La biblioteca de las almas perdidas

Capitulo 4

El ojo rojo desapareció lentamente tras la grieta.
Pero su risa permaneció.
Grave.
Fría.
Inhumana.
Un escalofrío recorrió la espalda de Amelia.
—¿Qué... qué era eso? —preguntó con la voz temblorosa.
La maestra Helena guardó silencio unos instantes.
Parecía buscar las palabras adecuadas.
—Ese es el Bibliotecario Oscuro.
—¿Es un fantasma?
Helena negó con la cabeza.
—No. Es mucho más antiguo que cualquier alma atrapada aquí.
Elias dio un paso adelante.
—Hace siglos fue el primer guardián de esta biblioteca.
Amelia lo miró sorprendida.
—¿Un guardián?
—El mejor de todos... hasta que intentó cambiar el destino de las almas.
Helena continuó la historia.
—Quería devolver a los muertos a la vida. Para lograrlo, comenzó a robar páginas de los libros donde estaban escritas sus historias.
—¿Y qué ocurrió?
—Rompió el equilibrio entre la vida y la muerte.
Las luces de la biblioteca parpadearon.
Como si el edificio recordara aquel terrible momento.
—Los demás guardianes lo encerraron tras esa puerta... y arrancaron su verdadero nombre de todos los libros del mundo.
Amelia bajó la vista hacia la carta de su abuelo.
En la última línea había una frase que antes no estaba escrita.
Las letras aparecieron lentamente, como si una mano invisible las estuviera escribiendo.
"Nunca permitas que descubra su verdadero nombre."
—¿Por qué? —preguntó Amelia.
Helena palideció.
—Porque quien pronuncie su verdadero nombre... romperá el último sello.
En ese instante, un libro cayó de una estantería.
Luego otro.
Y otro más.
Cientos de libros comenzaron a abrirse al mismo tiempo.
Miles de páginas revolotearon por el aire como una tormenta de papel.
De entre ellas surgieron figuras transparentes.
Hombres.
Mujeres.
Niños.
Las almas de la biblioteca.
Todos miraban a Amelia.
Y, al unísono, susurraron:
—Sálvanos...
Entonces, un anciano espíritu avanzó entre la multitud.
Su rostro estaba lleno de tristeza.
—Guardiana... ya es demasiado tarde.
Antes de que Amelia pudiera responder, el reloj de la biblioteca marcó la medianoche.
¡Dong!
Las sombras cubrieron las paredes.
Y la puerta de hierro comenzó a abrirse... sola.




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