La Biblioteca de las Sombras

Prólogo: Una Colección Peculiar

“Enter the realm of illogical longings

Dreams are the law here and Reason is yielding”

— "Interestellar Madness", Moonlight Haze

Para las mentes curiosas, hambrientas de conocimiento y asediadas por interrogantes; una biblioteca tradicional es un auténtico santuario. Pero las almas errantes, aquellas soñadoras, incomprendidas e intrépidas; todas ellas encuentran su refugio en La Biblioteca de las Sombras.

En este inusual lugar, espacio y tiempo desafían la realidad que concebimos. Pasando la estancia, los imponentes anaqueles que se alzan entre largos corredores, son devorados en la lejanía por una inquietante penumbra. Aquí se alberga una aberrante cantidad de libros únicos en su especie: entre los más destacados están aquellos que guardan las historias más inverosímiles, algunos contienen las que alguna vez fueron imaginadas pero no contadas… Otros permanecen en blanco, listos para escribir las historias que no se han pronunciado; ahí yacen, esperando que sus protagonistas crucen el umbral de esta biblioteca sin igual.

Sus pasillos son custodiados por Elara. Una elegante dama de juventud atemporal, dotada con ojos ambarinos que le permiten ver más allá del presente, acentuando con fulgor su inquisitiva mirada. La palidez de su rostro contrasta con una cabellera tan oscura como un río a la medianoche, serpenteando sobre hombros y espalda. Su andar es de una gracia silente, sin ser notada pero siempre presente. La oscuridad de la biblioteca, esa que ansía fundirse con sus atavíos decorados con destellos carmesí, cede ante la luz de su ornamentada linterna. Aún con todo esto, lo más interesante de ella es su voz; no importa qué tan lejos se encuentre, apenas sus labios pronuncian algo, se escucha como si te lo susurrara al oído; un murmullo que surca la tranquilidad del lugar, hasta perderse en aquellos misteriosos rincones que solo su guardiana conoce.

—¡Bienvenido, forastero! —Como el primer acorde que define una melodía, su voz se manifestó en la lejanía.

Pasos amortiguados por alfombras, el tímido golpe de la taza contra el portavasos, hojas que susurran al cambiar, el sordo eco de los libros al cerrarse; estos son los sonidos habituales que amenizan la calma de la biblioteca. No todos los días una voz rasgaba la calma.

¿Quién era el forastero? ¿Por qué era bienvenido?




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