Barbara cerró la puerta tras de sí con un cuidado casi mecánico, como si el más leve ruido pudiera delatarla. El cuarto estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz que se filtraba desde la ventana, y allí, sentada sobre la cama, Margery la esperaba. Ni siquiera sabía como había logrado llegar por su propia cuenta a la posada en que se estaban alojando, en cuanto Joel se había marchado, sintió que su mente se había desconectado del mundo, solo comenzó a deambular como si su cuerpo se hubiera puesto a trabajar por mi mismo. Era incapaz de llorar, era incapaz de enojarse o de gritar, se sentía desconectada con su alrededor, como si su mente hubiera puesto una defensa para protegerla de si misma. Solo cuando pudo llegar a la posada, comenzó a sentir como su cuerpo que se había esforzado en contener sus emociones comenzaba a fracturarse. Margery la miro emocionada, esperando a que le contará lo sucedido.
—¿Y bien? —preguntó con una sonrisa cómplice—. ¿Cómo te fue a solas con Liam?
Barbara no respondió. Sus manos comenzaron a temblar de una forma incontrolable, los dedos rígidos, blancos, como si el frío se hubiera instalado dentro de su cuerpo. Dio un paso, luego otro, y de pronto ya no pudo más. Las fuerzas la abandonaron y cayó de rodillas sobre el suelo, el aire escapándosele del pecho en un sollozo roto. Sentía que todo lo que se había guardado finalmente había explotado. Se cubrió la boca con una mano, intentando ahogar el llanto, pero su cuerpo la traicionó. Temblaba entera, los hombros sacudiéndose mientras las lágrimas caían sin control.
—Barbara… —la voz de Margery se quebró al verla—. ¿Qué te pasa?
Margery se levantó de inmediato, alarmada, y se arrodilló frente a ella, rodeándola con los brazos. Barbara se aferró a su vestido como si fuera lo único sólido que le quedaba en el mundo, sintiendo como todo su mundo comenzaba a derrumbarse delante de sus ojos, le había fallado a todos, era una completa egoísta.
—Di algo… por favor —susurró Margery, con el corazón latiéndole desbocado—. Me estás asustando. ¿Fue Liam? ¿Te hizo algo? Te juro que si…
La furia ya comenzaba a tensarle el cuerpo, dispuesta a levantarse y salir a buscarlo, cuando sintió las manos de Barbara aferrarse a las suyas con desesperación.
—No… —logró decir entre sollozos—. No fue él… por favor… quédate conmigo… no me dejes sola.
Margery se quedó quieta al instante. Sin hacer más preguntas, volvió a rodearla con fuerza, apoyando la mejilla contra su cabello.
—Estoy aquí —le susurró—. No me voy a ir.
Barbara se abrazó a ella con toda la desesperación que había estado conteniendo, llorando sin freno por primera vez en todo el día. Allí, entre los brazos de Margery, el peso del miedo y la amenaza finalmente la vencieron. Tenía tanto miedo que quería gritarlo, quería llorar porque sentía que había hundido a toda su familia, les había fallado. El esfuerzo que había hecho para contenerse enfrente de él, obligando a su cuerpo a no temblar, a no llorar, a mantener firme, finalmente se había derrumbado por completo. Sin sentirlo comenzó todo su cuerpo a temblar al mismo tiempo que no paraba de llorar intentando aferrarse a su Margery quien la abrazaba con fuerza. Lo había arruinado, era una idiota al pensar que podría escaparse sin tener consecuencias. Era una tonta por haber querido soñar con algo más, ahora debía de pagar las consecuencias, pero no sería la única que las pagaría, había jodido también a su familia, los había arruinado, no lo quería, eso no era lo que ella quería. Era una idiota, una tonta, ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había escapado para empezar? ¿Por qué era una tonta?
—¿Qué paso Babs?
Barbara permanecía aferrada a Margery, pero poco a poco el mundo comenzó a cerrarse a su alrededor. Los sonidos se volvían lejanos, como si estuvieran cubiertos por agua espesa, y su mente no dejaba de repetir una y otra vez las mismas imágenes: la sonrisa de Joel, su voz pronunciando su nombre completo, la certeza de que ya no había escapatoria.
—Barbara… mírame —pidió Margery, sosteniéndole el rostro con ambas manos—. ¿Qué pasó? Dime qué te hizo.
Barbara intentó responder, pero las palabras parecían atorarse en su garganta. El pecho le dolía, pesado, como si algo se hubiera instalado allí y no la dejara respirar. Finalmente, entre sollozos desordenados, logró murmurar:
—Yo… yo lo vi… —tragó saliva con dificultad—. A Joel… estaba ahí… me amenazó…
Margery ahogó un grito, llevándose una mano a la boca, los ojos abiertos por el horror.
—¿Qué…? ¿Aquí? —susurró—. ¿Cómo…?
—Lo arruiné… —repitió Barbara, sacudiendo la cabeza una y otra vez—. Arruiné todo… a ustedes… a mi familia… todo… todo…
Su respiración comenzó a acelerarse, corta y superficial. El aire ya no parecía suficiente, comenzó a dar bocanadas de aire, sintiendo que el aire que respiraba no era suficiente. Sus pensamientos se atropellaban sin orden, cada uno más oscuro que el anterior, y la sensación de peso en la cabeza se volvió insoportable, lo menos que podía hacer era atormentarse a ella misma.
—Barbara, respira conmigo, ¿sí? —dijo Margery con urgencia, intentando mantener la calma—. Mírame, inhala despacio…
Pero Barbara ya no la escuchaba. El cuarto giró. Las paredes parecían cerrarse sobre ella y su vista comenzó a nublarse, manchas oscuras bailando frente a sus ojos. Se llevó las manos al pecho, jadeando, como si se estuviera hundiendo en un pozo sin fondo.