Astaroth apareció frente a su torre junto a su hermano y Marie.
La niña tembló, adolorida y mareada, como si su alma misma estuviera siendo arrancada de su cuerpo. Pero solo fue una impresión. En cuestión de segundos se enderezó y miró al rubio frente a ella.
-Bien, niña... ahora debes escucharme con atención -dijo Astaroth con calma inquietante-. Esta torre es una casa. La casa del príncipe del infierno. Entraremos para enfrentar cosas que nadie debería ver. Pero si superas las pruebas... se convertirá en un verdadero refugio. Y ni siquiera Dios podrá encontrarnos.
-¿Dios es quien llegó con el señor Lucifer... verdad? -preguntó Marie con su voz pequeña, pero firme.
-Así es -respondió Belial en tono bajo mientras abría la puerta -Debemos entrar antes de que sea tarde.
Marie miró hacia atrás una última vez antes de que Belial la empujara suavemente al interior.
Las puertas se cerraron tras ella.
El silencio.
La oscuridad absoluta.
La rubia miró al frente... no había nada. Miró atrás buscando a Belial.
No estaba.
Tragó saliva, pero apenas pudo hacerlo. Sus manos comenzaron a temblar con rapidez, como maracas descontroladas. Todo su cuerpo dolía. Un mareo nauseabundo le subía por la garganta.
-Señor Belial... -susurró intentando ser fuerte- Mamá... quiero volver a tu lado... ya no quiero estar aquí...
Las lágrimas brotaron tan rápido que ni siquiera entendió cuándo comenzaron. Hace un momento se sentía valiente. Ahora era frágil como un cristal.
-Mi Marie...
Ella conocía esa voz.
La había escuchado en sueños. En ecos. En recuerdos que no sabía si eran suyos o prestados.
-Madre... -pronunció temblando.
Una figura comenzó a formarse frente a ella, iluminándose desde su propio cuerpo. Melody.
Era como mirarse en un espejo del futuro: el mismo cabello dorado, la misma sonrisa cálida, la misma suavidad en los ojos.
Un milagro.
-Soy yo, hija mía... te he extrañado tanto. Esperaba que algún día vinieras tú... ya que yo no pude volver por ti.
-No puedo, mamá... ahora vivo feliz con Elizabeth. Ella me cuida con su vida.
-¿Cuida de ti? -repitió Melody con una sonrisa fresca. La sonrisa se torció -¿Cuida de ti? -repitió de nuevo, más dura -Entonces... ¿qué hace mi hija en el infierno? ¿Metida en una torre que puede matarla o tomarla como pago?
-No culparé a Elizabeth. Ni la odiaré. Ella es mi madre también.
-¿Y yo qué soy? -la voz se volvió más afilada- Yo te parí.
-Y me abandonaste... por una promesa incumplida. Por un "volveremos a estar juntas".
-¿Me estás culpando por mi muerte?
Cada palabra sonaba más agresiva.
-No... -dijo Marie, con una serenidad que no parecía propia de una niña- Pero también debes entender que no quiero perderme en el abismo. Te amé. Pero también amo a Elizabeth. Ella me ha cuidado desde que tengo memoria.
-¡Lo sé! -gritó Melody--. Sé que fui una madre terrible... pero ahora estás aquí. Conmigo. Con tu hermano. Quédate. Para siempre. ¿Quién mejor que la mujer que te dio la vida para protegerte?
Su voz volvió a ser dulce.
Demasiado dulce.
-Madre... ¿por qué estás en el infierno?
-No estoy en el infierno, Marie. Estoy en la torre. La torre existe en todos los tiempos. En todos los lugares.
Pausa.
Silencio.
-Yo no te abandoné. Fue Elizabeth. Ella me dijo que debía dejarte. Que yo no sabría cuidarte. Que como era rica... podía hacerlo mejor.
Marie frunció el ceño.
-¿Por qué haría algo así?
-Porque no es tan buena como crees. Desde que murió su hermana... cambió.
-¿Hermana? No sabía que la señorita Elizabeth tuviera una hermana...
-Eso no importa. Debes alejarte de ella. De todos.
Marie sonrió.
Pero no con ingenuidad.
Sonrió recordando las cartas. Las palabras escritas con tinta temblorosa donde su madre repetía que la amaba.
-Quiero estar contigo... quiero vivir lo que no vivimos. Conocer a mi hermano.
La sonrisa de Melody se ensanchó.
La abrazó.
Marie no se movió.
Pero en ese abrazo recordó algo.
La forma en que Elizabeth la arropaba.
La manera en que siempre decía que su madre la amaba.
Que jamás la abandonó por voluntad.
-¿Quién fue mi padre? -preguntó Marie con voz tranquila.
-Mi primer amor -respondió Melody sin dudar.
Marie se separó con un empujón.
-Mientes.
Sus ojos ya no eran los de una niña asustada.
-Mi padre es un demonio que se hacía llamar Levi Deluxe. Profesor en la escuela demoníaca donde Lucifer me cuidó -Retrocedió un paso-Tú no eres mi madre.
La sonrisa que apareció en el rostro de aquella figura no era humana.
Era sádica.
El cuerpo comenzó a deformarse. La piel se agrietó. La luz se apagó. Lo que quedó frente a Marie fue un monstruo retorcido, una caricatura de lo que fingía ser.
Las piernas de Marie temblaron. El miedo la atravesó. Tenía nueve años. Era pequeña. Su corazón latía con violencia.
Pero no corrió.
No gritó.
-Entonces... -susurró la criatura con voz cavernosa- serás consumida, como todo lo que entra en esta torre.
La oscuridad avanzó hacia ella.
Y por primera vez... Marie entendió que la prueba no era física.
Era su corazón.
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Al mismo tiempo, en otro rincón de la torre...
El demonio rubio permanecía de pie, inmóvil.
La oscuridad a su alrededor era absoluta. No había sombras... porque no había luz que las proyectara. Era un vacío tan puro que parecía devorar incluso el sonido.
Belial tenía los ojos cerrados.
No por miedo.
Sino por decisión.
Sabía perfectamente qué había frente a él...
y no estaba dispuesto a verlo.
-No lo estás haciendo mal, Amatsiel...
La voz lo atravesó.
Su cuerpo se tensó de inmediato.
Un escalofrío recorrió su espalda, pero no abrió los ojos. Tampoco respondió.