La Belleza de una Margarita

Capitulo 30

El trayecto en carruaje transcurrió envuelto en un silencio espeso, casi irreal. El traqueteo de las ruedas sobre el empedrado era lo único que rompía aquella quietud incómoda, como un recordatorio constante de que el mundo seguía avanzando, aunque para Barbara, todo pareciera haberse detenido. Miraba sin ver el interior del carruaje, las sombras que se deslizaban por las paredes, sus propias manos entrelazadas con demasiada fuerza. Todo le parecía un sueño, uno del que esperaba despertar en cualquier momento. No se sentía real. No sentía real la discusión, ni la frialdad de su padre, ni la forma en que le había dado la espalda… ni mucho menos que la hubiera expulsado de su hogar. Apretó los labios, obligándose a contener las ganas de llorar. No lo haría. No ahora. No después de todo. Tenía que ser fuerte, demostrar que no se había equivocado, que había elegido ese camino con plena conciencia. Sabía que lo que venía sería duro, quizá cruel, pero estaba dispuesta a soportarlo si a cambio podía aferrarse a un solo instante de felicidad auténtica. Conocía los riesgos, había aceptado las consecuencias… entonces, ¿por qué su cuerpo no dejaba de temblar?

A su lado, Liam la observaba de reojo, sin atreverse a romper el silencio. Sabía que Barbara estaba intentando ocultarlo, pero la sentía destrozada. Él mismo lo estaba. Jamás pensó que el marqués llegaría tan lejos. Había esperado una reprimenda, una furia contenida, no aquel rechazo absoluto, aquella expulsión fría y calculada. Tal vez había sido ingenuo al esperar lo mejor, al no prepararse para lo peor. Ahora ya no había tiempo para lamentaciones. Apenas habían cruzado el umbral de la tormenta; lo que seguía sería aún más difícil. Dar la noticia a sus propios padres. Pensar en el futuro. Y, sobre todo, preguntarse si Barbara podría soportarlo todo. Fue Margery quien rompió el silencio de pronto, incapaz de soportarlo más.

—¿Y ahora qué? —preguntó, mirando de uno a otro—. ¿Tenemos algún lugar donde quedarnos o acabaremos en una posada?

La pregunta sacudió a Barbara como un balde de agua fría. Era verdad. Su padre la había echado de casa. No tenía adónde ir. La idea, dicha en voz alta, le oprimió el pecho. Liam soltó una breve risa, más seca que divertida.

—Vaya imagen debes de tener de mí, Margery —ironizo—. Si crees que soy un vagabundo con uniforme.

—No me atrevería a decirlo —dijo en su defensa—. Así que, ¿qué haremos?

—Vamos a mi casa de Londres.

Barbara lo miró, sorprendida.

—¿Creí que vivías en Gales?

—Vivo en Gales —asintió él—. O, mejor dicho, viví casi toda mi vida allí. Mi madre detesta Londres: dice que el clima, siempre nublado y húmedo, le deprime el ánimo y hasta el cuerpo. Así que nos mudamos a Gales desde que yo tenía cuatro años, ni siquiera mi padre se atrevió a contrariarla. Nací en Londres, pero crecí allá, igual que Sirius. Aun así, conservamos la casa principal aquí. Solo mantenemos al personal esencial para que no se deteriore. La usamos cuando mi madre se aburre del campo o cuando hay eventos importantes a los que no puede negarse.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—No es una casa llena de vida ahora mismo —le advirtió—. Puede que falten cosas… pero conforme nos adaptemos, contrataremos más personal.

—Será suficiente —lo interrumpió Barbara con suavidad, alzando por fin la mirada—. No tiene que ser ostentoso. Solo… solo tiene que ser nuestro hogar.

Liam asintió, y Margery hizo lo mismo. El carruaje volvió a llenarse de silencio, uno distinto, más pesado aún. Los dos se sentían culpables, Barbara por haber arrastrado a Liam a ese conflicto, Liam por haberla puesto en una situación que la había enfrentado a su familia. Margery, percibiéndolo, dio una palmada fuerte que los hizo sobresaltarse.

—¡Basta! —exclamó—. Lo hecho, hecho está. No sirve de nada lamentarnos ahora. Los tres sabíamos perfectamente en qué nos metíamos. Sabíamos que podíamos ganar o perder… y esta vez nos tocó perder.

Los miró con determinación.

—Así que lo importante ahora no es lo que ya pasó, sino cuál será nuestro siguiente paso.

—Tiene razón Margery —concordó Liam—. Lo primero será instalarnos, todavía tenemos tres días…

—En tres días no podemos planear una boda —replico Barbara realista—. ¿Qué haremos?

—Es verdad, por eso debemos prepararnos para lo peor no sabemos que hará cuando se entere de las buenas noticias dudo que nos mande una cesta de felicitaciones —respondió serio—. Mandaré a uno de mis sirvientes para recoger a Blacky —miro a Margery—. Puedes ir con él, seguramente garantizará tu seguridad, para que puedas ver a tu tía Hester… ¿Por qué no la traes?

Margery le miro sorprendida.

—¿Traer a mi tía?

—Necesitaremos una cocinera, me gusta el estofado que preparo tu tía el otro día —respondió tranquilo—. Y ya que estamos cortos de personal será mejor.

—Gracias Mr. Howells—dijo emocionada—. En verdad lo aprecio.

—Sabes que cuando solo estemos nosotros tres podemos llamarnos por nuestros nombres —le recordó—. Después de todo ¿somos una familia? ¿no?

Barbara asintió conmovida intentando no llorar, Liam era el verdadero apoyo que necesitaba.

Barbara había imaginado muchas cosas durante el trayecto, pero ninguna se parecía a aquello. El carruaje se desvió del bullicio del centro de Londres y avanzó por un camino más silencioso, flanqueado por árboles altos y setos cuidadosamente recortados. El aire parecía distinto allí, más limpio, más contenido. Cuando finalmente el carruaje se detuvo y el cochero anunció la llegada, Barbara alzó la mirada… y se quedó sin aliento. Ante ellos se erguía una mansión que no tenía nada de modesta. Construida en sólida piedra color miel, la casa parecía asentada con la seguridad de algo que había sobrevivido generaciones. La fachada era amplia y simétrica, coronada por un tejado inclinado de pizarra oscura del que emergían altas chimeneas de piedra, elegantes y firmes, como centinelas silenciosos. Las ventanas, enmarcadas por molduras sobrias pero refinadas, reflejaban la luz del cielo londinense, mientras enredaderas verdes trepaban con naturalidad por parte de los muros, suavizando la severidad de la construcción. Un portón de hierro forjado, ornamentado con delicados remolinos, se abría hacia un camino de grava perfectamente barrido que conducía a la entrada principal. A ambos lados, faroles de piedra custodiaban el acceso, y más allá se extendían jardines cuidados con esmero: arbustos recortados en formas geométricas, macizos de flores rosadas y lilas que aportaban color y vida, y árboles estratégicamente colocados que otorgaban privacidad sin encerrar el lugar. Margery fue la primera en reaccionar, llevándose una mano al pecho.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 06.06.2026

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