La Belleza de una Margarita

Capitulo 34

El carruaje se detuvo con un suave crujido de ruedas y cuero. Barbara fue la primera en percibir el olor del agua, distinto al del río abierto: más limpio, más quieto, mezclado con madera húmeda, sal y brea. Al bajar, el murmullo lejano de Londres pareció desvanecerse, como si la ciudad hubiese quedado al otro lado de un velo invisible. Faroles de hierro forjado, aún encendidos pese a la claridad creciente del amanecer, se reflejaban sobre la superficie tranquila del muelle. Las aguas dormidas formaban un espejo oscuro donde se dibujaban los mástiles, las cuerdas tensas y las siluetas elegantes de los yates atracados. No había gritos, ni comerciantes, ni el caos habitual de otros puertos; solo pasos contenidos, el roce del viento y el suave golpe del agua contra la piedra. Barbara apretó instintivamente la capa azul alrededor de sus hombros.

—Es… distinto —murmuró, casi temiendo alzar la voz.

Liam descendió del carruaje y le ofreció la mano, como siempre, firme y segura. Sus ojos verdes brillaban con una calma extraña, distinta a la del uniforme o la del deber; era una calma íntima, reservada solo para ella.

—Lo es —respondió, guiándola unos pasos más adelante—. Estamos en St Katherine Docks.

Barbara alzó la mirada, observando con más atención: los edificios de ladrillo claro que rodeaban el muelle, las pasarelas silenciosas, los barcos privados alineados con una discreción casi solemne.

—Es uno de los muelles más exclusivos de Londres —continuó Liam, bajando la voz—. Está lo bastante cerca del río para pertenecer a él… pero lo bastante apartado de la ciudad para que el mundo no nos alcance aquí.

Ella sonrió con suavidad.

—Se siente como si Londres no existiera.

—Exactamente —dijo él—. Por eso lo elegí, aquí es… más íntimo.

Caminaron despacio por el muelle de piedra. Los tablones de madera crujían bajo sus pasos, y cada barco parecía guardar su propio silencio respetuoso. Barbara notó cómo su corazón latía con más fuerza, no por miedo, sino por una expectación que no lograba nombrar.

—Liam… —comenzó—, dijiste que era una sorpresa.

Él se detuvo.

—Lo es —dijo sonriente—. Es mi regalo de bodas para ti.

Barbara se detuvo suavemente mirándolo bajo la luz suave de la luna que lo iluminaba, las estrellas danzaban encima de ellos en el cielo nocturno eterno que se alzaba sobre ellos y sin darse cuenta comenzó a admirar todo de él. Admiro primero de él su cabello castaño claro, cuidadosamente peinado; no era rígido ni severo, sino suave, como si el viento del río pudiera desordenarlo con solo atreverse. Después comenzaron a admirar sus hermosos ojos verdes, profundos y serenos, parecían aún más claros a esa hora, reflejando el agua quieta del muelle, como si el mar —ese mismo que lo reclamaba— habitara en ellos. Pero fue su vestimenta lo que terminó de robarle el aliento. Admiro su piel blanca con matices bronceados como si símbolo de su piel fue besada por los rayos del sol, que se reflejaban los rayos tenues de la luna. Admiro sus labios rosados, aquella sonrisa que cada vez que sonreía se le formaban pequeños hoyuelos. Admiro su nariz redonda que fruncia cuando tenía sus alergias. Posteriormente comenzó a admirar incluso su ropa.

Llevaba un frac largo azul marino, impecablemente entallado, cuya caída elegante marcaba sus hombros y alargaba su silueta. El tejido oscuro estaba adornado con bordados finos en hilo plateado, delicados y precisos, recorriendo el frente y los puños con motivos florales y curvas sobrias, propias de un gusto refinado y contenido. Bajo el frac, asomaba un chaleco a rayas finas, perfectamente ajustado, que contrastaba con la blancura de la camisa, rematada en el cuello por un corbatín claro, anudado con esmero. Los pantalones a juego, del mismo azul profundo, caían rectos, sin una arruga, completando una imagen que parecía arrancada de un retrato antiguo… o de un cuento. Un caballero. Su caballero. Barbara sintió cómo su corazón se aceleraba, sin permiso, sin advertencia. No podía dejar de mirarlo. Cuanto más lo observaba, más clara se volvía una verdad que ya no podía seguir ocultándose: estaba profundamente enamorada de él.

La pasarela de madera crujió suavemente bajo sus pasos cuando llegaron hasta el extremo del muelle. El olor salino del Támesis se mezclaba con la humedad nocturna, y las luces de los faroles se reflejaban en el agua oscura como hilos de oro tembloroso. Allí, amarrada con una elegancia silenciosa, la esperaba la goleta. Era un velero esbelto, de líneas largas y armoniosas, como si hubiese sido dibujado por el viento mismo. Su casco, pintado en un tono marfil envejecido por la sal, brillaba con discreción bajo la luz nocturna, y la madera barnizada de la borda conservaba aún el calor de los días soleados. Dos mástiles se alzaban firmes hacia el cielo, sosteniendo las velas plegadas con pulcritud, blancas y limpias, dormidas por ahora, como alas esperando ser abiertas. Las jarcias, tensas y ordenadas, parecían venas vivas recorriendo el cuerpo del barco, y en la proa, tallada con delicadeza, una figura sencilla pero elegante parecía vigilar el río con paciencia eterna. Barbara se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron cada detalle, incapaces de comprender del todo lo que estaba viendo. El murmullo del agua contra el casco, el leve balanceo de la goleta, todo parecía irreal. Lentamente, giró el rostro hacia Liam, todavía incrédula.

—¿Liam…? —susurró, como si al hablar en voz alta el barco pudiera desvanecerse—. ¿Qué es esto…?



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 06.06.2026

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