La Belleza de una Margarita

Capitulo 29

Barbara respiró hondo antes de cruzar el umbral, como si el aire pudiera darle el valor que sentía escapársele entre los dedos. Sus manos, aún enguantadas, se tensaron apenas, y solo entonces fue consciente de cuánto habían cambiado las cosas: no el lugar, no las paredes… sino ella. Edmund abrió las puertas del estudio con la solemnidad de siempre. Nada había cambiado. El estudio del marqués seguía siendo un santuario de sombras y orden. La luz del exterior entraba tamizada por los altos ventanales de arcos apuntados, dibujando formas geométricas sobre el suelo de madera oscura. Más allá del cristal, el verde del jardín se alzaba como un contraste vivo frente a la gravedad del interior. Las estanterías, talladas con minuciosa ornamentación, se elevaban hasta el techo, cargadas de volúmenes encuadernados en cuero envejecido, atlas, tratados políticos y viejos legajos familiares.

En el centro, el escritorio permanecía imponente, macizo, con patas labradas y una superficie pulida que reflejaba tenuemente la lámpara colgante de metal trabajado. Sobre él descansaban tinteros, plumas, cajas de documentos y pequeños objetos que hablaban de una vida dedicada al control y a la disciplina. Una alfombra burdeos, gastada por los años, amortiguaba los pasos y contenía el espacio como si fuera un campo de batalla silencioso. A un lado, un sofá tapizado en terciopelo oscuro y una butaca de respaldo alto aguardaban, severos, como jueces mudos. Todo estaba exactamente igual. Y, sin embargo, Barbara sentía que ya no pertenecía a ese lugar como antes.

Junto al ventanal, de espaldas a ellos, se encontraba su padre. Charles Compton observaba el exterior con las manos entrelazadas a la espalda, la postura rígida, inquebrantable. ¿Cuántas veces lo había encontrado tirado en la noche con una botella de alcohol? Ahora la escena era diferente, se encontraba en ese estudio lista para ser severamente castigada. Al percibir su presencia, se giró lentamente. Sus ojos celestes, tan claros como implacables, se posaron primero en Barbara… y luego en Liam. No había sorpresa en su rostro. Solo una severidad fría, medida. Su cabello castaño rojizo —siempre impecable— estaba ligeramente desordenado, como si las horas recientes no le hubieran concedido descanso. Aquello, más que cualquier palabra, delataba su estado. Al verlos entrar juntos, Charles alzó una ceja, un gesto mínimo pero cargado de significado. No necesitaba explicaciones inmediatas para intuir lo ocurrido. Barbara sintió el peso de esa mirada clavarse en su pecho. Todo lo que había sido, todo lo que había huido, todo lo que ahora era… se concentró en ese instante.

—Así que ya se dignaron a llegar —les dio la bienvenida—. Felicidades ya era hora que ambos llegarán —los señalo—. Mi primogénita y su raptor —señalando a Liam—. ¿El viaje fue interesante para ambos? Cuéntenme

Su padre estaba sorpresivamente tranquilo, pero Barbara era quien más lo conocía bien, sabía que esa rabia que estaba contenida en cualquier momento podría estallar ante ellos. Barbar ano se inmuto, le hizo una reverencia saludándolo cordialmente.

—Saludo a mi padre, lord Compton —le saludo—. Espero que haya tenido un buen día.

Charles solo se rio, se sentó sobre su escritorio sin quitar su mirada sombría de ellos.

—¿Ahora te acuerdas de que tienes padre? Me alegro querida que no hayas olvidado tus modales —dijo fríamente—. ¿Disfrutaste tu viaje? Aún no he escuchado de ambos sobre su viaje —los dos permanecieron callados—. ¿No van a decir nada? ¿El gato les comió la lengua? ¿Dónde estaba la valentía que tanto alardeaban para escaparse juntos? —miro a Barbara—. Dime ¿no me vas a contestar? ¿esa valentía para escapar de tu casa ya se esfumo? —miro fríamente a Liam—. ¿Y tú? ¿no me habías dado tu palabra de honor para traer a mi hija? ¿ya te cansaste de traicionar mi confianza?

Los dos se quedaron callados incapaces de poder hablar, Charles solo se rio, pero en un arranque de furia, tomo uno de los libros que estaba en su escritorio y se los lanzo furioso estrellándose contra la pared, asustando a Barbara sin evitar temblar y Liam sorprendido por su rápido arranque de furia.

—¡VAMOS HABLEN! —bramo furioso—. ¡LES ESTOY PREGUNTANDO!

Liam respiro profundamente antes de contestar.

—Cumplí con mi palabra mi lord —dijo con firmeza—. Traje a su hija de vuelta sana y salva, como había dicho…

Fue interrumpido por la carcajada sarcástica de Charles.

—Ah entonces a eso era lo que te referías —dijo entre risas, para ponerse completamente serio—. ¿A robarte a mi hija? ¿Esa era tu idea o todo este tiempo lo estuviste planeando y te confabulaste con lord Hamilton?

—El no tiene nada que ver en este asunto —aclaro rápidamente—. Por favor no involucre a lord Hamilton…

—¡Eso lo hubieras pensado antes de robarte a mi hija mientras fingías ser honorable! —bramo furioso—. Te confíe la seguridad de mi hija porque te respaldaba lord Hamilton y porque conozco el linaje de los Howells, siempre han sido reconocidos por ser hombres honorables —lo miro con desprecio—. Pero parece que en toda familia siempre hay una oveja negra.

—Padre por favor pare sus acusaciones a lord Hamilton —pidió Barbara—. El siempre ha sido honorable, si nos permite explicarle toda esta situación…

—¿Qué hay que explicar? —replico molesto—. ¿Por qué se fugaron juntos? ¡Si todavía te consideras mi hija arrodíllate!

Barbara inmediatamente se arrodillo ante el enojo de su padre, no se atrevía a desafiarlo, menos en el estado de colera que se encontraba, Liam imito el mismo movimiento de Barbara, tal vez así lograran disminuir la colera de su padre.



#1758 en Novela romántica
#510 en Otros
#227 en Humor

En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 06.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.