El árbol de cristal se convirtió en polvo ante sus ojos.
Las páginas que formaban sus ramas se elevaron en el aire y desaparecieron como cenizas.
Amelia sintió un profundo vacío.
—¿Qué acaba de pasar?
Lía respondió con tristeza.
—Ese árbol guardaba la historia de un reino que existió hace mil años.
Ahora nadie volverá a recordarlo.
Ni sus reyes.
Ni sus héroes.
Ni siquiera su nombre.
El silencio envolvió las catacumbas.
Amelia comprendió que el Bibliotecario Oscuro no solo estaba destruyendo libros.
Estaba borrando la memoria del mundo.
—Tenemos que detenerlo.
Lía le entregó la Llave de la Memoria.
En cuanto Amelia la sostuvo, una luz dorada recorrió las paredes.
Al fondo apareció una inmensa puerta de mármol blanco.
Sobre ella estaban grabadas miles de palabras en distintos idiomas.
Y, en el centro, una frase destacaba sobre todas las demás:
"Un nombre puede cambiar un destino."
La llave encajó perfectamente en la cerradura.
Con un suave clic, la puerta comenzó a abrirse.
Al otro lado había una sala circular.
En las paredes flotaban millones de pequeños pergaminos dorados.
Cada uno llevaba escrito un nombre.
El de un rey.
Una poeta.
Un niño.
Un viajero.
Todas las personas cuya historia había quedado guardada en la biblioteca.
En el centro de la sala descansaba un enorme libro de cubierta plateada.
No tenía polvo.
Parecía esperar a Amelia.
Helena sonrió con emoción.
—El Registro de los Nombres.
Amelia abrió el libro lentamente.
Las páginas comenzaron a pasar solas.
Hasta detenerse en una hoja completamente vacía.
Entonces apareció una inscripción.
"Busca el primer nombre borrado."
Antes de que pudiera preguntar qué significaba, una voz conocida resonó detrás de ellos.
—No permitas que lo encuentre.
El Bibliotecario Oscuro estaba allí.
Pero ya no llevaba la capucha.
Su rostro quedó al descubierto.
Amelia contuvo la respiración.
No era un monstruo.
Era un hombre de mirada triste, con el cabello plateado y el rostro marcado por el paso de los siglos.
En sus ojos aún quedaba un rastro de bondad.
—¿Quién eres realmente? —preguntó Amelia.
El hombre cerró los ojos.
—Hace mucho tiempo... fui el protector de todas las historias.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Y también fui el mejor amigo de tu abuelo.
Elias y Helena quedaron completamente inmóviles.
—Eso... es imposible —susurró Helena.
El hombre levantó la vista.
—No me llamo Bibliotecario Oscuro.
Ese nombre me lo dieron cuando olvidaron quién era.
Mi verdadero nombre...
...es Gabriel.
Y al pronunciarlo, todo el Registro de los Nombres comenzó a brillar.
Como si la biblioteca, después de siglos de silencio...
Por fin lo hubiera recordado.