LA BOCA DEL LOBO
Prólogo
Por LibrosLoren
Aunque tenía nombre de ángel, más bien parecía un demonio.
Era como si en su mirada estuviera el mismo infierno abriéndome las puertas. Y yo no sabía si debía entrar o detenerme. Había algo en él que me llamaba, una fuerza absurda que me empujaba hacia donde cualquier persona sensata habría tenido miedo de acercarse.
Ángel Gael.
Qué ironía.
Un nombre tan bonito para alguien que parecía haber nacido para destruir todo lo que tocaba.
La primera vez que lo vi, estaba apoyado contra su automóvil negro, con un cigarrillo entre los labios y los tatuajes extendiéndose por su cuello, perdiéndose bajo la tela oscura de sus pantalones. Tenía esa clase de belleza que no necesitaba sonrisas para llamar la atención. De hecho, creo que nunca lo vi sonreír de verdad.
A su alrededor estaban los otros tres: Max, Emiliano y el cuarto integrante de aquella pandilla de idiotas atractivos que parecían convencidos de que el mundo les pertenecía.
Todos eran guapos, sí.
Pero Gael era diferente.
No porque fuera el más amable. Ni el más inteligente. Mucho menos porque tuviera algo bueno que ofrecer.
Era diferente porque parecía no tenerle miedo a nada. Ni a las consecuencias, ni a las personas, ni siquiera a sí mismo.
Y yo, que hasta entonces creía conocer la diferencia entre un hombre peligroso y uno que simplemente quería aparentarlo, estaba a punto de descubrir que había cosas que una no debía averiguar por curiosidad.
Mucho menos por despecho.
En aquel entonces tenía novio. Un novio al que creía amar, uno de esos hombres que te prometen el mundo mientras esconden la basura debajo de la alfombra. Nunca imaginé que terminaría convirtiéndome en la protagonista de una humillación que otros encontrarían divertida.
Tampoco imaginé que, después de descubrir su traición, mi orgullo me conduciría directamente hacia el único hombre que jamás debí mirar dos veces.
Ángel Gael.
Él ya me había advertido, aunque yo todavía no lo sabía.
No con palabras bonitas. No con una de esas confesiones dramáticas que aparecen en las películas cuando el protagonista intenta salvar a la chica de sí mismo.
No.
Gael no salvaba a nadie.
Él te miraba a los ojos, te dejaba descubrir por tu cuenta lo que podía ofrecerte y esperaba a que fueras tú quien cometiera el error.
Y yo lo cometí.
Lo hice cuando acepté su invitación.
Cuando me subí a su automóvil.
Cuando confundí su interés con algo que podía llegar a parecerse al cariño.
Lo hice cada vez que me repetí que, detrás de aquella mirada fría, tenía que existir un hombre capaz de quererme.
Porque una puede engañar a todo el mundo. Puede fingir que no le importa, que solo busca divertirse, que tiene el corazón intacto y que sabe exactamente cuándo marcharse.
Pero hay mentiras que una termina creyéndose.
La mía fue pensar que podía acostarme con el diablo y despertar siendo la excepción.
Gael nunca me prometió amor.
Nunca me dijo que sería mía, que iba a cuidarme o que algún día dejaría de mirar a otras mujeres. Nunca me pidió que lo esperara ni me juró que sería diferente conmigo.
El problema fue que tampoco necesitó hacerlo.
Le bastó con mirarme de cierta manera.
Con pronunciar mi nombre cuando ya estaba demasiado cerca.
Con aparecer cuando empezaba a olvidarlo y desaparecer justo cuando creía haber encontrado un lugar en su vida.
Y así, sin darme cuenta, dejé de preguntarme cómo vengarme de mi exnovio.
Empecé a preguntarme cómo conseguir que Gael me eligiera.
Qué estupidez, ¿verdad?
Querer ser especial para un hombre que trataba a todas como si ninguna pudiera serlo.
Pero yo todavía no conocía la peor parte de aquella historia.
Aún no sabía lo que se sentía verlo marcharse después de haberme tenido entre sus brazos. Ni lo que dolía escuchar su nombre en boca de otra mujer. Ni la vergüenza de fingir indiferencia cuando, por dentro, una sola mirada suya bastaba para desarmarme.
Todavía no sabía que iba a aprenderme de memoria sus silencios.
Que terminaría buscando respuestas en cada cigarrillo consumido, en cada llamada sin contestar, en cada noche en la que su ausencia pesaría más que cualquier insulto.
Y, sobre todo, todavía no sabía que Ángel Gael podía mirarme como si me deseara con cada parte de su cuerpo y, aun así, no sentir absolutamente nada por mí.
Porque el deseo no era amor.
Y yo iba a pagar muy caro haber confundido ambas cosas.
Dicen que hay amores que te salvan.
El mío tenía tatuajes, conducía un automóvil negro y llevaba el infierno escondido detrás de una sonrisa que casi nunca mostraba.
Yo no fui la mujer que consiguió cambiarlo.
Fui la idiota que entró voluntariamente en su mundo creyendo que podía salir ilesa.
Y cuando finalmente comprendí que estaba perdida, ya era demasiado tarde.
Porque el problema de meterse en la boca del lobo no es que la bestia tenga hambre.
Es que, a veces, eres tú quien termina rogándole que no te suelte.
Y yo…
Yo todavía no sabía cómo dejar de rogarle.