La bruja de los tres rostros

Capítulo 6

La marca no estaba en la piel.
Nunca lo estuvo.

Vivía más adentro, donde el cuerpo no alcanza a mirar y la memoria respira sin permiso. La bruja la sentía como un aro invisible cerrándose alrededor de su pecho cada vez que el equilibrio era puesto a prueba.

Esa noche, la presión volvió.

Elna y Roa dormían sentadas, vencidas por el cansancio, junto al claro donde empezó el silencio. La bruja permanecía de pie. No vigilaba el bosque. Vigilaba lo que se movía debajo.

El primer rostro percibió el cambio antes que los otros. Una vibración mínima, como un hilo tensándose en la oscuridad. El segundo mostró los dientes, inquieto. El tercero supo lo que significaba.

—Es ahora —murmuró.

La bruja se arrodilló en el centro del claro, justo donde la ceniza había aparecido. Apoyó ambas manos en la tierra y dejó que el peso del mundo descendiera por sus brazos. No dijo palabras antiguas. No invocó símbolos. El pacto no requería lenguaje: requería presencia.
Y entonces, la sintió.

La marca respondió desde dentro, como si hubiera estado esperando ese llamado desde siempre. Un calor lento comenzó a extenderse por su pecho, subiendo hacia su garganta, bajando hacia su vientre. No era dolor. Era reconocimiento.

El pacto recordaba quién era ella.
Y ella recordaba por qué existía.

Imágenes atravesaron su mente sin orden: mujeres de rodillas, miradas que no pedían perdón, manos unidas antes del final, una decisión compartida en silencio. No fue una maldición lo que la creó. Fue una elección.

Alguien debía quedarse.

Alguien debía recordar.

Alguien debía custodiar.

La bruja abrió los ojos. El mundo parecía más nítido, más crudo. Los sonidos del bosque eran más profundos. La tierra bajo sus manos latía con una cadencia que no era natural.

La grieta, a lo lejos, respondió con un crujido bajo.

El segundo rostro habló con voz de fuego contenido:

—La verdad quiere salir.

El primero susurró, cargado de memoria:

—Y esta vez, no será enterrada.

El tercero guardó silencio, pero inclinó levemente la cabeza. El momento había llegado.

La marca del pacto ardía ahora con claridad. No como castigo, sino como faro. La bruja entendió que no estaba allí solo para escuchar o acompañar. Estaba allí para permitir.

Permitir que lo que fue callado encontrara forma.

Permitir que la ceniza dejara de ser herencia muda.

Permitir que el silencio terminara.

Se puso de pie lentamente.

Elna despertó sobresaltada.

—¿Qué ocurre?

La bruja la miró con los tres rostros despiertos.

—El pacto ha sido reclamado.

Elna no entendió las palabras, pero entendió el tono. Algo grande, inevitable, se había puesto en movimiento.

Desde el claro, un soplo tibio comenzó a subir desde la tierra, llevando consigo un olor antiguo que ya no podía confundirse.

La ceniza estaba despertando.
Y la bruja, marcada por el pacto, sabía que no podría detener lo que venía.
Solo guiarlo.



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En el texto hay: misterio, magia

Editado: 06.02.2026

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