La Belleza de una Margarita

Capitulo 39

ADVERTENCIA: CAPITULO MAYOR PARA 18 AÑOS

La tarde se fue diluyendo sin que Barbara lo notara. El desayuno de bodas —que había comenzado con la formalidad debida— se había prolongado en risas, danzas y conversaciones animadas; las copas tintineaban, la música se alzaba y descendía, y por un instante todo pareció auténtico, ligero, casi sencillo. Había temido las miradas, los juicios velados, las palabras murmuradas; en su lugar, recibió elogios sinceros, sonrisas abiertas y un júbilo compartido que le aflojó el nudo del pecho. Cuando el último invitado se despidió y los pasillos del hotel quedaron en calma, la noche ya había caído sobre Londres. La condujeron entonces a la suite reservada para ellos. Al cruzar el umbral, Barbara contuvo el aliento. La estancia era amplia y solemne, pensada para acoger promesas y silencios: al centro dominaba un lecho con dosel, elevado sobre una tarima discreta, cuyas cortinas de seda pesada caían en pliegues suaves, color marfil con reflejos dorados. Sobre él, un cubrecama ricamente bordado y almohadones apilados invitaban al reposo, no al exceso. Un gran tapiz cubría la pared cercana, con escenas pastoriles en tonos apagados, y bajo los pies se extendía una alfombra persa de dibujos intrincados, tan espesa que amortiguaba cada paso.

A un costado, un diván tapizado en terciopelo oscuro y dos butacas de respaldo curvo formaban un pequeño círculo íntimo alrededor de una mesa baja, donde ardían velas altas en candelabros de bronce, proyectando sombras cálidas. Frente a los ventanales, cubiertos por cortinajes pesados con lambrequines, reposaba un tocador de madera pulida; su espejo, enmarcado con filigranas, devolvía la imagen de la habitación multiplicada en luz. Un escritorio discreto, con pluma y papel, ocupaba la esquina opuesta, como si la estancia recordara que incluso en la intimidad había lugar para la palabra escrita. Sobre sus cabezas, una araña de cristal descendía con gravedad, cada prisma capturando el resplandor de las lámparas y devolviéndolo en destellos suaves. Margery permaneció a su lado, diligente y silenciosa, ayudándola a desprenderse del peso del día: desató cintas, recogió telas, acomodó con cuidado cada prenda como si guardara un secreto. Barbara se sentía extrañamente ansiosa y serena a la vez, consciente de que aquel espacio —tan lujoso como sobrio— no imponía, sino que cobijaba. Cuando todo estuvo dispuesto, Margery le dedicó una última mirada cómplice y se retiró, cerrando la puerta con suavidad. La suite quedó en calma. El murmullo lejano del hotel se apagó, y en ese silencio elegante, Barbara comprendió que la noche no exigía nada: ofrecía, simplemente, un comienzo.

Margery trabajó con la delicadeza de quien conoce cada nervio del pudor ajeno. Primero desató, uno a uno, los lazos invisibles que sostenían el peso del día: retiró las copas que envolvían el busto de Barbara, aflojó el corsé con paciencia medida y fue guardando, en silencio reverente, los guantes, el velo y los pequeños broches que aún conservaban el aroma de la iglesia. Los zapatos fueron los últimos en abandonar sus pies; Margery los sostuvo un instante antes de dejarlos a un lado, como si también ellos merecieran descanso. El lavado fue breve y cuidadoso. Con la jofaina tibia, la esponja fina y el jabón de lavanda, limpió el rostro, el cuello, los brazos y el torso con movimientos suaves, circulares, hasta que la piel recuperó su calma. Luego deshizo el peinado: soltó las trenzas ocultas, liberó los rizos y cepilló el cabello una y otra vez hasta que cayó con su ondulación natural, oscura y brillante, sobre los hombros.

Por último, Margery la ayudó a ponerse el camisón. Era una prenda de una blancura lechosa, ligera como una exhalación. El cuerpo del camisón caía recto y fluido desde un escote delicado en forma de corazón suavemente insinuado, adornado con encaje fino que dibujaba flores diminutas. Sobre él, una bata etérea de gasa transparente envolvía los hombros y los brazos: mangas amplias, casi aladas, rematadas en puños de encaje que rozaban la muñeca con apenas un susurro. El borde inferior, también ribeteado en encaje, seguía el movimiento del paso con una gracia silenciosa. Barbara se miró un instante en el espejo. Despojada de la ceremonia y del peso del día, vestida solo de calma y lavanda, respiró por fin con la tranquilidad de quien ha llegado al final de una larga jornada. Margery sonrió, satisfecha, y apagó una de las lámparas, dejando que la noche hiciera el resto.

—Te ves hermosa —le susurro—. Liam no va a creer lo que tiene enfrente.

Barbara bajo la mirada avergonzada sintiendo que sus mejillas se prendían en un rojo no muy sutil.

—Siento que me va a estallar el corazón —le confeso—. ¿Es normal?

—Bueno mi lady es completamente normal —la calmo—. Es su primera noche compartiendo la cama juntos —Margery le dedico una sonrisa traviesa—. Solo deja que Liam te deje llevar…

—Ah largo.

Barbara le aventó la almohada más cercana que pudo tomar a Margery quien comenzó a alejarse entre risas hasta que la dejo a solas. Respiro profundamente intentando calmar sus nervios, no se veía tan mal, ¿en verdad lo harían? ¿Liam no se arrepentirá? Sabía que en cuanto Margery se marchaba le avisaría a Liam y él tendría que ingresar a la habitación. Se sentó nerviosa enfrente del tocador, mientras cerraba los ojos intentando calmarse, inhalando y exhalando profundamente. Sintió que por fin comenzaba a calmarse, sintiendo su corazón más relajado, cuando escucho como la puerta se abría y se cerraba lentamente, escucho como las pisadas gruesas comenzaban a acercarse a ella, hasta que tuvo que abrir por instinto los ojos observando delante de ella aquellos ojos verdes que tanto deseaba. Justo cuando lo tenía enfrente de ella podía notar que, durante todo el día, no había tenido un tiempo entre ellos, no uno verdadero y significativo, durante todo el día habían tenido que fingir sonrisas para otros, desde que comenzó la boda hasta para el desayuno que se llego a prolongar más de lo debido, teniendo que saludar y charlar con sus invitados. No había tenido un tiempo a solar para poder hablar íntimamente entre ellos hasta ahora.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 25.06.2026

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