La Boda Del Diablo

CAPÍTULO 30: EL REY DEL INFIERNO

"Si he sido corrompido por la envidia, si ya estoy condenado a no volver al reino celestial, no me pondré a servicio de Lucifer, pero seré quien para recuperar el honor como Arcangel, protegerá lo que quiso destruir, no solo por mi, también por los arcángeles que llevan el peso de mi corrupción."

La fuerza del choque de las espadas hacían que los arcángeles retrocedieran, se sentía como el suelo vibraba bajo sus pies, las grietas hacían emanar lava, como veneno pulsante y corrosivo.

—¡Miguel!— la voz de Uriel lo hizo razonar unos segundos y lo miro mientras su mano deformada seguía en chorros de sangre —¡Despierta!

Dio un suspiro y negó.

—Asi no puedo— dijo con furia.

—¿La mano? ¿No eres un soldado de Dios? ¿Estás diciendo que dejaras que estos traidores ganen?

Uriel volvió a lo suyo decepcionado de Miguel.

Miguel miro a sus compañeros, arcángeles creados por Dios, ninguno tenía la marca de la corrupción, y aún así, estaban mirándolo, a el, que ya había sido corrompido por la ira y la envidia.

—Que Dios te perdone— dijo Gabriel con mirada triste, eso hizo que Miguel llevará los ojos a Katherine, quien, en lugar de ver a sus ángeles y los demonios tenía sus ojos puestos en Elizabeth y Lucifer.

La mirada de aquel cuerpo femenino estaba tan clavada un lo que aquellos hacian.
Como las manos de Lucifer acariciaban las mejillas de la castaña y limpiaban las lágrimas que salían de sus ojos.

—Lucifer— se aferro a el —Gilbert.

—El está bien— Sonrió, está vez, era una sonrisa que Elizabeth nunca había visto, cuando Elizabeth entendió que a Lucifer nunca le faltó nada, nunca fue imperfecto, solo era demasiado bueno para amar —Esta aqui— Guio la mano de ella hasta su pecho —En mi corazón— la llevo a su cabeza —En mi cerebro, porque el soy yo y yo soy el.

Katherine trato de desviar su mirada, pero no pudo evitar mirar cómo volvían a juntar sus labios en un nuevo sello.

—Es hora de terminar está guerra— miro Lucifer a sus hermanos y luego a Miguel —porque dudo que alguien sea mejor que yo en el trono.

Elizabeth asintió, y miro a Lucifer alejarse con aquella espada demoníaca en su mano.

Astaroth... Estaba solo, mirando lo único que dejó su amado, aquella esmeralda y su camisa tan verde, nada más, todo había desaparecido en sus ojos.

Trato de aguantar, solo miraba a ese lugar deseando solo fuera una mentira, una ilusión causada por el dolor.

—Astaroth— la voz de Elizabeth rompió el silencio de su cabeza —no solo estás sufriendo tú.

Una risa amarga salió de su garganta, rasposa, melodiosa como su propia voz.

—Lo se— apretó sus puños con fuerza —no solo estoy sufriendo yo, ¿que perdi?— su voz sarcástica le dolió a Elizabeth —solo he perdido la única felicidad que tenia, lo unico por lo que quería luchar, ¿que perdí yo?— volvió a preguntar —si Milo solo era lo que me salvo cuando caí al infierno, si Milo solo fue el que me juro amor incluso si debía ir contra Lucifer.

—Yo perdi a mi padre y mi madre antes de tener razon, perdi a mi hermana porque creyeron que tendría buena vida, pero no fue así, perdí a mi hermana y solo unas horas después a mi sobrino, cuyo nombre ni siquiera puedo saber, perdi a mi única amiga, y tambien perdi a Víctor, porque lucifer lo borro de mi existencia, perdi a mi prometido, perdi a mi hija, perdi a mi confidente, he tenido mas perdidas de lo que he ganado— dio un paso hacia el —no solo perdiste a Milo, porque ahora sabes, que tienes una parte de el, siempre junto a ti.

Astaroth no hablo, solo la miro, sin llorar, sin sufrir, por un momento no miro a la humana que había conocido, pudo ver a la reina del inframundo, una mujer que por el dolor atravesado, ahora estaba mostrando la fuerza de ser la destinada a reina.

—Ahora lo entiendo— la miro y toco su pecho —Porque Gilbert se enamoró de nuestra reina, porque Lucifer está dispuesto a morir en esta guerra por ti —se paro erguido y se inclinó frente a ella, la forma en la que la miro nuevamente fue como ver a su superior —Entonces, mi reina, supongo que no es tiempo de estar tristes, ¿verdad?

Elizabeth no sonrió ni parpadeó; solo miró hacia donde Lucifer atacaba a Belcebú con la misma espada que ellos habían creado para poder matarlo. En realidad, el arma estaba destinada a un solo dueño: el soberano de ese infierno, del trono y del destino; el mismo que los acogió en su reino y los volvió sus hermanos y sus propios príncipes, a los que sin miedo ni consecuencias les perdonó tantas injusticias, como si solo se tratara de cosas que los hermanos hacen.

La espada de Lucifer chocaba contra la de Belcebú y, como si de una pelea justa se tratara, los seis arcángeles que habían llegado para ayudar a Miguel observaban el combate justo detrás de Dios. Por su parte, Miguel, con aquella mano sangrante y destrozada, sostenía una espada que brillaba en tonos azules; la empuñaba incluso con la mano izquierda, como si se tratara de un arma que se manejara sola. Pero a diferencia de la espada de sangre, él no era controlado: estaba defendiendo el infierno que Dios le dio a Satán como si le fuera la vida en ello; y si bien no era su vida, su honor sí corría peligro.

—Parece que una palomita se ha perdido —se burló Leviatán mientras atacaba a Miguel haciendo chocar las espadas—. Una débil palomita que se dejó corromper por una espada —volvió a reír, esta vez más fuerte—. Mira tu mano, hecha pedazos, qué inútil eres.Leviatán aventó la espada de Miguel con un estruendo; esta cayó al suelo e incluso se partió por la mitad con la fuerza del impacto.
—Parece que las espadas de madera no sirven contra las espadas infernales.

—Tienes razón —sonrió Miguel—. Mi espada no está a la altura de una guerra demoníaca; sin embargo, también sé que no necesito estar a la altura de un demonio como tú. Ahora entiendo que Satanás no es el rey de este infierno solo por ser el primero en llegar; entiendo que nadie va a poder contra él. Ni ustedes juntos pudieron quitarle el trono. Él está en una guerra no solo contra ustedes, sino contra sí mismo, y puedo ver que es él quien está ganando todas las batallas. Satán, rey de los demonios y señor de la maldad.




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