La Belleza de una Margarita

Capitulo 45

Los días posteriores a aquella primera reunión con las esposas de los oficiales transcurrieron de una manera que Barbara jamás habría imaginado. Por primera vez desde que Liam había partido, su vida había dejado de girar exclusivamente alrededor de la ausencia de su esposo. Ya no despertaba cada mañana contando cuánto tiempo faltaba para su regreso ni permanecía largas horas mirando por la ventana esperando distinguir en el horizonte alguna señal de que el barco había vuelto. Continuaba extrañándolo, por supuesto. Había noches en las que la cama seguía pareciéndole demasiado grande y en las que, antes de cerrar los ojos, todavía podía imaginar el calor de los brazos de Liam rodeándola. Pero durante el día había comenzado a encontrar pequeñas cosas capaces de ocupar su mente y devolverle una parte de la alegría que había perdido.

Las reuniones con las esposas de los oficiales se habían convertido en una de ellas, Barbara descubrió que esperaba aquellos encuentros con una ilusión que jamás habría imaginado sentir por una simple reunión de té. Ya no necesitaba que Lady Chloe insistiera en que asistiera ni que Margery la acompañara hasta la puerta como si estuviera llevándola a enfrentarse con un ejército. Ahora era ella misma quien preguntaba cuándo sería la siguiente reunión y quiénes acudirían. Incluso había comenzado a reconocer los carruajes de algunas de las mujeres cuando los encontraba por las calles de Londres, y en más de una ocasión había terminado sonriendo al recordar alguna de las historias que habían compartido. También había comenzado a pasar más tiempo con sus suegros. Lord Howells continuaba empeñado en enseñarle a disparar, aunque Barbara todavía no estaba convencida de que aquello fuera una habilidad que necesitaría en su vida cotidiana, y Lady Chloe parecía haber asumido como misión personal encontrar cualquier excusa para sacarla de la casa. Algunas tardes caminaban juntas por los jardines, otras acudían a alguna tienda o simplemente permanecían en la sala de estar conversando mientras tomaban el té. Incluso las partidas de ajedrez con su suegro habían adquirido cierta regularidad, aunque él seguía protestando cada vez que Barbara conseguía vencerlo. Aquella tarde, cuando Barbara regresó a casa después de pasar la mañana con sus suegros, encontró a Margery esperándola en el vestíbulo. La doncella tenía una expresión distinta a la habitual, una mezcla de emoción y alivio que hizo que Barbara se detuviera antes de siquiera quitarse los guantes.

—Milady, ha llegado una carta para usted.

Barbara sintió que el corazón le daba un vuelco, no necesitó preguntar de quién, lo tomó con ambas manos. Reconoció inmediatamente la letra trazada sobre el papel y durante unos segundos simplemente se quedó contemplándola. Era extraño cómo unas cuantas palabras escritas en tinta podían hacer que el pecho se le apretara de aquella manera. Habían pasado varias semanas desde la última carta que había recibido de él y aunque había aprendido a vivir con su ausencia, nunca había aprendido a recibir noticias suyas sin sentir que algo dentro de ella despertaba de inmediato.

—Gracias, Margery.

—¿Quiere que prepare el té en sus aposentos?

Barbara negó suavemente con la cabeza.

—No, creo que prefiero leerla en el jardín.

Margery asintió y se apartó para dejarla pasar, Barbara salió hacia el jardín con la carta todavía entre los dedos. Caminó hasta uno de los bancos que se encontraban bajo la sombra de los árboles y tomó asiento. Durante unos instantes no abrió el sobre; simplemente lo sostuvo sobre su regazo, observando el sello de la Marina. Una parte de ella quería abrirlo inmediatamente, mientras que otra quería prolongar unos segundos más aquella sensación de saber que Liam había pensado en ella lo suficiente como para escribirle. Finalmente rompió el sello. La primera línea hizo que sonriera.

Mi querida Barbara:

Solo esas tres palabras bastaron para que sus ojos se humedecieran ligeramente, continuó leyendo.

Espero que esta carta consiga encontrarte de buen humor. Si no es así, entonces tendré que atribuirlo a la mala calidad del servicio postal y no a mi ausencia, porque me niego a aceptar que mi esposa pueda estar enfadada conmigo durante tanto tiempo.

Barbara soltó una pequeña risa.

—Idiota —murmuró para sí.

Continuó leyendo.

La misión se ha prolongado más de lo que esperábamos. Antes de que empieces a culpar al océano, a la Marina o a todos los oficiales que tuvieron la brillante idea de enviarnos tan lejos, debo decirte que me encuentro bien.

Barbara bajó la carta durante un instante, se encontraba bien, y aquellas palabras eran suficientes. Había pasado demasiadas noches imaginando tormentas, accidentes y noticias que jamás quería recibir, por lo que saber que Liam estaba a salvo consiguió que una parte de la tensión que había llevado en el pecho durante semanas desapareciera. Volvió a leer.

El clima ha sido poco amable y algunos de los hombres comienzan a quejarse de que el mar parece haberse propuesto matarnos. Les he explicado que probablemente solo está molesto porque ninguno de ellos sabe tratarlo con respeto. No me han escuchado.

Barbara sonrió, era tan propio de él, incluso desde cientos de kilómetros de distancia conseguía hablarle como si estuviera sentado frente a ella.

Espero que tú también estés bien. Y antes de que respondas diciendo que sí únicamente para evitar preocuparme, recuerda que conozco demasiado bien tus costumbres.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 31.08.2026

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