Barbara despertó con una ligereza que no recordaba haber sentido en años, como si por fin hubiese dormido una siesta larguísima después de una vida entera de desvelo. Su cuerpo se sentía renovado, tibio, y no podía negarlo profundamente enamorado. La luz del amanecer comenzaba a filtrarse con timidez, colándose entre las cortinas y rozándole los párpados con una insistencia suave pero molesta. Se movió apenas, buscando refugio, y levantó la almohada para cubrirse el rostro con la intención decidida de volver a dormir. Fue entonces cuando sintió unos brazos rodearla, firmes y cálidos, atrayéndola con naturalidad hacia una fuente de calor que parecía envolverla por completo. Barbara se acomodó sin protestar, acercándose más, dejándose llevar por aquella presencia que le resultaba tan familiar como necesaria. Todo estaba en calma; era como si las preocupaciones que habían pesado sobre su corazón durante semanas se hubieran disuelto, dejando solo una sensación de bienestar profundo, casi dulce.
Durante unos segundos más se permitió flotar entre el sueño y la vigilia, hasta que la memoria comenzó a abrirse paso con suavidad. La noche anterior regresó a ella en destellos: la intimidad compartida, la cercanía sincera, la manera en que había sentido por primera vez que no estaba sola, que era deseada y cuidada. Un rubor cálido le subió a las mejillas. Oh, Dios… pensó, abriendo los ojos de golpe. El techo blanco apareció ante ella, inmóvil, real. Intentó incorporarse, como si el movimiento pudiera ordenar sus pensamientos, pero apenas se movió cuando escuchó una voz grave y aún somnolienta a su espalda, tan cercana que le estremeció el pecho.
—Mi amor… —murmuró Liam somnoliento—. deja de moverte.
Barbara se quedó quieta, el corazón acelerado, consciente por primera vez de la certeza que aquella simple frase encerraba. No era un sueño. No había huido de la realidad. Estaba justo donde debía estar. El corazón de Barbara comenzó a latir con una rapidez que la descolocó. Un calor suave, insistente, se extendió por todo su cuerpo, y la claridad que antes le había sido negada por el sueño se impuso de golpe, trayéndole recuerdos nítidos, imposibles de ignorar. Los besos sobre su piel, las caricias que habían recorrido cada rincón de su cuerpo con una devoción que la había desarmado, el calor compartido, el sudor entremezclado como si ambos hubieran olvidado el mundo más allá de aquel cuarto. Se sonrojó de inmediato, avergonzada de la viveza de esos pensamientos. Tuvo que llegar la mañana siguiente para que toda la vergüenza y el pudor —que la noche anterior habían desaparecido— regresaran con el doble de fuerza. ¿Cómo había sido capaz de hacer eso?
Intentó tranquilizarse. Estaba bien. Estaban casados. Eran marido y mujer. A los ojos de Dios, aquello era lícito. Y, aun así, su educación, tan estricta y cuidadosa, se alzaba dentro de ella como un juez severo. Pensó en sermones, en advertencias, en palabras que hablaban de contención y sacrificio, y el miedo comenzó a apretar su pecho. ¿Y si había cruzado un límite? ¿Y si ahora era juzgada por ello? ¿En qué problemas podría meter a Liam? Se aferró instintivamente a las sábanas de seda que cubrían su desnudez, como si aquel tejido delicado pudiera protegerla del torbellino de pensamientos. El pánico amenazaba con desbordarla. Todo lo que le habían enseñado, todo lo que había sido, parecía haberse desmoronado en una sola noche. Entonces lo miró.
Liam dormía a su lado con una serenidad que contrastaba con su propio desasosiego. Su cabello castaño, bañado por la luz dorada del amanecer, parecía casi rubio. Su piel, tersa y suave pese a la rudeza que delataba su vida en el mar, tenía una calma que la conmovió. Sus ojos estaban cerrados; las pestañas castañas, rizadas y delicadas, descansaban sobre sus mejillas. Sus labios, rosados y llenos, dibujaban una expresión tranquila, como si nada en el mundo pudiera perturbarlo. Barbara sintió cómo el nudo en su pecho comenzaba a aflojarse. ¿Cómo podía alguien lucir tan apacible, tan seguro, después de todo lo ocurrido? Una ternura inesperada la invadió. Deseó tocarlo, confirmar que era real, que seguía allí. Con cuidado, estiró la mano y apartó un mechón rebelde que caía sobre su frente. En ese instante, Liam abrió los ojos. Verdes, claros, cálidos. La miraban como siempre lo habían hecho: sin juicio, sin reproche, solo con una calma profunda y una cercanía que le devolvió el aliento. Y, al encontrarse con aquella mirada, Barbara sintió cómo su corazón, poco a poco, volvía a latir en paz.
—Buenos días, mi amor —la saludo con una voz somnolienta—. ¿Has podido dormir bien? ¿Te duele mucho su cuerpo?
Estaba tan ensimismada preocupándose por todos los recuerdos vergonzosos que había recordado de la noche anterior que había prestado poca atención a lo fatigado y adolorido que se sentía su cuerpo. Era como si cuerpo hubiera reaccionado a las palabras de Liam, comenzando a sentirse pesado, en verdad que no quería levantarse de su lado.
—Estoy bien —susurro fascinada—. Solo que algo avergonzada…yo aun no puedo creer lo que hicimos…anoche…
Barbara tuvo que desviar la mirada sintiéndose avergonzada sabiendo que sus mejillas estaría acaloradas. Lo que no esperaba era que Liam la abrazaría por completo pegándola a su cuerpo desnudo mientras enroscaba sus manos alrededor de su cintura y ocultaba su rostro en su cuello. Barbara dejo salir un suspiro sorprendida por su acción.
—Amor —se quejó—. ¿No deberíamos de levantarnos?
—No quiero —se negó—. Quiero permanecer así a tu lado, mi amada esposa.
Barbara se volteó para mirarlo fijamente a los ojos, no podía dejar de sonreír alegre, se mordió el labio inferior.