La Belleza de una Margarita

Capitulo 46

La mañana siguiente amaneció tranquila, demasiado tranquila para lo que había ocurrido el día anterior. Barbara despertó con los primeros rayos de luz filtrándose entre las cortinas de sus aposentos y permaneció unos instantes contemplando el techo, intentando ordenar sus pensamientos. El periódico seguía sobre la mesa de su escritorio, doblado exactamente en el lugar donde había dejado de leerlo la tarde anterior. Durante la noche había pensado en él más veces de las que quería admitir, pero también había recordado las palabras de Lady Chloe y, sobre todo, las de Liam. No iba a esconderse. No permitiría que una mentira decidiera cómo debía vivir. Apartó las mantas y se incorporó. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió aquel peso insoportable que durante semanas la había mantenido encerrada en su habitación. Todavía tenía miedo, todavía le dolía lo que se había escrito sobre ella, pero ya no quería permitir que aquello volviera a convertirse en el centro de su existencia. Se vistió con ayuda de Margery y bajó al comedor poco después de las ocho, esperando encontrar a sus suegros como cualquier otra mañana. Sin embargo, apenas entró en el comedor supo que algo había cambiado. Lord Howells se encontraba sentado junto a la ventana, con varios periódicos extendidos sobre la mesa. No estaba leyendo ninguno. Simplemente los observaba con el ceño profundamente fruncido, mientras Lady Chloe permanecía frente a él con una taza de té entre las manos. La conversación entre ambos se detuvo en cuanto Barbara apareció.

—Buenos días —saludó ella, procurando mantener la naturalidad.

—Buenos días, hija —respondió Lord Howells.

Barbara avanzó hacia su asiento, pero antes de sentarse miró los periódicos.

—¿Más noticias?

Su suegro levantó la mirada.

—Nada que deba preocuparte.

Barbara arqueó ligeramente una ceja.

—Eso mismo dijeron ayer.

Lady Chloe dejó escapar un suspiro.

—Ven, siéntate. Tu desayuno se enfriará.

Barbara obedeció, aunque sus ojos continuaron desviándose hacia los periódicos. Había más de uno. Algunos pertenecían a publicaciones que conocía de nombre, mientras que otros eran periódicos de menor importancia que solían circular entre las personas de la alta sociedad. En uno de ellos reconoció inmediatamente el mismo estilo de titular que había encontrado el día anterior. No necesitó leerlo para saber de qué hablaba.

—¿Se ha extendido? —preguntó.

Ninguno respondió de inmediato, aquello fue suficiente, Barbara dejó lentamente la taza sobre el plato.

—¿Cuánto?

Lord Howells intercambió una mirada con su esposa.

—Lo suficiente para que varias personas hayan hablado de ello esta mañana.

Barbara sintió una punzada en el pecho.

—¿Personas?

—Conocidos —aclaró Lady Chloe—. Algunos han enviado cartas, otros han hecho preguntas.

—¿Sobre mí?

—Sobre Liam —respondió Lord Howells.

Aquella respuesta la hizo guardar silencio, su suegro tomó uno de los periódicos y lo dobló con evidente molestia.

—Hay quienes parecen creer que porque mi hijo está lejos pueden decir cualquier cosa sobre él.

Barbara bajó la mirada.

—Lo siento.

Lord Howells frunció el ceño.

—¿Por qué te disculpas?

—Porque todo esto está afectando a su familia.

—No —respondió con firmeza—. Esto está afectando a nuestra familia porque alguien ha decidido publicar una mentira, no porque tú hayas hecho algo.

Barbara apretó los dedos alrededor de la taza, antes de que pudiera responder, escucharon unos pasos apresurados en el vestíbulo. Uno de los criados apareció en la puerta.

—Milord, ha llegado el señor Fletcher.

Lord Howells levantó la mirada.

—¿Quién?

—El señor Fletcher, milord —le anunció—. Trae una carta y solicitó hablar con usted personalmente.

El rostro de Lord Howells adquirió una expresión de fastidio.

—Dile que espere.

El criado vaciló.

—También hay otras dos personas afuera.

Barbara levantó lentamente la cabeza.

—¿Otras dos? —preguntó sorprendida.

—Sí, milady —respondió con tacto—. Uno de ellos preguntó si podía hablar con la señora Howells.

El silencio que siguió fue absoluto, Barbara sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza, Lady Chloe dejó la taza sobre la mesa.

—¿Preguntó por mí?

—No, milady —respondió el criado—. Por Lady Howells.

Barbara sintió un escalofrío, no era la primera vez que alguien la llamaba así, pero ahora aquel título parecía haber adquirido un peso completamente diferente.

—¿Qué quieren? —preguntó.

El criado negó con la cabeza.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 31.08.2026

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