El día había avanzado con una ligereza engañosa. Tras recorrer la casa de William Shakespeare y perderse entre los jardines, los cuatro acordaron un último paseo antes de que la luz comenzara a apagarse. Fue así como llegaron a la orilla del río Avon, donde el Clopton Bridge se extendía con su solemnidad antigua, como si hubiera estado allí desde siempre, observando en silencio el paso de generaciones. Barbara se detuvo apenas lo vio. El puente de piedra, robusto y sereno, descansaba sobre una sucesión de arcos amplios y regulares que se reflejaban en el agua turbia del río. Cada bloque parecía encajar con una precisión paciente, gastado por siglos de lluvia, viento y pasos humanos. La superficie del Avon corría lenta, hinchada y opaca, arrastrando reflejos grises del cielo cubierto. A un lado, la hierba verde se extendía húmeda y viva, salpicada de pequeñas flores, mientras árboles desnudos alzaban sus ramas como dedos finos hacia las nubes. Faroles de hierro se alineaban sobre el puente, discretos, y más allá, las murallas bajas de piedra marcaban el límite entre el camino y el agua. Todo tenía un aire contenido, tranquilo, como si el mundo hubiera decidido hablar en voz baja. Barbara inspiró hondo, impresionada. Había algo en aquel lugar —en la solidez del puente, en el murmullo constante del río— que la hacía sentir pequeña, pero curiosamente a salvo. Margery, observándola de reojo, intercambió una mirada cómplice con Edward. Una sonrisa traviesa cruzó su rostro.
—Edward —dijo de pronto, señalando hacia el extremo opuesto del puente—, juraría haber visto una librería cerca. ¿No te parece que deberíamos echarle un vistazo antes de que cierre?
Edward tardó apenas un segundo en comprender. Sus labios se curvaron con diversión.
—Oh, claro —respondió con fingida seriedad—. Sería imperdonable perder una librería en Stratford.
Antes de que Liam o Barbara pudieran decir una sola palabra, Margery tomó a Edward del brazo y ambos salieron casi corriendo, riendo en voz baja, alejándose por el sendero de piedra.
—¡No tarden! —alcanzó a decir Margery por encima del hombro, sin disminuir el paso.
El eco de sus pasos se perdió pronto, dejando tras de sí un silencio distinto. Barbara se quedó inmóvil, de pie junto al pretil del puente, con el río fluyendo debajo. El aire fresco le rozó el rostro y, por primera vez en todo el día, fue consciente de que estaban completamente solos. A su lado, Liam permanecía quieto también, observando el Avon… aunque, por momentos, parecía que su atención estaba en ella.
—No le hagas caso a Margery —comenzó Barbara nerviosa, caminando a su lado—.
—Se como es Margery —la calmo—. Seguramente debe de estar planeando algo en esa cabecita intrigante.
Los dos se rieron algo apenados, siguieron caminando a su lado, Barbara pensaba nerviosa en como iniciar la conversación, pero sentía que no tenía ningún tema de conversación interesante, es esforzaba por recordar algún dato, pero su mente estaba en blanco sin saber como iniciar una platica con Liam, pensando en como todo se había vuelto tan confuso para ella.
—Dentro de dos días deberíamos estar regresando a Londres —menciono Liam, observándola fijamente—. ¿Cómo te sientes al respecto?
Aquella pregunta la tomo por sorpresa, alzo su mirada para observar con detenimiento.
—Sigo sin creerlo —le confeso—. He pasado casi un mes fuera de mi hogar, se siente tan…irreal, que no puedo creer que todo vaya a acabar dentro de dos días.
El silencio que quedó entre ellos no fue incómodo, sino expectante. El río seguía su curso bajo los arcos del puente, y el murmullo constante del agua parecía envolverlos en una intimidad inesperada.
—Yo tampoco quisiera que esto acabara —confeso Liam, observándola fijamente—. Estos días que he pasado a su lado… hace mucho tiempo que no me sentía tan relajado, tan en paz conmigo mismo, desearía que el resto de nuestro días fueran como este, sin ninguna preocupación…
—Pero los dos tenemos deberes con nuestra familia —comprendió Barbara—. Si hubieras tenido la elección de ser cualquier cosa, ¿Qué hubieras elegido?
Barbara apoyó las manos sobre la piedra fría del pretil, mirando cómo la superficie del Avon se ondulaba lentamente. Sentía el corazón acelerado, como si supiera que algo estaba a punto de suceder y no pudiera evitarlo. Liam se acercó un poco más, lo suficiente para que su presencia se volviera tangible, cálida, sin invadirla.
—No lo se —le confeso entre risas—. Nunca me lo había planteado, desde niño siempre me habían dicho que mi deber era ser un marino, así como lo fue mi padre y su padre, nunca me dieron más elecciones, y estuve tan acostumbrado que ni siquiera lo llegué a pensar.
—Yo si lo he pensado —le confeso Barbara—. Muchas veces si soy sincera, me gustaría tener una cabaña en el bosque, disfrutar de la vida pacifica, alejarme del bullicio de la ciudad, y estar tranquila con el amor de mi vida.
—Algunos pensaría que tendrías mayores aspiraciones…
—Aunque algunos eso les parezca algo pequeño y simple —replico Barbara—. Para mí sería mi mayor aspiración para elegir, pero… sé que nunca lo podre realizar, mi deber esta con mi familia, casarme y darle un heredero al marquesado, es lo que se espera de mí.
—Tal vez en otra vida hubiéramos tenido la oportunidad de elegirnos a nosotros mismos —menciono Liam—. ¿Te casaras al regresar? ¿no?