Lía estaba muriendo. Otra vez.
Lo supo incluso antes de abrir los ojos.
El aire le ardía en los pulmones como si respirara ceniza. Cada intento por tomar una bocanada más profunda terminaba en un gemido ahogado, en una presión insoportable contra su pecho. Había humo. Mucho humo. Y un olor metálico, denso, que se le pegaba a la garganta.
Alrededor, voces. Gritos distorsionados. Pasos que corrían sin dirección.
—Lía… —susurró alguien, muy cerca—. No te duermas.
Ella intentó girar la cabeza, pero el cuerpo no le respondió.
Estaba tirada sobre un piso helado. Piedras. Tal vez mármol. O cemento. No lo sabía. No importaba. Sus manos estaban húmedas. Cuando las levantó apenas unos centímetros, vio rojo.
Sangre.
Su sangre.
—Tomás… —murmuró sin entender por qué ese nombre salía de su boca.
No recordaba haberlo aprendido. No sabía quién era.
Pero lo necesitaba.
Un rostro apareció sobre ella, borroso, temblando. Ojos oscuros. Desesperados.
—Perdóname —decía él—. Perdóname, por favor.
Lía quiso decirle que no importaba.
Que no dolía tanto.
Que ya estaba acostumbrada.
Pero no pudo.
El mundo se apagó en un parpadeo.
Se despertó jadeando.
El pecho subiéndole y bajándole con violencia, como si acabara de salir del agua después de estar demasiado tiempo sumergida. Las sábanas estaban enredadas alrededor de sus piernas y la almohada empapada de sudor.
Era de madrugada.
La luz azulada del celular marcaba las 3:17 a. m. Otra vez.
Lía se llevó una mano al pecho.
Su corazón latía demasiado rápido.
Demasiado fuerte.
Como si todavía estuviera muriendo.
—Solo fue un sueño… —murmuró, aunque no se creyó ni una palabra.
Nunca eran solo sueños.
Nunca lo habían sido.
Se sentó en la cama, apoyando los pies descalzos sobre el piso frío. Permaneció así varios minutos, respirando lento, intentando que la sensación de pérdida se disipara.
No lo hizo.
Seguía sintiendo la culpa.
Seguía escuchando ese “perdóname”.
Seguía viendo esos ojos.
Desde que tenía memoria, Lía soñaba con muertes que no le pertenecían.
A veces era un accidente.
A veces una enfermedad.
A veces una bala.
A veces fuego.
Siempre ella.
Siempre muriendo.
Siempre alguien llorando por ella.
Y siempre, en algún rincón de la escena, el mismo chico.
El mismo rostro. ¿Tomás?. Aunque nunca lo hubiera visto despierta.
Se levantó y fue hasta la cocina.
El departamento estaba en silencio. Demasiado. Vivía sola desde hacía dos años, pero aún no se acostumbraba a esa quietud que parecía observarla.
Se sirvió un vaso de agua.
Le temblaban un poco las manos.
Mientras bebía, miró su reflejo en la ventana: cabello oscuro, ojeras suaves, piel pálida. Una chica común. Demasiado común para cargar con recuerdos que no eran suyos.
Regresó a su habitación y abrió el cuaderno que guardaba en el cajón.
El de tapas negras.
El que nunca le mostraba a nadie.
Lo abrió por una página al azar.
¿La letra era suya?.
Pero no recordaba haber escrito nada de eso.
“En esta vida también llegué tarde.”
“Te busqué entre ruinas.”
“Otra vez no supe salvarte.”
Lía cerró el cuaderno de golpe.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué me pasa…? —susurró.
No tenía respuesta.
Nunca la tenía.
Al día siguiente, el cielo estaba cubierto de nubes bajas cuando salió rumbo a su nuevo trabajo.
Una biblioteca.
Eso decía el aviso.
Aunque nunca había escuchado hablar de ella.
No tenía página web.
No tenía redes.
No tenía referencias.
Solo una dirección escrita a mano.
Y una llamada extraña.
—Usted puede ayudarnos —le habían dicho—. Lo sabemos.
No habían explicado por qué.