Barbara estaba de pie frente al altar y sentía, con una claridad aterradora, que en cualquier momento podría desmayarse. El mundo parecía demasiado grande para su cuerpo inmóvil, demasiado solemne para el torbellino que llevaba dentro. Sus manos, ocultas entre los pliegues del vestido, estaban frías; el pulso le latía con fuerza en las sienes, marcando cada segundo como si fuera un paso irreversible hacia algo que ya no podía detenerse. Alzó la vista. El interior de la iglesia la golpeó con una mezcla de asombro y vértigo. La Santísima Trinidad se alzaba ante ella como un espacio fuera del tiempo: altos muros de piedra gris, tallados con siglos de historia, se elevaban hacia un techo oscuro y artesonado que parecía perderse en la penumbra. La luz entraba tamizada por los enormes vitrales, inundando el altar con colores profundos —rojos, azules, dorados— que se proyectaban sobre el suelo y las columnas como fragmentos de un sueño sagrado. Frente a ella, el gran vitral del fondo dominaba el espacio, lleno de figuras solemnes y escenas santas que parecían observarla desde otra era. La luz hacía que el altar resplandeciera con una dignidad silenciosa: el mármol, las velas encendidas, el dorado discreto de los candelabros… todo tenía un peso casi abrumador, como si la iglesia misma fuese testigo consciente de lo que estaba a punto de ocurrir. Barbara tragó saliva. No estaba sola, y aun así la sensación de intimidad era absoluta.
A su derecha, Edward permanecía firme, ligeramente erguido, ocupando el lugar que correspondía al lado de Liam. Su expresión era seria, respetuosa, como si entendiera que aquel no era solo un acto apresurado, sino una decisión que cambiaría destinos. No la miraba directamente; mantenía la vista al frente, guardando silencio, cumpliendo su papel de testigo con una lealtad discreta. A su izquierda, en el lugar que debería haber ocupado la familia de la novia, estaba Margery. Sus manos estaban juntas frente a ella, los ojos brillantes, cargados de emoción y preocupación a partes iguales. Cuando Barbara se atrevió a mirarla, Margery le dedicó una leve inclinación de cabeza, casi imperceptible, pero llena de apoyo. Era un gesto pequeño… y aun así fue suficiente para que el nudo en su garganta se tensara aún más. Solo dos testigos. Dos almas sosteniendo una boda que el mundo no debía conocer. Barbara volvió a mirar el altar, sintiendo cómo el aire parecía más denso allí delante. La majestuosidad del lugar la hacía sentirse diminuta, vulnerable, como si cada piedra estuviera juzgando su temeridad. Aquella no era una iglesia cualquiera; era un espacio hecho para juramentos eternos, para promesas pronunciadas con convicción absoluta. Y ella estaba allí, a punto de pronunciar las suyas, con el corazón desbocado y la certeza de que ya no había marcha atrás. Cerró los ojos por un instante, respiró hondo y se sostuvo de la fe —no sabía bien si en Dios, en el destino… o en Liam—, esperando el momento en que él apareciera a su lado y el mundo, finalmente, dejara de girar.
Respiro profundamente sintiéndose intimidad por aquel majestuoso lugar que se imponía delante de sus ojos, no podía evitar preguntarse que otras historias de amor guardaba en sus viejas paredes, cuantas veces no había sido estas paredes los testigos de muchos amores, sabía que tenía su propia historia, aquí fue donde se llevo el bautizo de William Shakespeare y aquí también se llevó su entierro, para el esta iglesia fue su principio y también fue su final y Barbara no pudo evitar preguntarse si también sería lo mismo para ella, si solo representaba el inicio de su historia. No podía evitar sentir su corazón pesado porque nunca imagino que su gran día sería de esta forma, de niña solía fantasear como sería el día de su boda y nada de lo que estaba sucediendo parecía parecerse a sus fantasías. Para ella su padre, el hombre más importante de su vida la estaría entregando en el altar, sus hermanas serían sus damas de honor acompañándola en el altar a su lado, su familia y sus íntimos amigos la estaría observando con orgullo y ella caminaría segura sabiendo que el amor de su vida la estaría esperando y para ella luciría como el hombre más grande de este mundo.
Al parecer lo único que se le cumpliría es que después de todo si se pudo casar por amor, al menos solo Barbara lo sentía en ese momento, no podía evitar sentirse culpable con Liam, tal vez él estaba esperando a alguien más, a alguien que si amará y Barbara le había arrebatado esa oportunidad. Era una egoísta, lo reconoció, pero se juro en ese momento ante los ojos de Dios como su testigo que pasaría el resto de su vida recompensándolo. El silencio de la iglesia era tan profundo que parecía respirar por sí mismo. Las velas del altar ardían con una llama serena, y la luz del amanecer, aún tímida, se filtraba a través de los vitrales, tiñendo el recinto con tonos de oro antiguo y carmín apagado. Barbara permanecía inmóvil, erguida por pura fuerza de voluntad, mientras su corazón golpeaba con violencia contra su pecho, como si quisiera huir antes que ella. El leve eco de pasos resonó en la nave. Edward apareció primero, avanzando con paso firme y respetuoso. Se detuvo a un lado del altar, inclinando ligeramente la cabeza hacia el clérigo. Tras él, Liam cruzó el umbral.
Ahora se encontraba enfrente del altar, sentía el ramo de rosas blancas con margaritas pesado, sentía que sus pies no podían moverse, sentía su corazón con pesadez, pero lo que más le sorprendió es que no deseaba huir. Al ver a Liam parado enfrente de ese altar esperándola con una sonrisa con los rayos tenues del sol iluminándolo por detrás, Barbara no pudo estar más que segura de caminar hacia él en ese altar. No podía verlo con claridad debido al velo que cubría su rostro, que Margery le había puesto antes de que entrará. Respiro una ultima vez profundo antes de comenzar a caminar directo hacia el altar, debía de sentirse tristeza porque no compartiría ese momento especial con su familia, pero no lo estaba, se sentía todo lo contrario, se sentía aliviada y sobre todo feliz de saber que con el hombre que se casaría sería Liam Howells, aquel hombre que nunca ha dudado en apoyarla, de ser su sostén y de sonreírle en las peores situaciones, si había alguien con quien deseaba casarse era con él. Barbara no levantó la vista de inmediato cuando finalmente llego al altar, tomo con fuerza el ramo de rosas que sostenía con su mano intentando que los nervios no se apoderara de ella, pero supo que era él. El aire pareció cambiar, como si su presencia reclamara silenciosamente el espacio. Cuando por fin se atrevió a mirarlo, el mundo se redujo a una sola figura. El sacerdote, un hombre de cabello canoso y voz grave, carraspeó suavemente antes de hablar.