La Belleza de una Margarita

Capitulo 44

Los días comenzaron a pasar lentamente detrás de la ventana de Barbara. Desde aquella desagradable discusión en Burlington Arcade, había vuelto a refugiarse en sus aposentos, como si las cuatro paredes de aquella habitación pudieran protegerla de las miradas y los comentarios que continuaban repitiéndose dentro de su cabeza. Las palabras de aquellas damas habían conseguido hundirla mucho más de lo que habría querido admitir. Se sentía como una completa fracasada; no había sido una buena hija, mucho menos una buena hermana y, después de todo lo ocurrido, comenzaba a preguntarse si tampoco sería capaz de convertirse en una buena esposa. Extrañaba a Liam más de lo que podía expresar. Si él estuviera a su lado, seguramente sabría qué decir para hacerla sonreír, encontraría alguna de sus bromas absurdas para arrancarle una carcajada o simplemente la abrazaría hasta que dejara de pensar en todas aquellas cosas que la atormentaban. Pero Liam no estaba allí. Se encontraba en algún punto del océano, cumpliendo con su deber, y Barbara sabía que no podía convertirlo en el único sostén de su felicidad. No podía depender de él para levantarse cada vez que se sintiera caer. Margery y Lady Chloe habían intentado hablar con ella en varias ocasiones. Entraban a su habitación con alguna excusa, se sentaban a su lado y procuraban distraerla con conversaciones sencillas, pero pronto comprendieron que aquella vez no conseguirían arrancarla de su tristeza. Finalmente decidieron darle espacio, algo que Barbara agradeció profundamente. No necesitaba que la obligaran a sonreír ni que le repitieran constantemente que todo estaría bien; necesitaba tiempo para ordenar sus propios pensamientos y descubrir cómo volver a sentirse ella misma.

Durante aquellos días pasó la mayor parte del tiempo acostada en su cama, acompañada únicamente por los libros que Margery encontraba para ella. Si no podía escapar de sus pensamientos, al menos podía escapar de su realidad. Una novela tenía la maravillosa capacidad de llevarla a lugares donde nadie conocía su apellido, nadie hablaba de su matrimonio y nadie esperaba que fuera una hija perfecta, una hermana ejemplar o una esposa digna de un oficial de la Marina. Podía perderse entre las páginas de Jane Eyre, seguir las desgracias de Cumbres Borrascosas, emocionarse con alguna de las novelas de Charles Dickens o, dependiendo de lo que Margery consiguiera encontrar en las librerías, pasar horas leyendo historias más recientes de autores que comenzaban a hacerse populares entre las damas. A veces ni siquiera le importaba demasiado qué libro tenía entre las manos; bastaba con que las palabras consiguieran llenar su mente y desplazar, aunque fuera durante unas horas, las preocupaciones que la asfixiaban.

Margery le llevaba el desayuno y la cena directamente a sus aposentos, y Barbara comía únicamente cuando se encontraba de suficiente buen humor como para hacerlo. Algunas mañanas apenas probaba unas cuantas cucharadas antes de devolver la bandeja. Otras, pasaba tantas horas leyendo que se olvidaba por completo de que debía alimentarse hasta que su doncella aparecía nuevamente frente a ella con una expresión de preocupación. Barbara sabía que aquello no podía continuar, pero durante un tiempo se permitió compadecerse de sí misma. Hasta que una mañana, mientras permanecía acostada mirando el techo, se dio cuenta de algo que consiguió incomodarla más que la propia tristeza. Solo habían pasado dos meses. Dos meses desde que Liam había partido, dos meses desde la última vez que Barbara había sentido sus brazos alrededor de ella. Dos meses no eran una eternidad y, sin embargo, estaba comportándose como si el hombre que amaba no fuera a regresar jamás. Barbara cerró los ojos y respiró profundamente. No quería que Liam regresara y encontrara a una mujer que había dejado de vivir simplemente porque él se encontraba lejos; no quería que, cuando finalmente cruzara aquella puerta, volviera a encontrarla encerrada entre las mismas cuatro paredes, con el rostro pálido y los ojos cansados de llorar. Liam había confiado en que ella sabría esperar, y Barbara decidió que debía hacerlo. Esperaría, pero no iba a dejar de vivir mientras lo hacía. Aquella misma mañana se levantó de la cama. Margery, que se encontraba acomodando unas prendas dentro del armario, se quedó completamente inmóvil al verla acercarse hacia el vestidor.

—¿Milady?

—Voy a vestirme.

La doncella la observó como si acabara de anunciar que pretendía montar a caballo hasta Escocia.

—¿Desea que le prepare el vestido azul?

Barbara negó con la cabeza.

—El verde.

—¿El verde?

—Sí.

Margery sonrió.

—Como desee, milady.

Aquel pequeño gesto terminó convirtiéndose en el principio de una rutina nueva. Barbara comenzó a bajar nuevamente al comedor para desayunar con sus suegros. Al principio apenas hablaba, limitándose a escuchar las conversaciones de Lord y Lady Howells. Después empezó a responder. Más tarde incluso comenzó a participar en ellas. Volvió a jugar ajedrez con su suegro, aunque seguía disfrutando enormemente de la expresión de indignación que aparecía en el rostro de él cada vez que Barbara conseguía ponerlo en jaque. Acompañaba a Lady Chloe durante algunas de sus actividades y, poco a poco, comenzó a recuperar aquella versión de sí misma que había quedado escondida debajo de la tristeza, no ocurrió de un día para otro.

Hubo mañanas en las que despertaba con un poco más de energía y otras en las que la nostalgia regresaba con tanta fuerza que apenas podía respirar. Pero había aprendido a aceptar que ambas cosas podían coexistir. Podía extrañar a Liam y aun así levantarse de la cama. Podía llorar por las noches y sonreír durante el día. Podía sentir miedo y continuar avanzando. Aunque las noches seguían siendo difíciles. Cuando la casa quedaba en silencio y el fuego de la chimenea comenzaba a consumirse, Barbara se encontraba nuevamente frente a la ausencia de Liam. A veces abrazaba una de sus almohadas imaginando que era él. Otras simplemente se quedaba mirando el lado vacío de la cama hasta que las lágrimas terminaban por vencerla. Después se obligaba a dormir, recordándose que cada noche que pasaba significaba una noche menos antes de volver a verlo. Fue una de esas mañanas, mientras Barbara desayunaba con sus suegros, cuando Margery apareció en el comedor llevando una bandeja de plata con varias cartas.



#2274 en Novela romántica
#632 en Otros
#275 en Humor

En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 31.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.