La Boda Del Diablo

CAPITULO 27: ENTRE ANGELES Y DEMONIOS.

—Qué repulsión… —escupió Miguel antes de lanzar una fuerte patada que hizo a Gabriel retroceder varios pasos.

—¡Basta! —Gabriel extendió las manos para detenerlo, su voz firme pero suplicante—. Tu comportamiento no es digno de un arcángel y lo sabes.

—¿Cómo puedes decir eso? —rugió Miguel, sus alas erizadas—. ¡Dios prometió traer a Lucifer de regreso al Reino si él lo deseaba!

—Debes soltar esa idea —insistió Gabriel, con paciencia desesperada—. ¿Acaso quieres caer al infierno?

Los ojos de Miguel ardieron con furia.

—Lucifer cometió traición. Debe quedarse ahí. ¡No puede volver!

—Miguel, por favor, razona —Gabriel dio un paso más, pero no logró acortar la brecha entre ellos.

La respuesta no vino de Miguel.

—¿Y por qué debería hacerlo? —la voz profunda de Belcebú resonó desde la puerta del Reino, vibrante, casi burlona—. Es más divertido actuar por impulso… sentir esa adrenalina de no saber si es verdad o mentira.

Gabriel se giró de inmediato, poniéndose frente a Miguel como si pudiera protegerlo.

—¿Qué dices? —su voz se tensó.

Belcebú sonrió, inclinando apenas el rostro como un depredador que examina a su presa.

—Oye, Miguel… ven —alargó la mano con tranquilidad venenosa—. Yo puedo ayudarte a destruir a Satán.

En su palma apareció una espada negra, profunda como un pozo sin fondo. Goteaba sangre fresca, demasiado fresca para ser simbólica. La empuñadura, de oro y plata, grabada sobre ella, una letra “M”.

Un arma forjada para un único dueño.
Una tentación hecha a medida.

Miguel tragó saliva, paralizado por la visión de aquello que había deseado sin atreverse a admitirlo.

Las gotas llamaron más su atención cuando mancharon los zapatos de Belcebú.

—No necesitas hacer nada más, solo atravezar a Lucifer con esta espada, y finalmente, seremos libres.

—Miguel— Interrumpió Gabriel —Si lo haces, serás aventado a las llamas de su reino.

Aquel arcangel no contestó, pero sonrió mientras se acercaba y tomaba la espada antes de devolver la mirada al otro.

—Si ese es el precio, porque al fin podamos deshacernos del mismo Satan— la levantó mientras sus alas se volvían negras —Que así sea.

—Arrepientete, vuelve y pide perdón, antes de que sea tarde.

—¿Pedir perdón?— sonrió con algo de malicia —Oh no querido Gabriel, hoy al fin nace quien pondrá a Satán en su lugar.

Dicho eso, y como si fuera una broma pesada del destino, Belcebú desapareció… llevándose a Miguel con él.

Gabriel apenas alcanzó a extender una mano antes de que el vacío lo envolviera. Tensó las alas, su pecho subió y bajó con violencia, y miró a ambos lados como si el arcángel pudiera simplemente aparecer entre los ecos.
Pero no.
Miguel realmente había desaparecido.

---

—Los años pasaron tan rápido… que no vimos venir todo esto —la voz de Marie temblaba con una culpa que parecía acumular siglos.

Nathaniel, con el corazón hecho astillas, observaba a Elizabeth llorar por otro hombre.
Un hombre que no era él.
Un amor que nunca había sido suyo.

—¿Es demasiado complicado? —preguntó por fin, su voz rota pero llena de ternura.

Elizabeth levantó la mirada apenas, y la forma en que su rostro se estremeció fue suficiente para quebrarlo aún más.

—Eres un hombre creyente, Nathaniel… inocente, con una sonrisa que ilumina todo —susurró ella, con un hilo de voz—. ¿Cómo pudiste caer en las garras de una pecadora como yo?

El silencio que siguió fue insoportable.
Era tan denso, tan lleno de dolor, que podía escucharse cada respiración.
Los sollozos ahogados de Elizabeth, la tensión en los hombros de Marie, y el latido acelerado de Nathaniel mientras estrechaba a Elizabeth contra su pecho.

—Mi amada Ely… —murmuró él, tomando su mano con una delicadeza que la hizo tensarse por completo. No por miedo… sino por la extraña calma que él le traía incluso en ese caos—. Cuéntamelo.
Su tono era firme, pero jamás cruel. Solo un hombre que, pese al dolor, quería comprender.

Elizabeth se incorporó lentamente. Tomó el pañuelo que Marie le ofreció y secó sus ojos hinchados, su nariz roja por el llanto. Inhaló una enorme bocanada de aire, tan grande que por un segundo sintió una chispa de paz.

—La historia de Dios y Lucifer no es lo que creemos… —empezó, con la voz temblorosa—. Y lo que voy a decir no debe salir de esta habitación.

Miró hacia la puerta, asegurándose de que estuviera cerrada.

Entonces, con un peso milenario sobre los hombros… comenzó a contar aquella historia.

Los ojos de Nathaniel jamás se apartaron de Elizabeth.
La observó con una atención casi reverente: cada gesto, cada temblor, cada sombra que cruzaba su mirada mientras hablaba.

Poco a poco, mientras escuchaba, entendió algo que no esperaba comprender.

Elizabeth no solo cargaba dolor.
No solo llevaba miedo ni confusión.

Llevaba amor.
Amor antiguo, absoluto.
Una entrega tan grande que parecía no caber en un cuerpo humano.

También llevaba piedad.
Y culpa.
Y un anhelo que dolía solo de mirarlo.

Y Nathaniel… la admiró más por eso.
Por su fuerza.
Por su fragilidad.
Por la nobleza con la que sostenía un amor tan imposible.

Claro que a él le dolía.
Mucho.
Pero no por eso dejó de verla como lo que siempre había sido para él: un milagro.

Sin embargo, cada vez que su voz temblaba al pronunciar el nombre de Lucifer, Nathaniel lo notó.
Ese brillo.
Ese temblor casi imperceptible que solo se tiene al hablar del verdadero amor.

Comprendió, con tanta claridad que casi lo derrumbó, que la mujer que llevaba su anillo…
estaba profundamente enamorada de alguien más.

No la interrumpió ni una sola vez.
Solo la escuchó.
Solo la miró.
Solo la amó en silencio, incluso mientras su corazón se partía.

Cuando Elizabeth finalmente terminó, Nathaniel sonrió.
Una sonrisa rota, sí.
Dolida, también.
Pero limpia.
Pura.




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