La Capilla del Savoy se alzaba ante Barbara con una sobriedad casi severa, como si su propia piedra hubiese aprendido a guardar secretos. La fachada era austera y antigua, construida con bloques de piedra gris, irregulares y gastados por los siglos. No había ornamentos ostentosos ni torres altísimas que reclamaran la atención del transeúnte. Solo una estructura compacta, de líneas sencillas, coronada por una pequeña torre cuadrada con una abertura estrecha donde colgaban las campanas, silenciosas a esa hora. Las ventanas eran mínimas, alargadas y estrechas, más parecidas a hendiduras que a vitrales visibles desde el exterior, como si la capilla hubiese sido concebida para proteger lo que ocurría dentro, no para exhibirlo. La puerta de acceso, oscura y contenida, parecía casi humilde frente a los edificios modernos que la rodeaban, recordando que aquel lugar pertenecía a otro tiempo, a otra lógica… a una Inglaterra más antigua y solemne. Barbara sintió cómo el nudo en su pecho se tensaba aún más.
Todos sus invitados ya estaban dentro, sentados en las bancas, aguardándola. Podía imaginarlos murmurando en voz baja, girando el rostro hacia la entrada cada vez que escuchaban un leve sonido. Sabía, con absoluta certeza, que Liam ya se encontraba frente al altar, erguido, inmóvil, acompañado por Sirius. De espaldas. Así debía ser. Era de mala educación —y de pésimo augurio— que el novio se girara para buscar a la novia, o que observase a los invitados. Liam debía permanecer mirando al frente, con la vista fija en el altar, esperando. Solo esperando. El pensamiento de él la atravesó con una dulzura inquietante. ¿Se sentirá igual de nervioso que yo? ¿Tendrá las manos sudorosas dentro de los guantes? ¿Le latirá el corazón tan rápido que tema que todos puedan oírlo? Todos la esperaban a ella. A Barbara. La novia siempre era la última en llegar.
Con cuidado, descendió del carruaje con la ayuda de Margery, que no se separó de su lado ni un instante. Su tía Sherlyn ya se había adelantado, dejándola sola en ese último momento, como debía ser. Como dictaba la tradición… y como exigía el coraje. Barbara respiró hondo, llenando sus pulmones de aire, tratando de aquietar el temblor que recorría su cuerpo desde los pies hasta la nuca. Luego, con pasos lentos y deliberados, comenzó a avanzar hacia la puerta de piedra. Barbara se detuvo apenas un instante al cruzar el pórtico de la capilla. Allí, bañadas por la luz suave de la mañana, la esperaban sus dos hermanas. Sus rostros se iluminaron en el mismo segundo en que la vieron, como si toda la tensión de las últimas semanas se hubiera desvanecido de golpe. No hubo palabras. No hicieron falta. Las tres avanzaron al mismo tiempo y se fundieron en un abrazo profundo, apretado, casi desesperado, de esos que dicen “estamos aquí, no te hemos abandonado”.
Barbara cerró los ojos, apoyando la frente en el hombro de una de ellas, respirando su perfume conocido, sintiendo por fin que algo dentro de su pecho volvía a acomodarse. Cuando se separaron apenas, las miró con detenimiento. Sus hermanas se habían puesto de acuerdo. Ambas vestían el mismo diseño, en un tono azul pálido, delicado como la porcelana antigua. Los vestidos caían en amplias faldas vaporosas, formadas por capas ligeras de tul que parecían flotar a cada movimiento. El corsé ajustado marcaba con elegancia la cintura, adornado con encajes finísimos que recorrían el torso y se repetían en los puños y el borde del escote. Sobre los hombros, un canesú de encaje translúcido se extendía con suavidad, decorado con pequeñas flores del mismo azul, casi plateadas bajo la luz. Cintas de raso, anudadas con cuidado en la cintura, caían en la parte frontal, aportando un aire romántico y perfectamente armonioso. Una de ellas sostenía un abanico de encaje blanco, delicado, más un gesto de elegancia que de necesidad, mientras la otra llevaba el cabello recogido con discreción, adornado apenas con pequeñas perlas que brillaban al moverse. Barbara sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. No solo habían venido. Habían venido juntas. Y lo habían hecho por ella.
—Estás preciosa —susurró Catherine, con la voz quebrada.
Barbara sonrió, temblorosa, y respondió en un hilo de voz:
—Gracias… por estar aquí.
—Sabes hermana que hubiéramos estado antes sino fuera por…papá —hablo Davina en voz baja—. Me temo hermana que sigue molesto contigo.
Barbara les sonríe intentando consolarlas, tomo las manos de ambas y les de una ligero apretón suave.
—No importa que padre intente separarnos —las consoló—. Nosotras siempre seremos hermanas y es algo que no puede cambiar.
Las tres hermanas volvieron a fundirse en un gran abrazo y por primera vez desde que había vuelto a Londres sentía que finalmente las cosas comenzaban a mejorar para ella.
—Sabía que Liam y tu terminarían juntos —comento Davina alegre—. Eres la novia más preciosa de todo Londres.
—Ya es hora hermana.
Barbara avanzó apenas unos pasos más… y entonces lo vio. Su padre la esperaba a la entrada de la iglesia. Lucía más cansado. Sus hombros, aunque aún rectos, parecían cargar un peso distinto; el tiempo —o quizá la decepción— había dejado una sombra sutil bajo sus ojos. Sin embargo, su expresión era la de siempre: neutra, impenetrable, esa máscara pulida que jamás permitía adivinar qué sentía o qué pensaba realmente. Al reconocerlo, el corazón de Barbara se detuvo en seco durante un par de segundos. Sus pies se anclaron al suelo sin que pudiera evitarlo. No había pasado tanto tiempo desde la última vez que se habían visto… y aun así, le pareció que habían transcurrido años. Años de silencios, de puertas cerradas, de palabras no dichas. Un mundo entero parecía haberse levantado entre ambos, invisible pero infranqueable. Su padre se giró al notar su presencia. Y nada cambió, no sabía si esa actitud indiferente era lo que realmente la entristecía o el simple hecho que, aunque su padre se encontraba presente, parecía tan distanciado, tan lejano a ella.