-- Padre, detesto esta comida -- La voz ansiosa e inquietud que caracterizaban la voz de el, habían desaparecido.
Lo que tenían en la mesa de roble oscuro era un plato sin carnes, un plato verde; lechuga, palta, apio, brocoli y el choclo que daba algo de color. No podían cocinar carnes, ya no tenían fuego. Sin Dragones la humanidad ya no tenía esa calida luz roja.
-- Es necesario para sobrevivir -- Respondió sin mirarlo a los ojos, no se sentía digno se hacerlo, ya que no pudo defender o más bien proteger ni a su madre ni a su hermana.
Si bien los distintos vegetales que tenían al frente los dejaban llenos, no les daban la energía de la proteína.
Algunas personas más atrevidas comieron carne cruda, pero en horas enfermaron y murieron. Karl no iba a arriesgarse a eso, perdió a Souchan y a su hija, pero aún debe proteger a su hijo.
El invierno estaba llegando y era insoportable, las plantaciones morían congeladas, los ríos donde generaban agua también se congelaban y las enfermedades estaban a punto de llegar, y sin dragones, nada de eso parecía tener solución.
Karl revisó el mueble donde guardaban la comida, “aún tenemos para 2 semanas” pensó, aunque eso sonaba bien era preocupante no saber qué harían después.
Toda esta semana luego de almorzar salían a la calle a avanzar con la limpieza de escombros que había dejado la catástrofe. Esta tarde estuvieron mucho menos de lo normal, la llegada del invierno se hacía notar, el viento era helado, mucho más de lo normal y ya comenzaba a empujar por cómo pegaba. Karl y su hijo con su aliento trataban de calentar su roja nariz y manos.
-- Suficiente por hoy -- Karl estaba preocupado de que su hijo pescara un resfriado, pues ahora sin los dragones, no tenían medicamentos.
-- Iré a dormir entonces -- contestó.
Karl al entrar (un poco más tarde que su hijo) sintió un nudo haciéndose presente en la garganta. Ahora cuando entraba no lo esperaba Souchan con un té caliente, ni su hija corre hacia él gritando “¡Llegaste papá!” para luego contarle de su día en la escuela.
Se tiró en el sofá con las manos cubriéndole el rostro, mojadas por las lágrimas que cada noche soltaba.
El no quería que su hijo lo viera de esta manera, quería apoyarlo, cuidarlo, pero los animos no le daban.
Desde los 7 días de la tragedia ya no se iba a la escuela o a trabajar. No se había hecho ningún comentario sobre ella, Karl sentía que si entraba en eso no podría salir más.
Por esto mismo la comunicación padre e hijo se cortaba cada vez más, y ya no existía el bueno días o directamente un “te quiero” entre ellos, solo eran avisos y órdenes, “saldré a cosechar”, “no vengo a comer” o “es hora de dormir”.
Karl llorando en el sofá, notó como una gran angustía lo consumía, pero la necesidad de salir de ese vacio era aun mayor.
Con las manos en sus rodillas se levantó y se colocó la chaqueta, caminó por la casa, que luego de días ya se encontraba limpia, hasta dar con la puerta. Se subió su abrigo hasta tapar su boca y nariz y así no respirar el frío.
Una vez fuera notó que ya casi era hora en la que la iluminación se extinguía. Tenía unos pocos minutos, por lo que se puso a trotar hacia el bosque.
En el bosque Karl esperaba encontrar alguna mascota para su hijo, a él le apasionaban todos los seres que no eran humanos y claramente podría hacer que haya más unión entre ellos. Tomaría el primero que se le aparezca, no aguantaba más frío.
Tras esquivar y esquivar arbustos, sintió su pie húmedo, lo había mojado el enorme río que tenía de frente, el agua estaba más clara que nunca y a su lado, una criatura se movía lentamente por la orilla.
Tomó a la tortuga con solo una mano, su piel parecía hecha madera antigua humedecida por años, marcada por grietas finas, que parecían darle una sabiduría.
-- Hijo, ven -- Lo llamó -- Te traje algo -- Por primera vez en la semana su voz era entusiasta.
El sonido de un caminar arrastrándose por la crujiente madera se asomó y con él la caída imagen del chico caminando con la cabeza gacha. Karl contuvo su nudo en la garganta al verlo.
-- No quiero regalos, -- suspiró -- las quiero de vuelta -- Una, dos y tres lágrimas cayeron de su rostro.
Karl bajó la mirada hacia la pequeña tortuga en sus manos. Por un momento pensó en decirle la verdad, que era solo una tortuga y ya, solo la trajo para volver a tener una conexión padre e hijo.
Pero el llanto del niño continuaba sonando, y Karl comenzaba a desesperarse.
Se arrodilló frente a él y le entregó la tortuga.
-- ¿Sabes por qué las tortugas viven tanto? -- El niño no respondió -- Porque nunca se apresuran. --
El niño se secó las lágrimas para luego mostrar su ceño fruncido.
-- Los animales que corren mucho... se cansan rápido, pero las tortugas siguen avanzando -- continuó improvisando -- aunque sea lento, aunque tengan dolor, aprenden no a dejarlo atrás, sino que a llevarlos consigo hasta su meta --
La tortuga asomó la cabeza por el caparazón, las lágrimas del pequeño habían cesado.
-- Tal vez ella nos pueda enseñar cómo seguir adelante -- acarició su hombro -- pase lo que pase --
Se abrazaron dejando a la tortuga en medio.
-- Las extraño pa -- confesó.
-- Lo sé hijo -- lo consoló acariciando su cabeza apoyado en su hombro -- Pero ellas querrían que seamos fuertes, y sigamos avanzando, igual que la tortuga.
-- ¡Pa! Ya sé cómo llamarla -- exclamó más animado -- Proélion -- Proélion en griego es seguir adelante pese al dolor.
Esa noche juntos y muy tapados durmieron mientras el frío congelaba el lago, río y mar cercano.