Durante los días que siguieron a aquel primer y tenso encuentro, Barbara comprendió que, aunque los Howells no aprobaban su matrimonio, al menos habían decidido no oponerse de manera abierta. No hubo más reproches directos ni confrontaciones explícitas. Sin embargo, las miradas de desaprobación —especialmente las de Chloe— persistían, frías y constantes, como un recordatorio silencioso de que su presencia aún no era del todo bienvenida. Barbara aprendió a convivir con ellas. Al principio le dolían, le oprimían el pecho y le recordaban cada error cometido. Con el paso del tiempo, comenzaron a perder fuerza. No desaparecieron, pero dejó de temerlas. Había aceptado que aquel sería el precio de su decisión. Por consejo tácito de todos, lo más prudente era no exponerse. Salir al público, dejarse ver viviendo bajo el mismo techo que Liam antes de la boda celebrada en Londres, solo alimentaría rumores innecesarios. La sociedad era rápida para observar y aún más veloz para juzgar. Hasta que la boda no se celebrara oficialmente, Barbara permanecía resguardada entre aquellas paredes, evitando visitas, paseos y cualquier tipo de aparición social.
Mientras tanto, las noticias de su familia llegaban a cuentagotas, siempre a través de Sirius. Las cartas de Davina y Catherine eran su único consuelo. En ellas le contaban que su padre seguía negándose a verla, que se refería a ella como si ya no fuera su hija, como si hubiera borrado su nombre de la familia. Aun así, le pedían que no perdiera la esperanza: la tía Sherlyn estaba en camino, y ambas confiaban en que ella sería capaz de hacerlo entrar en razón, como tantas otras veces en el pasado. También le aseguraban que, para cualquier cosa que necesitara, podía comunicarse con ellas por medio de Sirius. Barbara, al entregarle la última carta para que la devolviera con respuesta, se disculpó en voz baja.
—Lamento que mis hermanas te usen como mensajero —dijo, con genuina culpa—. No es justo para ti.
Sirius restó importancia al asunto con una leve sonrisa.
—No es ninguna molestia —respondió—. Haría cualquier cosa si eso ayuda a Davina a sentirse mejor. —Luego añadió, con honestidad despreocupada—. Además, debo admitir que me siento algo más tranquilo. Ahora solo falta que Catherine se case… y entonces, por fin, podré hacerlo yo.
Barbara no pudo evitar sonreír. No podía culparlo por sentirse así. El amor que había entre él y Davina era evidente, poco común incluso en los círculos en los que se movían. Era el tipo de afecto que no necesitaba fingirse ni esconderse, y Barbara se alegraba sinceramente por ambos. Las semanas pasaron con una calma engañosa. Barbara dedicó cada día a la planificación de la boda, refugiándose en los detalles como si en ellos pudiera encontrar orden y control. Margery estuvo a su lado en todo momento, firme y protectora. Matilda se ocupó de la logística doméstica y de coordinar con el personal, siempre eficiente, siempre práctica. Y, contra todo pronóstico, Chloe también terminó por involucrarse. No lo hizo con entusiasmo, ni con palabras amables, pero accedió.
—Al menos —dijo con tono resignado— debemos preservar la dignidad de esta familia.
Barbara aceptó aquella ayuda como lo que era: una tregua. Entre telas, listas, horarios y visitas discretas, el tiempo avanzaba. La boda se acercaba inexorablemente. Y aunque el futuro seguía siendo incierto, Barbara comenzaba a comprender algo fundamental: Había elegido su camino y no había tiempo para remordimientos. Sabía su tía Sherlyn llegaría a verla, lo sabía, y cuando finalmente su visita llegó sin anuncio previo, fue un golpe suave en la puerta principal, casi tímido. Barbara, que se encontraba cerca del vestíbulo, alzó la vista por simple curiosidad… y el mundo se le detuvo. Allí estaba ella. Su tía Sherlyn. De pie, con el abrigo aún puesto, el viaje marcado en el rostro, pero los ojos firmes y cálidos de siempre. Preguntaba con educación si podía hablar con los señores de la casa, como si no supiera que aquella casa era ahora el refugio forzado de su sobrina. Los ojos de Barbara se cristalizaron al instante. Había creído —de verdad lo había creído— que estaba manejando bien sus emociones. Que el dolor no era tan profundo. Que podía sostenerse erguida, fuerte, sin derrumbarse. Pero ver a su tía fue suficiente para que todo se rompiera.
—Tía… —susurró, con la voz quebrándose.
No esperó respuesta. Caminó hacia ella con pasos inseguros y, en cuanto estuvo lo bastante cerca, se lanzó a sus brazos, rompiendo en llanto como no lo había hecho desde que salió de casa. Un llanto silencioso al principio, contenido… y luego incontenible. Sherlyn la abrazó con firmeza, rodeándola con ambos brazos como si quisiera protegerla del mundo entero. Sonrió con una ternura infinita y comenzó a darle palmaditas suaves en la espalda.
—Ya… ya estoy aquí —dijo con voz calmada—. Todo va a estar bien, cariño. Ya llegué.
Y fue entonces cuando Barbara sintió cómo algo se liberaba en su pecho. Un peso que había cargado sola. Un nudo que llevaba semanas apretándole el corazón. Un dolor que había enterrado tan hondo que creyó que no existía. Solo Dios sabía cuánto había necesitado ese abrazo. Barbara sollozó contra su hombro, aferrándose a ella como si temiera que, si la soltaba, volvería a perderla. Había pensado que estaba bien… pero ese abrazo bastó para derribar todas sus defensas y dejar salir, al fin, todo lo que había estado ocultando en el fondo de su corazón. Más tarde, ya en la sala de té, Barbara permanecía sentada junto a su tía, todavía con los ojos enrojecidos. Sherlyn no la soltaba del todo, manteniendo una mano firme sobre la suya. Margery, de pie frente a ellas, fue quien tomó la palabra. Con voz clara pero cargada de emoción, explicó toda la situación, esta vez desde el punto de vista de Barbara. Habló del viaje, de Joel, de la extorsión, del miedo, del matrimonio precipitado, del rechazo del marqués… de todo. Cuando terminó, el silencio cayó pesado sobre la sala. La tía Sherlyn fue la primera en romperlo.