“Save me, come closer whisper my true name
And become all soothing rain.”
— "Moonlight Rendezvous", Beast in Black
El sol aún no despuntaba, la primera de tantas alarmas no había sonado cuando algo interrumpió el sueño de Lyra.
«Despierta.»
Era la mañana del noveno día del séptimo mes, cuando esa voz resonó en su interior por primera vez. No pertenecía a conocido alguno pero le resultaba cálida y confortable, como si fuera de alguien que la procura; incluso se pronunció con gentileza para no alterarla. Como todas las mañanas, Lyra se encontraba sola en su apartamento.
Su rutina era la misma. Salir al balcón para despertar con el aire de un nuevo día, diez minutos de activación física, un baño caliente y desayuno frugal; llegar a tiempo al trabajo, a su amplia oficina, donde es tan respetada como reconocida en todos los niveles. Había logrado lo que muchos anhelan, al costo de ignorar los deseos que alguna vez tuvo.
Su vida era la de alguien que la sociedad consideraría exitosa: tenía estabilidad, tranquilidad, las cosas marchaban bien y eso, en algún momento le hizo pensar que tomó el camino correcto; podía viajar de manera frecuente, aunque no había con quien compartir anécdotas o forjar recuerdos; podía comer lo que le apeteciera, sin tener con quien hacer sobremesa. La soledad no era algo que le incomodara o le impidiera hacer las cosas, pero en determinados momentos no habría despreciado una buena conversación.
La tecnología avanzaba a ritmos frenéticos, la sobre conexión despojaba a las personas de su propia humanidad, convirtiéndolos en seres carentes de empatía.
El día y la noche no presentaban diferencias significativas. El sol casi no se veía, el clima constantemente nublado, el smog y los imponentes edificios impedían sentir su cálido abrazo; sabían que se había ocultado cuando era reemplazado por el deficiente alumbrado público, las luces de negocios, anuncios y edificios. Ya sea que hablemos del aire, los sonidos, las luces de la gran urbe; se trata de un entorno en todo sentido poluto. Esta es la época a la que Lyra Nova pertenecía.
Su refugio se encontraba en una colección de libros que perteneció a su abuelo; una cuidadosa selección de historias capaces de transportarla a todo tipo de lugares, auténticas máquinas del tiempo con las que conocía las diferentes épocas alguna vez recorridas por la humanidad. Las gastadas páginas de sus libros favoritos, daban testimonio de las tantas veces que se había perdido en sus letras; mientras que otros permanecían vírgenes, esperando que estuviera lista para nuevas travesías. Pudiendo pagar por cualquier destino que ella quisiera, ninguno le resultaba más fascinante que el que podía conocer a través de las hojas.
A donde fuera, un libro iba con ella. Leía tanto en la terraza de su apartamento como en su cafetería favorita; en el trabajo evitaba comer acompañada para devorar sus libros y nutrir su mente, si se desplazaba en tren era únicamente para leer durante el trayecto. Gracias a los libros viajaba durante sus viajes, toda oportunidad era bien aprovechada.
Desde la primera ocasión que escuchó la voz, comenzó a hacerlo con mayor frecuencia. Cuando más concentrada estaba, creía ser llamaba, lo que al principio considero un sueño, empezó a manifestarse durante el día; pero las palabras apenas resultaban audibles, no formulaban frases completas.
En cuanto se percataba de la voz, esta se callaba; contrario a sus más profundos sueños, donde juraba que la escuchaba con mayor claridad, aunque al despertar olvidaba lo que dijo. Había algo en esa voz que, lejos de causarle terror, le daba tranquilidad a Lyra, la hacía sentirse segura; durante esos breves momentos la soledad se alejaba de ella… Sentía que alguien la buscaba y ella quería ser encontrada.
En el pasado había intentado congeniar con alguien fuera del ámbito laboral, más allá de la amistad; sin embargo el entorno hacía proliferar la banalidad. No encontraba alguien que realmente quisiera escuchar lo que opinara o pensara, nadie que tuviera un genuino interés en su persona, o que fuera capaz de ofrecer un tema de conversación ameno, mucho menos digno. Todos sus intentos la llevaron a encontrarse con personas superficiales, vacías o carentes de cultura; más interesadas en la inmediatez, en lo que estaba de moda ver o escuchar, y acostumbradas a desechar objetos y relaciones por igual.
Fue justo en una de esas ocasiones, cuando regresaba de una fallida cita, que la misteriosa voz se manifestó con mayor intensidad. Estaba por cruzar la calle pero claramente la escuchó a su lado derecho, en esa dirección no había nadie. Ni tampoco algo que la advirtiera del peligro, solo un camino menos transitado. Instintivamente se desvió en esa dirección, movida por la intriga y dispuesta a ponerle fin.
Continuó avanzando con nuevo rumbo, sin destino conocido. La voz se detenía mientras caminaba, por lo que ella seguía la línea más recta que las intrincadas calles le permitían andar. Cambiaba de dirección únicamente cuando la escuchaba, siempre moviéndose hacia donde creía que provenía el llamado, como si la recepción del mensaje mejorara al tomar la senda adecuada.
Fue de esta manera, siguiendo el rastro de ese murmullo que solo ella podía escuchar, que llegó hasta la fachada de un curioso lugar. Incrustadas en la pared, unas luces neón dejaban leer:
“Bibliothèque des Ombres”