La lluvia caía sobre la ciudad de Ravenhall cuando Amelia Voss recibió la llamada.
—Su abuelo ha fallecido.
Las palabras fueron simples.
Pero cambiaron su vida para siempre.
Tres días después, Amelia regresó al pueblo donde había pasado parte de su infancia.
Un lugar lleno de calles empedradas, niebla constante y secretos que nadie parecía dispuesto a contar.
Su abuelo le había dejado una única herencia.
Una antigua biblioteca.
La Biblioteca Nocturna.
Era un edificio enorme de piedra negra, oculto entre árboles centenarios.
Parecía abandonado.
Y, sin embargo, cuando Amelia abrió la puerta principal, tuvo la extraña sensación de que alguien la estaba esperando.
Miles de libros cubrían las estanterías.
El aire olía a papel antiguo y madera.
Entonces vio algo extraño.
En el centro de la sala había un libro solitario sobre una mesa.
Un libro completamente negro.
Sin título.
Sin autor.
Sin ninguna inscripción.
—Qué raro...
Amelia lo abrió.
Y encontró una única frase escrita en la primera página.
"Si estás leyendo esto, significa que la biblioteca te ha elegido."
Un escalofrío recorrió su espalda.
De repente, las lámparas comenzaron a parpadear.
Las estanterías crujieron.
Y cientos de libros empezaron a abrirse solos.
Sus páginas se movían como si fueran agitadas por un viento invisible.
Amelia retrocedió.
—¿Qué está pasando?
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
Una voz suave.
Triste.
—Por fin has llegado.
Amelia se giró de golpe.
Un joven de ojos grises estaba de pie entre las sombras.
Vestía ropa anticuada.
Como alguien salido de otro siglo.
—¿Quién eres?
El desconocido bajó la mirada.
—Soy una de las almas perdidas de esta biblioteca.
Y necesito tu ayuda antes de que sea demasiado tarde.
En ese instante, uno de los libros cayó al suelo.
Sus páginas se abrieron solas.
Y una mano pálida comenzó a salir de su interior.