La cabaña que Karl había construido era pequeña; un techo inclinado y paredes torcidas que dejaban pasar el viento durante las noches frías. Karl había tardado semanas en construirla, por el dolor de pierna, que ya casi se marchaba, pero había valido la pena.
Detrás de la casa había improvisado un cerco de madera donde mantenía gallinas que había robado aquella noche. Algunas las sacrificaba y comía crudas, como extrañaba esa cálida luz roja que brindaban los Dragones, por suerte no había enfermado del estomago en el invierno, cuando ni el sol le calentaba sus proteinas.
Karl ya no tenía la misma fuerza. Cada mañana caminaba hasta el río más cercano con dos grandes baldes de agua que lo hidratarían en el día. Ya había aprendido a purificarla.
El trayecto no era largo, pero últimamente debía detenerse varias veces para recuperar el aire. Una tos espantosa, que a veces pintaba de rojo, salía.
El bosque permanecía silencioso casi todo el día. Solo el sonido del viento entre los árboles, y el crujido distante de ramas congeladas. Karl se terminó acostumbrando a esta soledad, o quizá solo dejó de notar la diferencia entre tranquilidad y vacío.
Por las noches, hablaba solo, para asegurarse de no haber perdido esa habilidad; otras veces solo lloraba al recordar a su familia.
Una madrugada lo despertaron golpes en la puerta. Tras varios segundos, se logró poner de pie. Tosió. Abrió la puerta y allí estaba el viejo.
-- Sabía que seguirías vivo -- suspiró con su cansada voz áspera.
Karl en mucho tiempo, soltó una sonrisa.
Ya estaba amaneciendo cuando sacrificaron una gallina y la pusieron a calentar bajo el fuerte sol de ese día.
La carne apenas estaba tibia después de pasar horas bajo el sol, ambos comieron lento y saboreando la proteína, sentados muy cerca.
El viejo se puso al día primero, le contó que lo saquearon al enterarse el pueblo toda la comida que tenía, y por ser viejo no lo mataron y solo lo exiliaron. Karl escuchó negando con la cabeza mientras masticaba la tibia carne.
-- ¿Y tú? -- preguntó el anciano.
-- Solo... -- hizo una pausa -- existo -- terminó.
El viejo asintió como si entendiera perfectamente el dolor que aquellas palabras escondían. Más tarde hablaron de la pierna de Karl, de la cabaña, de dragones y todo lo que pudieron desahogar hasta quedarse dormidos.
Esa noche la cabaña no se sintió tan vacía.
☆☆☆
A la mañana siguiente el viejo encontró la cabaña extrañamente silenciosa. Karl seguía acostado, inmovil, con una expresión de tranquilidad que el anciano no había visto antes. El viejo permanecio largo rato junto a la cama sin decir nada. Luego salió.
La nieve caía lentamente entre los árboles cuando el viejo empezó a cavar la tumba detrás de la cabaña.
Al terminar puso una piedra que tallada tenía su nombre y encima colocó una cruz.
Después fue a recolectar los huevos de las gallinas para poder almorzar. Notó que los planetas ya no estaban alineados como antes, ya se podía ver su diferencia cuando miro al cielo antes de cerrar la puerta.