“Feeling lonely, feeling sad, she cried in the moonlight
driven by a world gone mad, she took a flight.”
— "Shadow of the Moon", Blackmore’s Night
Con métodos más adecuados a su época, Lyra obtuvo el mismo resultado. Aquella persona enfocada y dedicada, con su agenda cuidadosamente organizada, se encontraba a sí misma dispersa en las juntas, incapaz de concentrarse más de diez minutos en una sola actividad. Bajo otras circunstancias le resultaría un fastidio, pero el solo recordar la voz de Cassian despertaba en ella un terrible anhelo.
Con el dispositivo de su muñeca consultó a detalle los alrededores de su oficina, por lo que recordaba, la biblioteca no podía estar a más de diez minutos a pie. La aplicación no señalaba siquiera una librería; las cafeterías y casas de té cercanas las había reseñado ella misma, y tampoco indicaba puntos de interés que pudiera asociar. Preguntó a su asistente virtual e incluso a los snobs del café (de esos había muchos en su trabajo); ninguno mencionó algún lugar desconocido para ella.
Contraria a su costumbre ese día canceló sus juntas, dándose a la tarea de buscar el lugar aunque tuviera que hacerlo a pie.
Las calles de la ciudad estaban siempre vivas, si es que se le puede llamar vida al estado vegetativo de sus habitantes. Quienes iban a pie, y podían costearlo, en todo momento usaban lentes de realidad aumentada para escapar del entorno decadente.
Según la temática elegida por el usuario, a través de sus gafas no veían calles deprimentes sino senderos empedrados, los arroyos vehiculares simulaban canales con góndolas en lugar de los vehículos habituales. Los cruces peatonales lucían como puentes levadizos que, en sincronía con los semáforos, subían o bajaban para indicar el momento adecuado para cruzar; incluso las personas alrededor se mostraban con atavíos adecuados al escenario. Todo el entorno era reinterpretado al grado de que los audífonos alteraban los sonidos captados por el micrófono de sus dispositivos; este último detalle haría la fantasía más inmersiva de no ser por los olores propios de la urbe.
Alguna vez Lyra probó el servicio, primero con la beta de acceso anticipado, luego con una versión “Acceso Total” (nada barata) que ponía a su disposición un amplio catálogo de temáticas; en ambos casos su experiencia le pareció inferior a la interpretación de mundos que nacía de sus lecturas constantes. Para ella ir de su apartamento a la oficina era una cruzada, su bolsa contenía su inventario y la ropa representaba su equipo; las instalaciones eran su gremio y los proyectos que gestionaba se trataban de misiones primarias y secundarias.
Su andar libre de las ataduras tecnológicas le aseguraba no pasar por alto cualquier detalle que revelara la ubicación de la biblioteca. Su firme resolución la llevó a recorrer cada rincón del Distrito Financiero. Sin importar lo poco transitada que estuviera una calle o lo sucio que se presentara un callejón, los recorrió todos hasta que sus pies exigieron descanso. Aunque de excelentes materiales y de plantilla acolchada, su calzado no estaba diseñado para semejantes andanzas.
Era necesario detenerse un momento, ordenar sus pensamientos, recobrar fuerzas. Tras haber caminado con más propósito que rumbo, una consulta a su dispositivo fue suficiente para orientarse de nuevo. A seis cuadras de su posición ubicó una cafetería que frecuentaba por su variedad de postres. El mapa señalaba una más cercana pero concurrida, eso sin mencionar su café quemado que parecía la especialidad de la casa, por lo que se motivó a caminar un poco más.
El sonar de la campanilla tras la puerta iluminó el rostro del encargado, quien suspendió abruptamente su lectura dejando el libro sospechosamente cerca de la registradora. Tomó dos trapos limpios, humedeció uno para limpiar la barra a profundidad y con el segundo la secó de inmediato, lo hizo tan rápido y con tanto esmero que al terminar sus ojos quedaron ocultos tras mechones marrones. Era como si una celebridad o el mismo dueño del lugar acabara de llegar.
A Lyra le punzaban los pies de tal manera que estuvo a punto de sentarse en el primer lugar disponible pero ella, de hábitos solemnes, hizo un esfuerzo adicional por ocupar el asiento al final de la barra, siendo el menos concurrido por el ruido de la cafetera pero también el más cercano a Roman, su barista de confianza. Había probado todos los postres disponibles, siempre iba sola y, sin excepción, elegía el mismo asiento. Con todo esto Roman se había convencido a sí mismo de que él era uno de los motivos por los que iba con regularidad.
La realidad es que Lyra prefería el ruido de la máquina que las triviales conversaciones ajenas, además de que podía vigilar con discreto recelo la preparación de su bebida. Antes de sumergirse por completo en la lectura alzaba la vista con disimulo, cuidando, entre otras cosas, que el grano se moliera al instante.
Agotada, confundida y consternada, ya ocupaba su lugar pero aún no ordenaba.
—Qué gusto que hayas regresado. Tu café está listo. —La taza fue servida con una cálida sonrisa, enmarcada por una barba perfectamente recortada.
—Gracias, pero ni siquiera he pedido algo.
—No hace falta: americano, un shot de espresso y media cucharada de crema.
—¿Tan predecible soy? —Gratamente sorprendida, extendió su muñeca para que le cobraran.
—Ah, no te preocupes, yo invito la primera ronda.