La biblioteca de las almas perdidas

Capitulo 10

El aire se volvió helado.
La figura del Olvido avanzó lentamente, y con cada paso las paredes de la Cámara de los Nombres perdían sus inscripciones.
Los nombres desaparecían.
Las historias se borraban.
Como si jamás hubieran existido.
Amelia sintió un fuerte dolor en la cabeza.
Una imagen de su infancia apareció por un instante...
Su abuelo leyéndole un cuento antes de dormir.
Un segundo después...
El recuerdo comenzó a desvanecerse.
—¡No! —gritó.
Gabriel comprendió de inmediato lo que estaba ocurriendo.
—¡No miren sus ojos!
Pero era demasiado tarde.
El Olvido extendió una mano.
Una nube de tinta negra envolvió la sala.
Helena cayó de rodillas.
—¿Quién... quiénes son ustedes? —preguntó confundida.
Elias la miró con horror.
—¡Está perdiendo la memoria!
Lía comenzó a llorar.
Los árboles de cristal de las catacumbas se apagaban uno tras otro.
Cada árbol que desaparecía significaba una historia menos en el mundo.
El Olvido sonrió.
Aunque no tenía rostro, todos sintieron aquella sonrisa.
—Cuando el último recuerdo desaparezca...
...ya no existirán ni héroes, ni villanos, ni finales felices.
Solo el vacío.
Amelia apretó la Llave de la Memoria contra su pecho.
De pronto, la llave comenzó a brillar con una intensidad nunca antes vista.
Una voz dulce resonó en su interior.
Era la voz de su abuelo.
—Las historias nunca viven en los libros... viven en quienes las recuerdan.
Las lágrimas llenaron los ojos de Amelia.
Entonces comprendió.
La biblioteca no era el verdadero refugio de las historias.
Las personas lo eran.
Mientras alguien recordara un cuento...
Mientras alguien contara una leyenda...
Mientras una madre leyera un libro a su hijo antes de dormir...
El Olvido jamás podría vencer por completo.
Amelia levantó la llave hacia el cielo.
Su luz se transformó en miles de pequeñas letras doradas que comenzaron a llenar la sala.
Cada letra era una historia.
Cada palabra, un recuerdo.
Gabriel sonrió por primera vez en siglos.
—Ahora lo entiendo...
No basta con proteger los libros.
Hay que proteger a quienes los leen.
El Olvido rugió con furia.
La tinta negra empezó a retroceder.
Pero antes de desaparecer, señaló a Amelia.
—Has ganado esta batalla, Guardiana...
Pero existe un libro...
Uno que jamás debió escribirse.
Y ya ha sido abierto.
El suelo comenzó a temblar.
En el centro de la sala apareció un pedestal de piedra.
Sobre él descansaba un libro cubierto con cadenas de plata.
Su cubierta era completamente roja.
No tenía título.
Solo una cerradura en forma de corazón.
Lía palideció.
—No puede ser...
Gabriel dio un paso atrás.
Incluso él parecía aterrado.
—Ese es el Libro de los Finales.
Amelia tragó saliva.
—¿Qué tiene de especial?
Gabriel respondió con un hilo de voz.
—No cuenta cómo termina una historia...
...decide cómo termina la vida de quien la protagoniza.




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