La bruja de los tres rostros

Capítulo 5

El silencio no nació en la casa de Elna.

Ni en la grieta.

Ni siquiera en la hoguera.

Nació mucho antes, en un lugar que ya no figuraba en los mapas y que el bosque había aprendido a cubrir con paciencia. Allí, donde los árboles crecían torcidos y la tierra parecía más oscura, el aire tenía un peso distinto. No era miedo. Era retención.

La bruja caminó hacia ese sitio sin necesidad de guía. El primer rostro la llevaba. Recordaba el camino aunque sus pies nunca lo hubieran pisado. Elna iba detrás, con Roa tomada de la mano. La niña no preguntaba. Miraba alrededor como quien regresa a un lugar visto en sueños.

—Aquí —dijo la bruja, deteniéndose.

No había ruinas visibles. No quedaban piedras ni cenizas. Solo un claro pequeño, demasiado ordenado para ser natural. El suelo, plano. Los árboles, en círculo. El centro, desnudo.

—¿Qué hubo aquí? —preguntó Elna.

La bruja no respondió de inmediato. Se agachó y apoyó la palma sobre la tierra. Cerró los ojos. El segundo rostro tensó la mandíbula. El tercero guardó el equilibrio.

Entonces lo sintió.

No gritos.
No fuego.
Sino el instante anterior.

El momento exacto en que varias mujeres entendieron que no serían escuchadas. Que hablar ya no serviría. Que defenderse sería usado en su contra. Ese fue el punto donde el silencio nació: no por miedo, sino por certeza.

—Aquí dejaron de hablar —dijo la bruja—. Antes de que las callaran.

Elna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Por qué?

—Porque comprendieron que nadie quería oírlas.

Roa soltó la mano de su madre y caminó hacia el centro del claro. Se arrodilló sin saber por qué. Sus dedos comenzaron a apartar la tierra con una suavidad casi reverente.

La bruja no la detuvo.

Bajo la primera capa, apareció tierra más compacta. Bajo la segunda, una textura distinta. Bajo la tercera, un olor antiguo, reconocible.

Ceniza.

Elna retrocedió un paso.

—Pero dijiste que no hubo hoguera aquí.

—No la hubo —respondió la bruja—. Las trajeron ya convertidas en ceniza.

El silencio se espesó a su alrededor. No era vacío: era presencia acumulada. Como si el lugar estuviera lleno de voces que eligieron no salir.

El primer rostro lloraba sin lágrimas.

El segundo respiraba con dificultad.

El tercero comprendía.

—Este es el origen —dijo la bruja—. No del fuego. No de la muerte. Sino del silencio que vino después.

Roa levantó la mirada.

—No están enojadas —susurró.

La bruja asintió.

—No. Están esperando.

El viento pasó entre los árboles por primera vez desde que llegaron. No fue fuerte, pero movió lo suficiente para que el claro dejara de parecer inmóvil. Algo se había desplazado. Algo mínimo. Algo decisivo.

Elna entendió entonces que la grieta no se había abierto por accidente.

Se había abierto exactamente encima de este lugar.
Y eso no era casualidad.



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En el texto hay: misterio, magia

Editado: 06.02.2026

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