Barbara nunca había visto el mar. No de verdad. Lo había imaginado cientos de veces cuando era niña. En los libros de aventuras que leía escondida bajo las sábanas, el océano siempre aparecía inmenso, misterioso, capaz de conducir a los hombres hacia reinos desconocidos. Sin embargo, ninguna ilustración había logrado prepararla para contemplarlo con sus propios ojos. El barco de vapor avanzaba con tranquilidad, cortando las aguas con un ritmo constante mientras una ligera neblina matinal todavía descansaba sobre el horizonte. El cielo comenzaba a teñirse de tonos dorados, anunciando el amanecer, y el aire salado acariciaba suavemente el rostro de Barbara. No podía dormir. Había despertado mucho antes que el resto de los pasajeros, quizá por costumbre. Durante años Margery la había levantado antes de que saliera el sol para prepararla para bailes, visitas o desayunos de etiqueta. Incluso ahora, cuando nadie esperaba nada de ella, su cuerpo seguía obedeciendo aquel horario como si aún perteneciera a otra vida. Se envolvió mejor en el chal de lana que llevaba sobre los hombros y salió silenciosamente del camarote, procurando no despertar a Liam.
Los pasillos permanecían vacíos. Solo se escuchaba el golpeteo acompasado de la maquinaria del barco y el rumor incesante del agua chocando contra el casco. Barbara subió lentamente hasta la cubierta superior y, apenas puso un pie en ella, se detuvo. Frente a sus ojos se extendía un océano infinito. No había edificios que ocultaran el horizonte, ni carruajes recorriendo calles empedradas, ni salones de baile iluminados por enormes candelabros. No había madres presentando orgullosas a sus hijas ante la sociedad, ni caballeros aguardando pacientemente su turno para solicitar una danza. Solo existían el cielo y el mar. Barbara respiró profundamente. El aire tenía un aroma completamente distinto al de Londres; olía a sal, a viento, a libertad. Se acercó despacio hasta la barandilla de madera y apoyó ambas manos sobre ella, contemplando cómo las olas nacían y morían una tras otra sin prisa alguna. Le resultó curioso. Durante toda su vida había sentido que el tiempo corría detrás de ella. Debía aprender, debía comportarse, debía sonreír, debía bailar, debía aceptar visitas, debía encontrar un esposo, debía cuidar de Catherine, debía proteger a Davina, debía convertirse en el ejemplo que todos esperaban. Siempre había un "debía". Siempre existía alguien esperando algo de ella. Pero allí… el mar no esperaba nada. Simplemente existía.
Una ráfaga de viento deshizo algunos mechones de su cabello castaño. Barbara cerró los ojos y dejó que la brisa acariciara su rostro. Por primera vez en mucho tiempo sintió que podía respirar sin que nadie observara la forma en que lo hacía. Por primera vez no llevaba un corsé que le impidiera llenar por completo sus pulmones ni existía una institutriz corrigiendo su postura, una doncella acomodando su vestido o una madre de la alta sociedad juzgando cada uno de sus movimientos. Por primera vez... no era Lady Compton. No era la hermana mayor obligada a mantener unida a su familia. No era la joven más codiciada de aquella Temporada. No era la mujer que debía encontrar un esposo para abrirle el camino a Davina ni la hija que cargaba sobre sus hombros las expectativas de toda una familia. Allí, frente a la inmensidad del océano, sin salones de baile ni miradas inquisitivas, era únicamente Barbara. Sintió un nudo ascender lentamente por su garganta. Jamás se había detenido a pensar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que simplemente había sido ella misma. En algún punto del camino, entre temporadas, compromisos y responsabilidades, había olvidado quién era realmente.
—Sabía que te encontraría aquí —La voz grave de Liam rompió suavemente el silencio.
Barbara giró el rostro.
Él caminaba hacia ella con el cabello todavía algo despeinado por el sueño y una expresión tranquila que pocas veces mostraba delante de otras personas. Llevaba únicamente una chaqueta oscura sobre la camisa blanca, sin la rigurosidad del uniforme militar que tanto lo caracterizaba.
—¿Te desperté? —preguntó Barbara.
—Desperté y mi esposa ya no estaba a mi lado.
Ella sonrió con timidez.
—Lo siento.
—No lo sientas.
Liam se colocó a su lado, apoyándose también sobre la barandilla. Durante unos minutos ninguno dijo nada, ambos contemplaron el horizonte.
—Nunca había visto el mar —confesó Barbara casi en un susurro.
—¿Te decepcionó?
Ella negó lentamente.
—Todo lo contrario.
Sus ojos recorrieron la inmensidad azul.
—Siempre imaginé que sería grande... pero jamás pensé que fuera tan inmenso.
Liam sonrió.
—Da un poco de miedo la primera vez.
—Sí.
Barbara observó cómo el sol comenzaba a emerger lentamente entre las aguas.
—Pero también da paz.
El silencio volvió a instalarse entre ambos, no era incómodo, era de esos silencios que solo existen cuando dos personas ya no necesitan llenar cada instante con palabras.
—¿En qué piensas? —preguntó Liam.
Barbara tardó varios segundos en responder.
—En que... no sé qué hacer.
Él arqueó una ceja.
—¿Cómo que no sabes?
Barbara bajó la mirada hacia sus propias manos, acariciando distraídamente el borde de la barandilla. Permaneció unos segundos en silencio antes de hablar de nuevo, con una voz mucho más baja que la anterior.
—Toda mi vida alguien decidió por mí cuál sería mi siguiente paso —le confeso—. Primero fue mi institutriz, después mi padre, luego la Temporada, los pretendientes... y finalmente nuestra boda. Siempre había algo que hacer, alguien a quien complacer, alguien esperando algo de mí. Nunca tuve que preguntarme qué era lo que yo quería, porque mi vida ya estaba escrita por los demás. —Levantó lentamente la vista hacia el horizonte y dejó escapar una leve sonrisa melancólica—. Y ahora... por primera vez... no sé qué se supone que debo hacer.