Llegó sin viento.
No movió hojas ni levantó polvo. No tuvo dirección ni origen claro. Fue apenas un roce en el aire, una vibración tan leve que podría confundirse con el cansancio… si no fuera porque decía algo.
Elna lo sintió antes que nadie. Estaba sentada junto al lecho de su hija cuando el silencio de la casa cambió de peso. No era ruido. Eraa, su niña, levantó la cabeza como si alguien hubiera pronunciado su nombre desde muy lejos.
—¿Lo oyes? —preguntó Elna, sin saber por qué susurraba.
Roa no respondió. Pero sus ojos, abiertos y fijos en un punto que no existía, comenzaron a llenarse de lágrimas lentas, tranquilas, como si reconociera una voz que había esperado toda la vida.
El susurro no pedía ayuda.
No pedía permiso.
Solo recordaba.
Cuando la bruja cruzó el umbral de la casa, el primer rostro se inclinó hacia adelante. Ese era su territorio: lo que habla sin boca, lo que insiste sin sonido.
—Ya empezó —dijo.
Elna asintió, incapaz de fingir que no lo percibía.
—Viene de la grieta.
La bruja negó suavemente.
—Viene de más atrás.
Se acercó a la niña y se arrodilló a su altura. No la tocó. No era necesario. El susurro pasaba a través de ella como agua por una grieta en la piedra. Roa respiraba al ritmo de algo que no estaba en la habitación.
—No es peligro —dijo la bruja—. Es llamado.
El segundo rostro no estaba de acuerdo. El fuego en su pecho crepitaba, inquieto. Sabía que los llamados, cuando se ignoran, se convierten en incendios.
—¿Qué dice? —preguntó Elna.
La bruja cerró los ojos. Escuchar no era cuestión de oídos, sino de memoria. Y lo que oyó no fueron palabras, sino imágenes: manos atadas, tierra removida de prisa, nombres tragados por la vergüenza, mujeres que no pudieron despedirse de sí mismas.
El susurro decía: míranos.
Roa, por primera vez desde que se abrió la grieta, habló. Su voz era pequeña, pero clara.
—Están debajo.
Elna se llevó la mano a la boca.
La bruja no se sorprendió.
—Sí —respondió—. Y están cansadas de esperar.
El tercer rostro observaba en silencio. Sabía que ese era el punto exacto en que las cosas podían torcerse o alinearse. El primer susurro siempre es el más amable. Después, la memoria pierde paciencia.
La bruja se puso de pie.
—Esta noche no dormirán —dijo—. No tú. No ella. No la tierra.
Elna asintió, temblando.
Afuera, el bosque parecía escuchar también. Los animales no hacían ruido. El aire estaba suspendido, atento. Como si todo supiera que algo muy antiguo acababa de encontrar la primera grieta por donde regresar.
Y una vez que la memoria comienza a susurrar,
no vuelve a callarse.