La bestia ausente

Capítulo 5: Un mes después

El bastón algo chueco de madera se apoyó en el suelo antes que su pie. Karl avanzó lento por la casa oscura, arrastrando apenas su pierna herida por la mesa. El dolor ya no era intenso, era algo peor, era constante, como el frío. La hinchazón había desaparecido semanas atrás, pero cada vez que apoyaba el pie, una punzada de dolor subía del tobillo hasta la cadera, aun así seguía caminando igual, sin detenerse, como si el cuerpo hubiera aprendido a continuar sin pedir permiso.

​Cuando estaba su hijo quedaba comida para 2 semanas, cuando se fue, esa comida alcanzó por un mes entero, mes que ya pasó.

​La tetera seguía vacía sobre la mesa, todos los muebles con la misma similitud, vacíos.

​Cuando los dragones aún estaban, no todas las familias llegaron a vacunarse contra la pandemia, la mayoría ya estaban muertas, o por estarlo.

Karl se inclinó con dificultad para abrocharse las botas, su pierna protestó al instante. A pesar del dolor no reaccionó. Solo esperó a que el dolor terminara de atravesarlo.

​Ya afuera, vio cómo la nieve cubría las calles hasta los tobillos, la misma nieve que se había transformado en su única manera de hidratación.

​Vio cómo las casas parecían muertas; sin luz y sin voces dentro, y por las ventanas solo se observaba desorden y tristeza.

​Karl se detuvo en una de entre tantas casas fantasmas, notó que en una ventana se lograba ver que dentro estaba toda una familia muerta. Hombre, mujer y lo que supone 2 adolescentes.

​Empujó la puerta.

​Entró a la casa con decisión, evitó mirar demasiado tal escena, fue directo a la despensa.

​Había un saco lleno de trigo, medía un poco más de su mitad, habían dos bolsas de harina, mucha verdura y frutas y un frasco lleno de galletas.

​Guardo todo para él.

​Unos pasos arrastrándose se escucharon tras él.

Un anciano estaba detenido frente a él.

​Karl no dijo nada, el viejo que también tenía mucha comida en sus manos, no dijo nada.

​-- Podemos compartir -- soltó el viejo, relajado -- Yo también estoy saqueando esta casa -- Su voz era áspera.

​Karl sin decir nada asintió y avanzó. Sin que supiera el viejo lo siguió.

​-- ¡Cuidado! -- Detuvo su paso -- Casi la matas -- el viejo apuntó a la tortuga bajo Karl.

​-- Proléon -- suspiró Karl. El viejo le preguntó quién era y Karl respondió con sinceridad sin darse cuenta -- la tortuga de mi hijo -- bajó la mirada.

​El viejo al notar la expresión le preguntó.

​-- ¿Solo? -- No hubo respuesta de Karl, solo una lágrima solitaria -- Mi mujer, hija y nietos también fallecieron -- suspiró -- Tal vez nos vendría bien algo de compañía para mantenernos cuerdos -- Karl solo asintió secándose las lágrimas. Lo invitó a su desordenada casa.

​Bebieron una infusión de hierba acompañada de galletas que callaron sus rugientes tripas, ninguno proponía tema de conversa, solo se acompañaban.

Entonces escucharon voces, varias voces. Karl se giró para ir a la calle principal.

​Un grupo de hombres avanzaba entre la nieve, algunos cargaban cuchillos de cocina o palos llenos de clavos, otros sostenían herramientas oxidadas. Nadie caminaba fuerte, solo caminaban. Uno de ellos se detuvo frente a Karl.

​-- Vecino -- serio mirándolo fijo -- Nos moveremos al este al amanecer, nos puede acompañar -- le informó.

​-- No sé a qué te refieres -- explicó Karl.

​-- Nos enteramos que en otro pueblo, cerca, tienen una cosecha sin congelar, iremos a robar todo lo que podamos allí y las provisiones en casas.

​Si bien había recolectado comida, no sería infinita y en algún punto se le acabaría, pero no es un pensamiento digno ir a robar lo que otros necesitan... Un pensamiento le robó la cabeza; Souchan, su hijo y su hija fueron dignos toda su corta vida, y todos están muertos. Karl ya no sería digno, el mundo no merecía una versión digna de él.

​-- Ordeno mis cosas y los acompaño -- el viejo quedó incrédulo.

​Antes de partir Karl fue casa por casa buscando comida y se la entrego toda al viejo, el viejo se quedaría allí, la comida le duraría bastante, meses, lo suficiente hasta que Karl vuelva.

-- ¡Corran, ya tengo todo el choclo! -- Karl cojeando con la bolsa de choclo a reventar, algunos granos se escapaban y perdían mientras avanzaba.

​Se mantuvo el alto pero ignorado dolor de pierna.

​A su alrededor las puertas se abrían de golpe, gritos, vidrios rompiéndose, gente arrancando sobre la calle. Otros corrían con algo de comida y advertían "Saqueo, ¡corran!".

​Un hombre corrió con dos gallinas, pero en su intento de escape una mujer le lanzó una pala que quedó enterrada en su cráneo. El cuerpo cayó.

​"¿Por qué matan?" "¡No maten!" -- pensó Karl.

​Tomó una bolsa de gallinas vivas y la de choclo y partió corriendo hasta un lejano bosque sin que nadie lo notara.

​El bosque resaltaba por su oscuridad y ese rojizo que caracterizaba el cielo. La pierna había decidido no soltar el dolor en todo este tiempo.

​Karl aún no creía que hubiese presenciado una muerte, como si el hambre hubiera borrado la diferencia entre sobrevivir y convertirse en una bestia.

Karl tragó saliva.

Souchan estaría decepcionada, la imaginó mirándolo en silencio, con esa expresión dura que aparecía cuando él hacía o decía algo incorrecto.

​Y sus hijos. No. No quería ni imaginar los ojos de sus hijos al verlo salir de tan terrible escena.

​Matar era peor que perder la dignidad. La dignidad puede recuperarse, pero aquello... eso era inhumano.

​Karl miró a su alrededor, solo, sin gritos, sin guerra, sin nadie.

​Pensó en volver con el viejo, pero no sabía cómo, quizás algún día si se anima se podría ir en su búsqueda.

​Construiría algo pequeño, allí lejos. Entre los árboles donde nadie lo encontraría jamás y donde él no vería la mierda en la que se convierte este mundo sin dragones.




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