El salón de té era amplio y luminoso, bañado por la luz que se filtraba a través de altos ventanales cubiertos por cortinas azul grisáceo, pesadas y elegantes, recogidas con borlas de seda. Un gran candelabro de cristal pendía del techo, atrapando la luz y descomponiéndola en destellos suaves que caían sobre el mármol claro del suelo. Los muebles —butacas, mesas auxiliares y sillas— estaban dispuestos con precisión, tapizados en tonos pálidos que armonizaban con las paredes decoradas con molduras finas y papel adamascado. Cerca de uno de los muros descansaba un piano de cola, oscuro y pulido, como si aguardara pacientemente a que alguien volviera a darle vida. Frente a la chimenea de mármol claro, un conjunto de sillones formaba un pequeño círculo íntimo, pensado para conversaciones tranquilas, para confidencias al abrigo del fuego en las noches frías de Londres. Sobre una mesa redonda, un arreglo floral en tonos lavanda, azul y verde aportaba un contraste delicado y vivo al conjunto.
Sin embargo, lo que más capturó la atención de Barbara fue el gran retrato familiar que dominaba la pared principal, justo sobre la chimenea. Al alzar la mirada, el corazón le dio un vuelco. Reconoció de inmediato esos ojos verdes, intensos incluso desde el lienzo, y aquel cabello castaño cuidadosamente peinado: era Liam, más joven, pero inconfundible. A su lado se erguía su padre, imponente, vestido con uniforme militar, los mismos rasgos marcados que Liam poseía ahora, solo que más severos, más grandes, como tallados por años de disciplina y mando. La postura recta, la mandíbula firme, la mirada que no admitía réplicas. Al otro lado del retrato, la madre de Liam completaba la escena: una mujer de cabello rubio, recogido con elegancia, y unos ojos verde grisáceos de una belleza suave pero penetrante. Había en su expresión una calma refinada, una dignidad serena que contrastaba con la rigidez marcial del esposo y la intensidad contenida del hijo. Barbara tragó saliva.
Aquel cuadro no solo hablaba de una familia; hablaba de un legado, de expectativas, de un apellido que pesaba tanto como el suyo propio. Por primera vez desde que había cruzado las puertas de la mansión, comprendió con absoluta claridad que ahora ella también formaba parte de esa historia. Sin darse cuenta, apretó un poco más la taza entre sus manos. Liam, percibiendo su tensión, inclinó ligeramente la cabeza hacia ella, su presencia silenciosa pero firme, como un ancla. Margery dio un paso imperceptible hacia adelante, reafirmando su lugar detrás de Barbara, recordándole que no estaba sola. Aun así, el nerviosismo seguía ahí, latiendo bajo la seda y el encaje.
El tintinear suave de la porcelana rompió el silencio contenido del salón cuando el mayordomo y la ama de llaves se acercaron personalmente a la mesa baja para servirles. Reginald sostuvo la tetera con manos expertas, inclinándola con precisión para llenar las tazas; Matilda acomodó con cuidado los bocadillos sobre una bandeja de plata: pequeños pastelillos, panecillos delicados y dulces finamente glaseados. El gesto, más que un deber, parecía una declaración silenciosa de respeto… aunque ambos se mostraban visiblemente tensos.
—Gracias —dijo Liam con naturalidad—. Es bueno verlos de nuevo.
Reginald fue el primero en atreverse a hablar. Su voz, profunda y medida, llevaba una emoción contenida.
—Me alegra saber que ha decidido regresar a Londres, Mr. Howells, la casa… —miró brevemente a su alrededor— no había sido la misma sin usted.
Matilda asintió con una sonrisa emocionada, aunque húmeda en los ojos.
—Apenas fueron un par de ocasiones en que tuvimos el privilegio de verlo estos últimos años —añadió—. Cuesta creer que aquel niño al que vi correr por estos pasillos… ahora sea todo un hombre.
Liam sonrió apenas, con una mezcla de nostalgia y gratitud. Reginald carraspeó antes de continuar:
—Debo confesar, mi Sir, que nos sorprendió no recibir invitación alguna para su boda… —hizo una breve pausa, luego inclinó la cabeza hacia Barbara—. Aun así, permítanos felicitarles a ambos y darle la bienvenida a la casa, Mrs. Howells.
Barbara alzó la mirada, sorprendida, y respondió con una inclinación contenida de cabeza.
—Gracias.
Liam tomó aire. Su expresión cambió; ya no era el joven distendido del viaje, sino el hombre que había aprendido a tomar decisiones en medio del caos.
—Voy a hablar con franqueza —dijo con calma—. Nos casamos en secreto. Por eso no recibieron invitaciones… y por eso mi madre tampoco estuvo presente.
El efecto fue inmediato. Barbara sintió que el té se le iba por el camino equivocado y tuvo que llevar la taza a los labios con rapidez para disimular el sobresalto. Reginald y Matilda palidecieron al unísono, mirándose incrédulos, y luego —casi de forma instintiva— sus miradas recayeron sobre Barbara. Reginald fue el primero en recuperar la voz.
—¿Mr. Howells… su padre tampoco está enterado?
—No —confirmó Liam sin rodeos.
Matilda dio un paso atrás, llevándose una mano al pecho.
—Mi señora no soportará esta noticia… —susurró, conmocionada.
—No se preocupen —respondió Liam con serenidad—. Celebraremos una boda en Londres. Estoy seguro de que eso la tranquilizará.
Ambos suspiraron, aliviados… aunque solo a medias.
—¿Ya… ya tiene fijada una fecha, mi señor? —preguntó Matilda, aún temblorosa.