La Boda Del Diablo

CAPITULO 28: LA GUERRA SIN NOMBRE

Habían pasado ya dos semanas desde la muerte de Nathaniel.

Dos semanas desde que la herida quedó abierta, sin posibilidad de cerrarse.

—Señorita Elizabeth... —dijo Marie en voz baja.

Era la primera vez que se dirigía a ella de ese modo desde que había conocido la verdad.
Elizabeth cerró los ojos un instante.

—Soy tu madre —respondió con tono seco—. Todo volvió a la normalidad cuando desperté... pero los papeles de adopción siguen vigentes. Legalmente, sigues siendo mi hija.
La niña apretó los puños.

—No quería que esto pasara... —sollozó—. Yo solo... quería que fuéramos una familia.
Elizabeth respiró hondo. Su expresión se suavizó apenas.

—Marie... —suspiró, forzando una sonrisa—. Eres mi hija. Siempre lo has sido.
Pero hacerlo así... —bajó la mirada— me hace sentir que traiciono a Melody.
Marie tragó saliva antes de hablar.

—Amé a mi madre —dijo con voz temblorosa—. Pero... ¿cómo sentir que lo fue de verdad cuando todo fue tan complicado? —exhaló, agotada—. Apenas recuerdo su rostro por las fotos de la casa. Mi corazón está roto. Perdí a mi madre... y a un hermano que nunca conocí.
—La miró con miedo—. ¿Está mal que quiera como madre a quien siempre vi como mi madre?
Elizabeth no respondió de inmediato.

Se inclinó lentamente frente a la lápida fría donde yacía el cuerpo de Nathaniel.
Su nombre tallado parecía gritarle culpas que no podía cargar.
Su alma atrapada.
Y ella... sin fuerzas.

—No —murmuró al fin, con la voz rota—. No está mal.
Marie alzó la mirada.

—Pero es difícil —continuó Elizabeth—. Hay cosas que no quería que cambiaran. Y si no hubiera recordado... —cerró los ojos— aún seguiría atada a ese hombre... que dio su vida por salvarnos.
Marie guardó silencio.

Solo observó la lápida.

Entonces, una presencia imposible se impuso sobre el aire.

—Sí.

La voz celestial chocó contra ellas como un eco que no pertenecía al mundo.

Elizabeth alzó la vista de inmediato.

Dios estaba allí.

Había retomado su forma masculina. En su mano, una daga brillaba con un fulgor inquietante.
Detrás de él, Lucifer y Belial observaban en silencio, tensos, atentos a cada movimiento.

—Elizabeth —continuó Dios—. Como sabes, Miguel empuña ahora la Espada de Sangre. Está corrompido por Belcebú y Leviatán.

—Su mirada se endureció—. Ambas corren peligro.

—No —interrumpió ella con firmeza—. Ya no confiaré en ustedes.

—Se puso de pie, colocándose frente a Marie—. ¿Por qué debería hacerlo?

—Porque no mienten.

La voz conocida surgió a un costado.
Elizabeth giró la cabeza.

—No solo tú estás en peligro —añadió el pelirrojo—. Miguel las está buscando. Quiere matarlas a ambas... y mientras lo hace, está llenando esa espada con almas inocentes.

Elizabeth lo recorrió con la mirada, de arriba abajo.

—Gilbert...

—Ya no es Gilbert —aclaró Astaroth, colocándose a su lado—. Su nombre es Milo.
El silencio que siguió fue espeso.

Lucifer dio un paso al frente, con el rostro sombrío.

—No te pedimos fe —dijo—. Te pedimos tiempo. Si Miguel termina de llenar esa espada... nada quedará a salvo. Ni el cielo. Ni el infierno. Ni ustedes.

Marie apretó la mano de Elizabeth con fuerza.

—Mamá... —susurró.

Elizabeth cerró los ojos.

Dos semanas atrás, había perdido a Nathaniel.
Ahora, el mundo volvía a exigirle una elección.
Cuando los abrió, su mirada ya no era la de una mujer rota.
Era la de alguien que había perdido demasiado como para seguir huyendo.

—Si vienen por nosotras... —dijo con calma peligrosa— entonces aprenderán algo que nadie les enseñó jamás.

Lucifer arqueó una ceja.

—¿Y eso es...?

Elizabeth bajó la mirada hacia la tumba.

—Que una madre... —apretó la mano de Marie— ...es capaz de enfrentarse incluso a los dioses.

—La estás poniendo en peligro— Aclaró Dios.

—Nadie mejor que yo para protegerla.

—Yo lo haré — Belial habló por primera vez, camino unos pasos hacia Elizabeth —Yo cuídate de Marie, en el único lugar, donde ninguno de los tres podrá encontrarla.

—no— fue firme, Elizabeth negaba con la cabeza.

—El infierno —habló Lucifer al fin—... solo tiene un lugar que no puede ser tocado.

La forma abrupta en la que interrumpió hizo que Elizabeth levantara el rostro. Hasta ese momento había permanecido en silencio, con los brazos rodeando a Marie, como si al soltarla pudiera perderla.

—¿Y cuál es? —preguntó, aunque una parte de ella ya temía la respuesta.
Lucifer respiró hondo.

—La Torre de Obsidiana de Astaroth.
Por un instante, su mirada se suavizó al posarse en Marie. Era la misma expresión que solía dedicarle desde que todo comenzó: una ternura extraña viniendo del Rey del Infierno, casi impropia. Luego volvió los ojos hacia Elizabeth.

—Es el lugar más seguro del infierno... —dijo con lentitud— pero también...

La pausa se alargó demasiado.

—El más peligroso —terminó Belial sin vacilar, rompiendo el silencio como una hoja afilada.

Elizabeth negó con la cabeza de inmediato.

—Olvídenlo —afirmó con firmeza, apretando la mano de la niña—. No voy a dejar que lastimen a Marie. No voy a permitir que algo le pase por una promesa que ni siquiera entiendo del todo.

Dios dio un paso al frente.

—No es solo eso —aclaró—. Incluso si Marie entra en la torre, Leviatán, Belcebú y Miguel podrían seguirla.
Elizabeth sintió que el pecho se le comprimía.

—Pero... —continuó Dios— la torre no permite que quienes no entren juntos se encuentren dentro. Sus pasillos se separan, se fragmentan. Nadie puede hallar a otro sin haber cruzado la puerta a su lado.

El silencio cayó de nuevo, pesado.

—La Torre fue diseñada para proteger el saber oculto —intervino Astaroth, soltando con cuidado la mano de Milo y acercándose a Elizabeth—. Alberga historias olvidadas, verdades que el universo decidió enterrar... secretos que ni el cielo ni el infierno se atreven a pronunciar.




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