Liam la bajó con cuidado, como si temiera que el momento pudiera romperse si se movían con brusquedad. Cuando los pies de Barbara tocaron la madera del muelle, ninguno de los dos se apartó. El aire parecía haberse vuelto más denso, cargado de una intimidad silenciosa que los envolvía por completo. Se miraron sin decir nada, como si las palabras fueran innecesarias. Liam tomó suavemente la mano de Barbara.
—Ahora que tu barco ha sido nombrado oficialmente… —dijo con una sonrisa baja— ya podemos entrar.
Ella ladeó el rostro, curiosa.
—¿Piensas enseñarme a navegarlo?
—Necesitarás más ayuda que solo la mía —admitió—, pero te prometo que te enseñaré a navegar tu barca.
Barbara apretó un poco sus dedos.
—Entonces es una promesa.
Liam hizo una ligera reverencia, solemne, y besó el dorso de su mano sin apartar los ojos de los suyos.
—Una promesa de un caballero.
El rubor subió de inmediato a las mejillas de Barbara. Sin darse cuenta, ambos se apresuraron a subir a la cubierta de la popa, aún tomados de la mano. El ambiente íntimo los envolvía como un velo. Liam no la soltó en ningún momento, y al observarlo de perfil, con la luz reflejándose en su rostro, el corazón de Barbara se le volcó en el pecho.
—Nunca nadie se había esforzado tanto por darme un regalo así —murmuró conmovida.
—Soy tu marido —respondió él con naturalidad—. Cuidar de tus sueños es mi deber.
Barbara lo miró de reojo.
—¿Solo lo haces por eso?
Liam dudó un instante.
—Si soy honesto… no es solamente por eso.
Ella sonrió con suavidad.
—Siempre has sido honesto conmigo, Liam. Desde que nos conocimos nunca me mentiste. —Su voz bajó—. Pero yo sí te he mentido.
Él frunció el ceño, sorprendido.
—¿En qué?
Barbara respiró hondo.
—Acepté tu propuesta tan rápido porque era un escape para mí. Sabía que, al volver, mi padre me casaría lejos… —tragó saliva—. Si me casaba contigo, al menos me quedaba en Londres.
—Al menos te casarías con alguien que te agrada —completó él.
—Sí —admitió—. Y después me sentí culpable. Sabía que te estaba arrastrando al mismo barco que yo… uno que podía hundirse. Fui egoísta. Me aproveché de tu honor y de la situación que Joel creó para sacar lo que más me convenía.
Liam la observó en silencio, asimilando cada palabra.
—Supongo que pensaste que esquivé una bala cuando tu padre mencionó un matrimonio en Escocia —dijo al fin.
—Por un momento me sentí aliviada por haberme casado contigo —confesó—. Luego me arrepentí. Pensé que, cuando todo terminara, te daría el divorcio… sin importar las consecuencias para mí.
—Hay algo que ha cambiado —la interrumpió él con suavidad.
Barbara lo miró de frente.
—¿No estás enojado conmigo por haberte usado?
Liam sonrió, una sonrisa tranquila, segura.
—Si quieres usarme, puedes hacerlo una y otra vez.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—¿Por qué permitirías eso?
Liam se acercó, apoyando con cuidado una mano en su cintura.
—Porque soy completamente tuyo desde que nos casamos. Me he comprometido contigo para toda la vida. Úsame si lo deseas… con una sola condición.
—¿Cuál?
—Que nunca me deseches.
Barbara lo miró, intrigada, con el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Por qué dices todo esto?
Liam acortó aún más la distancia entre ellos.
—Porque ambos hemos sido un par de mentirosos.
Sus labios quedaron a apenas unos centímetros.
—¿Por qué deseabas casarte conmigo? —susurró ella.
—Porque me enamoré de ti.
Antes de que pudiera responder, Liam la besó. Fue un beso suave al inicio, casi tímido, como si ambos estuvieran comprobando que era real. Los labios se buscaron con cuidado, reconociéndose, hasta que el beso se profundizó. Liam la atrajo un poco más hacia él; Barbara respondió instintivamente, apoyando una mano en su pecho. El mundo pareció desaparecer a su alrededor. El beso se volvió más intenso, más sincero, cargado de todo lo que habían callado durante semanas: miedo, deseo, ternura, promesas no dichas. Cuando finalmente se separaron, apenas lo hicieron lo suficiente para respirar, con las frentes apoyadas y el corazón desbocado, sabiendo que, por primera vez, ya no había mentiras entre ellos.
—Prométeme que esta será la ultima mentira que nos diremos —le pidió Barbara—. Que después no habrá más mentiras entre nosotros.
Liam acaricio suavemente su cabello negro depositando un beso en su frente mientras tomaba suavemente su rostro entre sus manos.
—Lo prometo.