La Belleza de una Margarita

Capitulo 32

Barbara sostenía la taza de té con ambas manos, aunque el líquido ya se había enfriado. Sentía la mirada clavada en ella, constante, escrutadora, incluso cuando llevaba la porcelana a los labios. Alzó los ojos solo un instante y volvió a bajarlos de inmediato: la mujer de cabellos rubios seguía observándola, sin disimulo, con una calma que resultaba casi más intimidante que la severidad abierta. Fue entonces cuando Barbara recordó cómo habían llegado a ese punto. Después de la partida de Sirius, la casa había conocido un breve y engañoso sosiego. Margery se marchó a Chagford acompañada de un sirviente; solo podían esperar su regreso. Durante esos días, Barbara apenas vio a Liam: coincidían a la hora de la cena, intercambiaban palabras medidas, y él siempre mencionaba —con esa serenidad que lo caracterizaba— que debía atender ciertos detalles de la boda. Ella no lo cuestionó. Asintió, dócil, pensando que, por supuesto, estaría ocupado. Agradeció, incluso, la distancia: le permitía ordenar sus pensamientos. La paz duró poco. Una mañana fue despertada por voces elevadas en la planta baja, gritos que exigían la presencia inmediata de Liam. Barbara supo, incluso antes de confirmarlo, que sus padres habían llegado. Minutos después, Margery irrumpió en la habitación, agitada, el rostro pálido.

—Han llegado —dijo sin rodeos—. Tus suegros. Debes cambiarte. Ahora.

Y ahora estaba allí. Frente a ella se encontraba Mrs. Chloe Howells, la madre de Liam. Era una mujer de piel clara y cuidada, de ese tono marfil que hablaba de años protegidos del sol y de una vida acomodada. Su cabello rubio, salpicado apenas por reflejos más claros, caía en ondas suaves hasta los hombros, perfectamente arreglado sin parecer rígido. Sus ojos, de un verde grisáceo luminoso, eran atentos y penetrantes; no había dureza en ellos, pero sí una inteligencia alerta, acostumbrada a medir antes de juzgar. Sonreía con los labios —bien delineados, de un rosa natural—, una sonrisa educada, controlada, que no terminaba de llegar a los ojos. Su rostro, de facciones finas y equilibradas, tenía pómulos suaves y una mandíbula delicada que le otorgaban un aire afable, aunque firme. Vestía un traje elegante en tonos sobrios: un vestido de tela fina, perfectamente entallado, acompañado de un chal ligero sobre los hombros y joyas discretas, pero de evidente valor, elegidas con el mismo cuidado con el que observaba a Barbara. Mrs. Howells bebió un sorbo de su té sin apartar la mirada. Barbara tragó saliva. No sabía si aquella mujer estaba evaluando su porte, su respiración nerviosa, o si ya estaba intentando leer, en cada uno de sus gestos, la historia que Liam aún no había terminado de contarle. Barbara tampoco apartada la mirada de su rostro, las dos se estudiaban mutuamente, sonreía educadamente, había cuidado cada uno de sus movimientos demostrando lo elegante que eran, cuidando sus modales, para demostrarle que después de todo no venía por la riqueza de su único hijo. No sabía si debía de hablar primero, podía verlo como una provocación, esperaría a que ella iniciará la conversación.

—Así tu eres la mujer con la que el idiota de mi hijo se caso —pronunció molesta, intentando guardar la compostura—. Dime ¿Qué mentiras le dijiste para accediera a casarse contigo?

Si Liam y su padre no estaban acompañándolos en este salón significaba que ambos estaban hablando por privado, cada uno estaba librando su propia batalla, no le fallaría a Liam. Seguramente Mrs. Chloe Howells se ofreció a hablar con ella en privado para evaluarla en persona y después seguramente su esposo se le uniría a la conversación.

—Nos amamos —dijo sincera—. Le aseguro que no tengo ninguna intención oculta con su hijo…

—El tonto está enamorado de ti —murmuró comprensiva—. ¡Que desastre! —su expresión era sombría al verla—. Dime ¿de quién es el hijo que esperas?

—Disculpe —respondió confundida—. No sé de que habla.

—Vamos por favor estamos solo tu y yo —dijo franca—. Es una platica entre mujeres, así que se sincera, dime ¿es algún noble o un plebeyo? —medito sus palabras—. Supongo que debe de ser de un plebeyo, si fuera un noble, tu padre hubiera podido arreglar esa situación conociendo su posición.

—Así que sabe que soy la hija del marqués de Northampton.

—¿Creíste que vendría sin saber nada? —inquirió seria—. Eres la mayor de sus tres hijas, conocida ante la sociedad por ser la más sensata y calmada de sus hijas problemáticas —la miro confundida—. Así que me sorprende que siendo la más razonable, hayas cometido algo completamente irracionable.

—Mi padre nunca hubiera apoyado que me casará con Liam por nuestros diferentes rangos sociales —le explico—. No teníamos otra opción…

—¿Quieres que crea que una noble se enamoró de alguien como Liam? —ironizo—. Cariño conozco a las damas nobles como tú, jamás voltearía a ver a alguien que sea inferior a su rango… al menos que haya cometido algún desliz e intenten cubrirlo aprovechándose de la bondad idiota de mi tonto hijo.

—Le aseguro que soy tan pura como cualquier otra dama noble —le aseguro—. Yo amo a Liam, y no deseaba casarme con alguien más que no fuera él.

Chloe se rio, comenzando a molestar a Barbara, pero lo oculto fácilmente con una sonrisa amable.

—Esa no es la mirada ni la voz de alguien enamorada —la contradijo—. Así que dime ¿Qué es lo que quieres?

—Quiero a Liam —dijo determinada—. No pediré nada más que a él.

—Eres audaz —le reconoció—. Pero eres una idiota si crees que dejaré que se aprovechen de la tonta bondad de mi hijo.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 06.06.2026

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