Elizabeth oraba con desesperación, su voz temblaba mientras sus labios repetían plegarias dirigidas a Lucifer. Sus manos, entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se tornaron blancos, descansaban sobre su pecho. La bata del hospital apenas la protegía del frío de la azotea; el viento la golpeaba sin piedad, haciendo que todo su cuerpo temblara.
Sus ojos permanecían cerrados con fuerza, como si temiera que al abrirlos él no estuviera ahí. Como si el mundo pudiera desmoronarse aún más.
—Amén —susurró al final, dejando escapar un hilo de aire que se perdió en la oscuridad.
No abrió los ojos. Permaneció inmóvil, respirando como si cada exhalación fuese una súplica.
—No temas —la voz profunda retumbó detrás de ella—. Jamás podría dejarte atrás. Nunca negaría tus plegarias.
Elizabeth inhaló de golpe. Abrió los ojos.
—Lucifer… —giró lentamente. Al verlo, su cuerpo entero vibró—. Estás aquí.
Se puso de pie, temblando, y sin pensarlo se lanzó a sus brazos. Lo sujetó con desesperación, como si temiera que desapareciera en cualquier momento. Él tomó su rostro entre las manos, y ninguno necesitó decir nada. Ambos conocían esa necesidad desde siempre. Sus labios se encontraron.
El beso ardió, tan intenso que quemó el frío de la noche. Su corazón se desbocó. Dos minutos, quizá más, antes de que Elizabeth se apartara apenas.
—¿Cómo pude olvidar? —susurró con una voz más débil que la suya habitual.
—Porque yo así lo quise —admitió Lucifer, sin suavizar nada.
—Y… Nathaniel. ¿Por qué es igual a ti?
Lucifer soltó una pequeña risa, aunque había cansancio en ella.
—Supongo que traes el gusto de fábrica.
—Idiota —murmuró, aunque sabía que tal vez no estaba equivocado.
Elizabeth bajó la mirada hacia el anillo en su mano. El gesto le dolió. Dio un suspiro cansado, apretó los puños y alzó la mirada hacia él, con una intensidad que lo obligó a sostenerla.
—¿Por qué no me dijiste que amaste a Dios?
La sonrisa de Lucifer se desvaneció. Su rostro quedó inmóvil.
—¿Cómo sabes eso? —intentó disimular, pero su voz tembló.
—Lo soñé —susurró ella.
Él cerró los ojos un instante antes de admitirlo:
—Fue mi primer amor.
El silencio se extendió entre ambos. El viento volvió a golpear a Elizabeth, haciéndola estremecerse. Ella apretó más la chaqueta que había tomado del hospital.
—Lucifer… explícalo. Por favor.
—¿De verdad crees que este es el mejor momento? —bufó con frustración—. Estás prometida.
—No. La Elizabeth que tú creaste con recuerdos falsos está prometida con un hombre que, curiosamente, es casi una copia tuya. ¿Eso es real?
—Tanto como tú —respondió él, con una honestidad que dolía.
El silencio volvió a caer.
Elizabeth abrazó su propio cuerpo, temblando. Sus dientes castañearon.
—¿Por qué está pasando todo esto? —preguntó con la voz quebrada por el frío y por todo lo que no entendía.
Pero la respuesta no vino de Lucifer.
—Por mi debilidad.
La voz llegó antes que la figura. Katherine apareció detrás de él. Su cabello estaba más corto, sus ojos apagados, sin brillo. Por primera vez, se mostraba tal como se sentía: roto.
—Permití que mi miedo fuera más grande que mi amor —continuó el, avanzando con pasos lentos—. Y no me di cuenta hasta que ya era demasiado tarde.
—Ataste mi destino sin que yo lo quisiera —escupió Elizabeth, avanzando hacia él—. ¿Cómo puedes llamarte sabio? Me arrancaste mi propia vida, mi libertad, mi voluntad. Y después… después de dejar que me obsesionara con Lucifer, te entrometiste para separarnos.
—¡Porque creí amarlo yo también! —la voz de Dios estalló como un trueno, no la voz suave que usaba con Katherine, ni la serena con Lucifer. Era su voz verdadera, la celestial, la incuestionable. Un rugido que hizo vibrar la azotea—. ¿Acaso debo ser perfecto? ¿No puedo cometer errores? ¿Por qué debo ajustar mi existir a lo que los humanos decidieron que sería? Un ser supremo incapaz de sentir nada.
El silencio cayó sobre los tres como un manto pesado. Por primera vez, los ojos de Katherine brillaron con lágrimas no contenidas.
—¿Por qué debo perder lo único que alguna vez he querido realmente? —su voz se quebró apenas.
—¡Porque tú lo desechaste! —Elizabeth explotó, incapaz de contener todo lo que ardía en su interior—. Dejaste que Lucifer se enamorara de alguien más. ¡De mí! No te lo arrebataron… tú lo botaste. ¡Y ahora pretendes que yo renuncie a mi amor sólo porque tú te diste cuenta tarde de que lo amabas!
Lucifer apretó los puños. Dolido. Sabía que lo que Elizabeth defendía… era el amor que Dios había sembrado en ella. Su propio recuerdo disfrazado de destino.
—Porque lo que tú sientes no es tuyo —respondió Dios finalmente, y la lágrima cayó—. Es mi amor. No naciste para amar a Lucifer. Lo amas porque yo lo amé. Sólo eres el recipiente de algo que, como tú misma dijiste… deseché.
—¡Basta! —gruñó Lucifer, pero fue inútil. Era tarde. Elizabeth ya lo había entendido.
Ella lo miró. Y en sus ojos se rompió algo.
—¿Yo no te amo…? —su voz tembló como si el alma se le fracturara—. ¿Lo que tú sientes por mí es solo el recuerdo de Katherine… cierto?
Lucifer no respondió.
Ese silencio… ese silencio la destruyó más que cualquier palabra.
Elizabeth tragó aire, su respiración se volvió un jadeo ahogado. Dio un paso atrás y luego miró a Katherine con una fuerza que ni ella sabía que tenía.
—Quítamelo —gruñó con furia contenida—. ¡Quitarme lo que no me corresponde!
Katherine no dudó ni un respiro. Dio un paso hacia Elizabeth y, como si atravesara un velo invisible, su mano se hundió en el pecho de la joven.
Elizabeth sintió cómo su alma se desgarraba. No fue dolor físico; fue el tipo de dolor que quiebra universos. Gritó, tembló, trató de mantener el aire en los pulmones mientras lágrimas calientes resbalaban por su rostro, pero no retrocedió. No esta vez. No cuando por fin entendía la verdad.