La bruja de los tres rostros

Capítulo 3

No todas las heridas sangran.

Algunas arden por dentro y dejan ceniza en la sangre.
La mujer se llamaba Elna. No lo dijo de inmediato; la bruja lo supo antes de escucharlo. Los nombres viajan distinto cuando están cansados. Elna llevaba días sin dormir. Se notaba en la forma en que sostenía el cuerpo, como si temiera desarmarse si aflojaba un solo músculo.

—Desde que se abrió la grieta —dijo al fin—, mi hija no habla.

La bruja levantó la mirada.
El primer rostro se inclinó, atento. El segundo se tensó. El tercero esperó.

—No es que haya perdido la voz —continuó Elna—. Respira, come, me mira… pero hay algo en sus ojos. Como si estuviera escuchando otra cosa.

La bruja no necesitó acercarse para sentirlo. La ceniza estaba allí, suspendida en el aire, invisible pero persistente. La ceniza siempre llega después del fuego, incluso cuando nadie recuerda haber visto las llamas.

—¿Hubo una hoguera aquí? —preguntó.
Elna dudó. Ese fue su error.

—Hace muchos años —dijo finalmente—. Antes de que yo naciera. Dicen que fue por seguridad. Por orden. Por el bien de todos.

La tierra bajo los pies de la bruja se contrajo apenas.
La ceniza reconocía su origen.
Las hogueras no desaparecen. Se disuelven en la sangre de quienes se quedan. Se heredan como un idioma torcido, como una culpa que no encuentra descanso. A veces duermen generaciones enteras. A veces despiertan cuando el suelo se abre y el silencio ya no alcanza.

—Tu hija no escucha voces —dijo la bruja—. Escucha memoria.

El segundo rostro mostró los colmillos, impaciente.

—¿Y eso se cura? —preguntó Elna, con un hilo de esperanza.

La bruja negó despacio.

—No se cura. Se atraviesa.

Caminó hacia la grieta y dejó caer un puñado de tierra dentro. No tocó el fuego. No invocó nada. Solo esperó. Desde el fondo subió un olor antiguo: madera quemada, cabello, sal. Elna cerró los ojos. Su cuerpo recordó algo que su mente nunca había sabido.

—Hay mujeres en tu linaje que no tuvieron tumba —dijo la bruja—. Sus nombres fueron borrados antes de ser llorados. Esa ceniza vive en ustedes. En tu hija se activó porque el suelo ya no pudo sostenerla solo.
Elna comenzó a temblar.

—¿Qué quiere?

El tercer rostro habló por primera vez, con una voz baja, exacta:

—Ser vista.

La noche cayó más rápido de lo habitual. Las sombras se alargaron hacia la grieta como dedos curiosos. La bruja sintió el peso del pacto ajustarse alrededor de su cuello, como una cadena antigua que reconoce su función.

—Si no haces nada —continuó—, la grieta crecerá. No por castigo, sino por insistencia. La verdad empuja hasta salir.

—¿Y si hago algo? —susurró Elna.

La bruja la miró. Esta vez, con los tres rostros presentes.

—Entonces el fuego pedirá algo a cambio.
Elna no preguntó qué.

La ceniza ya se había mezclado con su sangre.
Y una vez que eso ocurre, no hay regreso a la ignorancia.
A lo lejos, un aullido atravesó el bosque. No era amenaza. Era aviso.

La bruja cerró los ojos un instante.
La grieta no solo había despertado memorias.
Había despertado un linaje.



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En el texto hay: misterio, magia

Editado: 06.02.2026

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