natural. No había grandilocuencia, solo una especie de respeto tácito. Las vigas ennegrecidas parecían más firmes que el resto, como si sostuvieran no solo el edificio, sino el peso simbólico de siglos de palabras. Un guía hablaba en voz baja a un pequeño grupo, y su relato se mezclaba con el canto distante de un vendedor ambulante.

La casa de William Shakespeare los recibió con un silencio reverente, casi expectante. Al cruzar el umbral, el aire parecía más denso, impregnado de madera antigua, cera y tiempo detenido. Las vigas oscuras del techo se entrecruzaban como costillas viejas, y el suelo crujía bajo cada paso, como si la casa misma murmurara recuerdos. Las paredes, encaladas y algo irregulares, estaban adornadas con pequeños objetos: grabados, muebles bajos, cofres gastados por los años. Todo era sencillo, íntimo, lejos de la grandiosidad que Barbara había imaginado, y quizá por eso resultaba más conmovedor. Margery y Edward se adelantaron casi de inmediato, incapaces de contener su entusiasmo. Margery iba de habitación en habitación con los ojos brillantes, tocando con cuidado los marcos de las puertas, mientras Edward le señalaba detalles arquitectónicos y fechas, fascinado por la historia viva que los rodeaba. Sus voces se fueron apagando poco a poco, dejándolos atrás. Barbara se dio cuenta de que, sin proponérselo, había reducido el paso. Liam caminaba a su lado, observando el lugar con calma, las manos a la espalda. Durante unos segundos solo se escuchó el leve crujir del suelo y el murmullo distante de otros visitantes.

—¿Alguna vez has leído a Shakespeare? —preguntó él finalmente, rompiendo el silencio con suavidad.

Barbara lo miró, un poco sorprendida por el interés genuino en su voz.

—Sí… —respondió—. Las obras más conocidas. Romeo y Julieta, Hamlet, Sueño de una noche de verano. No puedo decir que no me gusten, pero… —titubeó— no me apasionan como a mis hermanas.

Liam arqueó levemente una ceja, curioso.

—¿Ah, no? ¿Y qué es lo que te apasiona entonces?

Barbara bajó la mirada un instante, como si buscara la respuesta en las vetas del suelo.

—La música —dijo—. Me gusta tocar instrumentos… pero, sobre todo, me gusta observar las plantas.

Liam giró el rostro hacia ella, ahora completamente atento.

—¿Las plantas?

Ella sonrió, una sonrisa pequeña, cargada de algo más profundo.

—Mi madre —explicó nostálgica—. A ella le encantaban. Siempre me llevaba al parque cuando era niña. Recolectábamos flores, hojas… cualquier cosa que llamara su atención. Luego sacaba sus enciclopedias, enormes, y por las tardes me enseñaba el nombre de cada flor, de dónde venía, en qué estación florecía.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 16.05.2026

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