La Belleza de una Margarita

Capitulo 26

Después de que Liam se había marchado de su habitación, Barbara siguió llorando, permaneció despierta durante horas, con el rostro hundido en la almohada, llorando en silencio para no despertar a nadie, dejando que el miedo, la culpa y el peso de lo inevitable la atravesaran una y otra vez. Cuando el cansancio finalmente venció, fue de una forma abrupta, como si su cuerpo se hubiera rendido sin pedir permiso, se sentía como si su cuerpo de la nada hubiera dejado de funcionar. En algún punto de la madrugada sintió que Margery se levantaba; percibió el leve crujir del suelo, el roce de una puerta al abrirse. Quiso llamarla, quiso seguirla, pero sus párpados eran demasiado pesados y su cuerpo no le respondió, su mente se negó a responderle, dejándose caer por el cansancio. Se dejó caer de nuevo en la oscuridad, derrotada por todo el agotamiento acumulado.

Cuando volvió a abrir los ojos, lo primero que sintió fue una extraña ligereza. Su cuerpo se sentía renovado, como si hubiera dormido durante días enteros. Durante un instante pensó que todo había sido un mal sueño, una pesadilla nacida del estrés y del miedo. Pero el recuerdo regresó con una claridad cruel: la habitación, la voz de Liam, la palabra “casémonos” dicha con una firmeza que no admitía dudas. No, no había sido un sueño. Era real. Se incorporó despacio y recorrió la habitación con la mirada, notando que estaba sola. Al asomarse por la ventana, el corazón le dio un vuelco al descubrir la oscuridad del cielo: ya era de noche. ¿Había dormido todo el día? La punzada de hambre confirmó que sí. Estaba a punto de buscar a Margery cuando la puerta se abrió y ella apareció en el umbral. Al verla despierta y con mejor semblante, Margery sonrió aliviada, acercándose de inmediato.

—Buenos días…más bien noches —se corrigió inmediatamente—. No tienes nada de que preocuparte, Liam se ha encargado de arreglar todo.

Barbara la miró confundida, con el ceño fruncido.

—¿Qué están tramando sin mí? —preguntó sospechosa.

Margery, incapaz de contener su emoción, sonrió emocionada acercándose a ella.

—Es una sorpresa —dijo casi sin aliento—. Aun no puedo creer que se van a casar, aunque claro sería lo más natural…

Barbara se dejó caer en una de las sillas sintiendo como el peso de la culpabilidad comenzaba a pesarle.

—Yo tampoco puedo creer que me voy a casar —murmuro sincera—. Todo se sienta tan irreal, como si estuviera viviendo la vida de otra persona, y no logro sacarme de encima esta culpa opresiva.

—¿Por qué te sentirías así? —preguntó Margery desconcertada—.

Barbara bajó la mirada apenada por lo que diría.

—Estoy solo aprovechándome de la bondad de Liam…

Margery negó con la cabeza, tomándole las manos

—Si un hombre no quisiera casarse, nada ni nadie podría obligarlo —la reconforto—. Así que no debería de sentirse culpable.

—Liam era un caballero, jamás faltaría a su palabra —insistió culpable—. Y yo… yo solo soy una egoísta.

—Todos los preparativos ya están listos —le aseguro, intentando animarla—. Se está esforzando demasiado para ser alguien que está siendo obligado a casarse, ¿no lo crees?

Barbara levantó la vista de golpe.

—¿Qué es exactamente lo que está preparado? —preguntó sorprendida—.

—Tu boda secreta —respondió, como si fuera lo más evidente del mundo—.

—¿Acaso casarse es tan sencillo como para que Liam pudiera arreglarlo todo en un solo día? —pregunto incrédula, mirándola con el ceño fruncido—.

Margery se quedó pensativa por un momento y luego se encogió de hombros.

—Yo solo me encargue de lo verdaderamente importante —le confeso—. El resto lo hizo Liam.

Barbara guardó silencio, meditando, sintiendo cómo la realidad se asentaba con un peso definitivo. No tuvo tiempo de decir nada más porque Margery la interrumpió con urgencia

—Basta de preguntas, no podemos perder más tiempo —la interrumpió—. Debo de prepararla.

—¿Ya es el momento? —preguntó atónita—.

Margery asintió sin dudar confirmándole lo inevitable:

—Al amanecer se casarán.

Antes de que Barbara pudiera oponerse, formular una pregunta o reunir el valor para huir, Margery la tomó del brazo y prácticamente la arrastró hacia el baño, iniciando los preparativos mientras la noche avanzaba inexorablemente hacia el día que cambiaría su vida para siempre. Después del baño, las horas siguientes se volvieron caóticas. Barbara las recordaría más tarde como una sucesión borrosa de manos ajenas y pensamientos propios que no lograba callar. Margery se encargó de todo. Absolutamente de todo. La sentó frente al tocador, le acercó telas, frascos, peines, cintas. Barbara apenas se movía. Se dejaba hacer. Le pesaba saber que Margery cargaba con todo el trabajo duro mientras ella permanecía inmóvil, con la mente muy lejos de allí, como si su cuerpo solo fuera un objeto más que preparar. Evitó mirarse en el espejo. No deseaba verse. No quería enfrentarse a su reflejo vestida para una boda que aún no lograba asimilar. Cada vez que Margery intentaba acomodarle el rostro hacia el cristal, Barbara desviaba la mirada. Verse solo la hacía sentirse más culpable. Más egoísta. Más consciente de que todo aquello era real.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 16.05.2026

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