La biblioteca guardó un silencio absoluto.
El hombre que antes había sido el Olvido observó sus propias manos.
Ya no estaban hechas de sombras.
Ahora eran humanas.
Sus ojos plateados reflejaban asombro.
—Recuerdo... —susurró—. Lo recuerdo todo.
Lágrimas silenciosas cayeron sobre el suelo.
—Mi nombre es... Noé.
Lía sonrió.
—Bienvenido a casa.
En ese instante, una luz dorada recorrió toda la biblioteca.
Los árboles de cristal volvieron a florecer.
Los libros cerrados comenzaron a abrirse, y las historias que habían desaparecido regresaron una por una.
Los reinos olvidados.
Los héroes perdidos.
Las canciones antiguas.
Todo volvía a ocupar su lugar.
Gabriel respiró aliviado.
—Lo logramos...
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
El Libro de los Finales empezó a deshacerse.
Sus páginas se convirtieron en polvo luminoso.
Asteria levantó la vista con serenidad.
—Ha cumplido su misión.
Amelia sintió un nudo en la garganta.
—¿Va a desaparecer?
—Sí.
Los libros que cambian el destino solo pueden usarse una vez.
Cuando su historia termina... descansan para siempre.
La última página quedó suspendida en el aire.
Solo tenía una frase.
"El verdadero poder de una historia no está en cómo termina, sino en cómo cambia el corazón de quien la lee."
La página se convirtió en un pétalo blanco y cayó lentamente sobre la mano de Amelia.
En cuanto la tocó, desapareció.
La biblioteca comenzó a transformarse.
Las paredes oscuras se llenaron de luz.
Las ventanas dejaron entrar el amanecer.
Por primera vez en siglos, el edificio parecía lleno de vida.
Gabriel se acercó a Amelia.
—Tu abuelo estaría muy orgulloso de ti.
Ella sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
—Todo empezó porque él me enseñó a amar los libros.
Helena colocó una vieja llave sobre el mostrador principal.
Era la llave de la biblioteca.
—Ya es hora.
Amelia la observó.
—¿Hora de qué?
Helena sonrió.
—De que ocupes el lugar que siempre fue tuyo.
Amelia tomó la llave.
En ese mismo instante, todas las almas de la biblioteca aparecieron entre las estanterías.
Eran cientos.
Quizá miles.
Todos comenzaron a aplaudir.
No por haber vencido al mal.
Sino por haberles devuelto sus historias.
Mientras los aplausos llenaban la biblioteca, una pequeña niña entró por la puerta principal.
Tendría unos ocho años.
Llevaba un libro muy viejo entre las manos.
Miró a Amelia y preguntó con una sonrisa tímida:
—Disculpe... ¿podría ayudarme a encontrar una historia?
Amelia sonrió.
Abrió la puerta de la biblioteca de par en par y respondió:
—Claro. Aquí siempre habrá una historia esperando por ti.
Y, mientras el sol iluminaba los estantes repletos de libros, comprendió que algunas bibliotecas no solo guardan historias.
También guardan esperanza.
Porque mientras exista alguien que abra un libro con ilusión... ninguna historia estará verdaderamente perdida.