La Belleza de una Margarita

Capitulo 43

El carruaje se detuvo frente a una de las entradas de Burlington Arcade, y Barbara descendió después de que el lacayo le ofreciera la mano para ayudarla a bajar. Durante unos segundos permaneció frente a aquel lugar observándolo con curiosidad, pues, aunque había escuchado hablar de él en numerosas ocasiones, nunca había tenido una razón para visitarlo. Burlington Arcade se encontraba en una de las zonas más elegantes de Londres, en Piccadilly, extendiéndose desde aquella concurrida calle hasta Burlington Gardens, en las inmediaciones de Mayfair. La galería había sido construida varias décadas atrás y se había convertido en uno de los lugares predilectos para realizar compras entre quienes podían permitirse acudir a establecimientos dedicados a artículos de lujo y de moda. A diferencia de las calles abiertas de Londres, donde los carruajes, vendedores y peatones se mezclaban constantemente entre el ruido y el bullicio de la ciudad, aquel lugar ofrecía un ambiente mucho más refinado. Era una galería cubierta, larga y elegante, formada por dos hileras de pequeños establecimientos enfrentados entre sí, protegidos bajo una estructura cuyo techo permitía que la luz natural se filtrara sobre el pasaje.

Desde sus primeros años, el lugar había sido conocido por sus tiendas de joyería, artículos de moda y objetos destinados a satisfacer los gustos de una clientela acomodada, convirtiéndose en un espacio frecuentado por damas y caballeros pertenecientes a las clases más privilegiadas de Londres. Barbara observó la entrada con cierta fascinación antes de volver la mirada hacia su suegra. Lady Chloe había insistido durante todo el trayecto en que aquella salida sería beneficiosa para ella. Según sus propias palabras, después de haberse convertido en la esposa de un teniente de la Marina Real necesitaba renovar buena parte de su guardarropa. Barbara había intentado convencerla de que no necesitaba tantas cosas, pero su suegra había rechazado cada una de sus objeciones con una tranquilidad que dejaba claro que aquella discusión estaba perdida desde el principio.

—No puedes pasar los próximos meses usando los mismos vestidos que llevabas durante la Temporada —le había dicho mientras abandonaban la residencia—. Además, un cambio de guardarropa podría hacerte sentir mejor.

Barbara no estaba completamente convencida de que unos cuantos vestidos pudieran solucionar la tristeza que llevaba dentro, pero tampoco quiso discutir con ella. Después de todo, Lady Chloe solo intentaba ayudarla y ella agradecía ese gesto, prefería mil veces salir de compras con ella a tenerla como su enemiga, así que se limitó a sonreír y seguirla hacia el interior de la galería. Apenas atravesaron la entrada, Barbara sintió que el ambiente cambiaba por completo. El ruido de Piccadilly quedó parcialmente atrás y fue sustituido por el murmullo de las conversaciones de quienes recorrían el pasaje, el suave sonido de los pasos sobre el pavimento y las voces de los comerciantes que atendían a sus clientes. La galería se extendía delante de ellas como un largo corredor elegante, flanqueado por escaparates cuidadosamente dispuestos. Las fachadas de los establecimientos se sucedían unas junto a otras, algunas con grandes ventanales que permitían observar las mercancías desde el exterior y otras con escaparates más discretos, detrás de los cuales podían contemplarse piezas que parecían haber sido escogidas una por una para atraer la mirada de cualquier dama que pasara frente a ellas. La arquitectura repetía sus formas a lo largo del pasaje, creando una sensación de continuidad que hacía parecer que las tiendas nunca terminaban. Los arcos dividían la galería en diferentes secciones y sobre ellos se extendía la cubierta que dejaba pasar la claridad del día, bañando los establecimientos con una luz mucho más suave que la que podía encontrarse en las calles.

Barbara caminó lentamente junto a su suegra, incapaz de evitar que sus ojos se desviaran hacia cada escaparate. Había establecimientos donde se exhibían piezas de joyería que brillaban bajo la luz, pequeñas cajas ornamentadas y accesorios destinados a complementar los atuendos de las damas. En otros podían observarse artículos de vestir cuidadosamente acomodados, guantes, complementos y diferentes objetos de moda. La variedad parecía interminable. Algunas vitrinas estaban dominadas por telas y accesorios femeninos, mientras que otras mostraban objetos más pequeños y delicados, destinados a aquellos clientes que buscaban algo especial para regalar o simplemente para añadir una pieza más a su colección personal. La propia historia de Burlington Arcade estaba ligada a la venta de joyería, artículos de moda y objetos considerados elegantes o de uso decorativo, por lo que no resultaba extraño encontrar allí una concentración semejante de mercancías destinadas a una clientela privilegiada.

—Mira esos guantes —dijo Lady Chloe de pronto.

Barbara siguió la dirección de su mirada y encontró un escaparate donde varios pares de guantes descansaban cuidadosamente colocados, cada uno en diferentes tonos y materiales.

—Son bonitos —admitió.

—No solamente son bonitos —insistió—. Los necesitas.

Barbara soltó una pequeña risa.

—¿Cómo sabes que los necesito?

—Porque eres una mujer casada que pretende sobrevivir una Temporada entera sin que Londres encuentre algo que criticarle.

Barbara dejó escapar un suspiro divertido.

—Creo que Londres encontrará algo que criticarme —dijo sincera—. Aunque me vista de pies a cabeza con oro.

Lady Chloe la observó durante unos segundos y finalmente sonrió.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 31.08.2026

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