El silencio desapareció cuando un tercer golpe estremeció toda la biblioteca.
¡BUM!
El polvo cayó del techo.
Las estanterías se sacudieron y decenas de libros comenzaron a susurrar al mismo tiempo.
Amelia se llevó las manos a los oídos.
—¿Qué dicen?
Elias escuchó con atención.
Su rostro perdió el color.
—Están asustados.
—¿Los... libros pueden sentir miedo?
—No son los libros, Amelia... son las almas que viven dentro de ellos.
La niebla negra seguía saliendo por debajo de la enorme puerta de hierro.
De pronto, una llave de plata apareció flotando frente a Amelia.
Giró lentamente en el aire y cayó suavemente sobre la palma de su mano.
Elias abrió los ojos con sorpresa.
—La Llave de la Guardiana...
Amelia la observó.
Era fría y estaba grabada con un extraño símbolo: un ojo rodeado de páginas.
—¿Qué debo hacer con ella?
Antes de que Elias pudiera responder, la voz volvió a escucharse.
—Ábreme...
Esta vez sonó mucho más cerca.
Mucho más poderosa.
Amelia sintió un impulso extraño.
Como si la puerta la llamara.
Comenzó a caminar hacia ella.
—¡Detente! —gritó Elias.
Pero ella no parecía escucharlo.
Levantó la llave.
La cerradura empezó a brillar.
Entonces, una anciana apareció de repente entre las estanterías.
Vestía una larga capa azul y llevaba un bastón de madera blanca.
—¡No la abras!
Con un movimiento de su bastón, lanzó un destello de luz que hizo caer la llave al suelo.
Amelia despertó como si hubiera salido de un sueño.
—¿Qué... qué me pasó?
La anciana respiró aliviada.
—La puerta intentó controlar tu mente.
Elias inclinó la cabeza con respeto.
—Maestra Helena...
Amelia la miró confundida.
—¿Quién es usted?
La mujer sonrió con dulzura.
—Fui la aprendiz de tu abuelo.
Y desde el día de su muerte he estado esperándote.
Amelia sintió un nudo en la garganta.
—¿Mi abuelo sabía que vendría?
Helena asintió.
—Antes de morir dejó una carta para ti.
La anciana sacó un sobre antiguo sellado con cera roja.
En el sello había un dibujo de un cuervo sosteniendo un libro entre sus patas.
Amelia rompió el sello con manos temblorosas.
La letra era inconfundible.
Era la de su abuelo.
"Querida Amelia: si esta carta ha llegado a tus manos, significa que la Biblioteca ha vuelto a despertar... y que el Bibliotecario Oscuro también."
En ese instante, un rugido ensordecedor hizo temblar la puerta de hierro.
Una grieta apareció en el centro.
Y, a través de ella...
Un único ojo rojo observó fijamente a Amelia.
Y sonrió.