La bruja de los tres rostros

Capítulo 1

Nadie lo decía en voz alta.
No porque no lo supieran, sino porque el nombre escuchaba.

En las aldeas viejas, donde la tierra aún recordaba los pasos de las mujeres que fueron silenciadas, el nombre se guardaba entre los dientes, como una astilla peligrosa. Las madres enseñaban a sus hijas a no preguntarlo. Las abuelas lo enterraban en rezos torcidos. Los hombres lo evitaban con el mismo temor con el que se evita mirar al fuego demasiado tiempo.

Porque hay nombres que no designan.
Invocan.
La bruja de los tres rostros no tuvo nombre al nacer. O quizá tuvo demasiados. Los perdió uno a uno cuando entendió que nombrarse era atarse, y ella había sido creada para custodiar lo que no debía quedar fijo. Desde entonces, el mundo la llamó con rodeos: la que camina de noche, la que cobra, la guardiana. Ninguno era exacto. Ninguno era seguro.
Pero el nombre verdadero existía.
Y el nombre exigía precio.

Dicen que la primera vez fue pronunciado en una cueva, cuando la sangre aún estaba caliente y la culpa no sabía esconderse. Dicen que la tierra se abrió apenas, lo suficiente para escuchar. Que el viento se detuvo. Que algo respondió desde muy adentro, no con palabras, sino con hambre.

Desde entonces, cada vez que alguien lo pensaba con demasiada fuerza, uno de sus rostros abría los ojos.
El primer rostro recordaba.
Recordaba las hogueras encendidas con miedo. Las manos atadas. Las bocas cosidas por la vergüenza heredada. Era el rostro de la memoria, y su mirada pesaba como una sentencia. Quien lo veía, comenzaba a recordar cosas que juró no haber vivido.

El segundo rostro ardía.
No con rabia ciega, sino con un fuego antiguo, disciplinado, paciente. Era el rostro del castigo y del deseo, de la bestia que protege el límite. Cuando ese rostro despertaba, algo se rompía para siempre. No siempre afuera.

El tercer rostro esperaba.
Nunca hablaba. Nunca actuaba primero. Observaba. Medía. Elegía el momento exacto. Era el más peligroso, porque no buscaba justicia ni venganza, sino equilibrio. Y el equilibrio casi siempre exige sacrificio.

La bruja sabía cuándo su nombre estaba cerca de ser dicho. Lo sentía en la piel, como un tirón invisible, como una cicatriz que vuelve a doler sin razón aparente. Aquella noche, el aviso llegó con el aullido de las fieras y el crujido de una cadena que nadie había tocado en años.
Alguien la estaba buscando.

No para pedir amor.
No para pedir salvación.
Sino para romper algo.

Ella se levantó antes de que la luna alcanzara el centro del cielo. No necesitó espejo para saber qué rostro dominaba esa noche; el fuego en su pecho se lo dijo. Caminó sin prisa, porque las cosas verdaderas no se apresuran. A cada paso, la tierra se acomodaba bajo sus pies como si la reconociera.

El nombre seguía sin ser pronunciado.
Pero ya estaba en camino.
Y cuando finalmente ocurriera —cuando alguien, por ignorancia o desesperación, lo dejara escapar de su boca— no habría marcha atrás. Porque el nombre no llama a la bruja.
Llama a lo que debe ser enfrentado.
Y nadie sale ileso de ese encuentro.



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En el texto hay: misterio, magia

Editado: 17.01.2026

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